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Por Julián Zícari - Al comenzar el pasado diciembre publicamos
una nota en ámbito.comdiciendo que los meses del verano serían
tranquilos con respecto al sector financiero. Que las tensiones cambiarias se
darían verdaderamente en marzo y que dicho mes sería el momento más probable
para una nueva corrida contra el dólar (ver nota aquí). Ahora ha comenzado marzo y las tensiones cambiarias
empezaron a aflorar tal cual advertimos. La pregunta clave es si el Gobierno
estará en condiciones de controlarla.
Existen
importantes límites a considerar en función de ello. Por la dinámica que está adquiriendo la situación, se están
gestando las condiciones para que el país sufra un nuevo golpe de mercado como
los vividos el año pasado y que potencialmente haga estallar todo de manera
definitiva. Porque la situación actual ya está al límite. Tomemos
entonces en consideración los importantes problemas existentes con respecto a
las corridas que podrían ocurrir.
Comencemos
con sincerar lo obvio: el país y el Gobierno todavía
no terminaron de derrumbarse porque contaron hasta ahora con el auxilio del
FMI. Sin este respirador artificial ya debería haberse declarado el
default, el dólar estaría en un nivel superior y las reservas del Banco Central
serían inexistentes. El Gobierno gracias al apoyo geopolítico del gobierno de
Donald Trump pudo sobrevivir y aun soñar con la reelección montado en un frágil
castillo de naipes.
El problema
es que a partir de ahora las estrategias del Fondo y del Gobierno van a
comenzar a diferir fuertemente, entrando en conflicto, pues el único objetivo
de política económica del macrismo es que el dólar no se dispare. Se sabe que
si eso llegara a suceder su sueño electoral quedaría sepultado. Ha sacrificado
todo en función de que la divisa se mantenga en los valores actuales. En
cambio, el FMI tiene otros objetivos prioritarios.
El primero
de ellos es que no le molesta en lo más mínimo que suba el dólar. Es más, desea
que ello pase, porque piensa que mientras más alto llegue el valor de la divisa
más rápido se licuará el déficit fiscal y se logrará el superávit financiero
que le asegure el próximo repago de la deuda.
Un dólar
alto y “libre” es la clásica receta exigida por el organismo. Con dicha medida
ya se está logrado el superávit externo y el FMI supone que es la única
estrategia genuina para impulsar primero las exportaciones, luego las
inversiones, después la entrada de capitales externos y finalmente garantizarse
que el dinero prestado pueda ser recuperado.
Pero con
ello se ve otro gran problema. Si el FMI ha sido hasta ahora
una salvación para el Gobierno, en breve podrá volverse su enterrador. Esto
se debe a que según lo comprometido ni un dólar de los prestados por el
organismo podrá ser utilizado para defender el tipo de cambio ni frenar una
corrida sino sólo blindar los pagos próximos de deuda. Con todo, incluso la
ayuda otorgada resulta insuficiente para cubrir los vencimientos en puerta: se
necesitan de todos modos altas tasas de renovación, muy difíciles de lograr en
un año electoral, y que –igualmente– tampoco despejan los temores de default
para el año próximo.
Además, el Gobierno está prácticamente atado de manos frente a un virtual
round cambiario con el mercado. Para
ser sinceros, ya está poniendo toda la carne al asador y el
dólar está en torno a los $ 41/42, a punto de quebrar la zona inflacionaria y
su máximo histórico. Lo mismo que el riesgo país (otra vez por arriba
de los 700 puntos básicos). El Banco Central está volviendo
aplicando su estrategia de triple play como solución: suba de las tasas de la
leliqs, nuevo apretón monetario y venta de dólar futuro. Aún con
ello, el sistema ya está al límite y el año recién está comenzando ahora. No
parece realista llegar entonces con estas condiciones a fin de año, sino que
todo operará en valores más altos, augurando una catástrofe.
Entre marzo
y abril vencen el grueso de los plazos fijos constituidos durante los últimos meses,
que se hicieron atraídos por las políticas de tasas altas. Lo que descomprimió
la presión sobre el dólar. Pero ahora la situación comenzará a complicarse por
muchos motivos. Las tasas son 20 puntos más bajas y la inflación se está
recalentando fuerte: en enero fue de 2,9%, en febrero estará en torno al 4% y
en marzo posiblemente del 5%. En abril sucedería otro tanto. Curiosamente, aún
con el dólar planchado no han parado de acelerarse los precios. Imaginemos lo
que puede pasar si se quiebra la barrera psicológica de los $41/42.
A su vez,
la inflación generó como su contracara directa el atraso cambiario. Con ello se
refuerza la percepción del mercado de que es inevitable que vuelva a subir la
divisa para no perder competitividad, tal cual lo obliga el FMI. Pero todo,
igualmente, genera al menos tres problemas más. Todos ligados al plan del
gobierno firmado con el Fondo.
El
primero se debe a estar gestando un mortal efecto bola de nieve: con una “zona de no intervención” del
Central de rango de diez pesos (ubicada entre los $ 40 y $ 50 puede ocurrir que
en una sola jornada la divisa se dispare sin que la autoridad monetaria
intervenga. Llegando así al techo rápidamente y con una inercia virtualmente
poderosísima, difícil luego de controlar. Es más, aún superando el dólar los $
50 el Central sólo podrá vender como máximo u$s 150 millones por día y bajo
sistema de subasta (no de manera directa en el mercado). Algo que ha demostrado
ser sumamente inefectivo durante la gestión Caputo: en sus tres meses como presidente
del Central y con dicho mecanismo el dólar pasó de $ 25 a $ 40 y se perdieron
igualmente u$s 15 mil millones de las reservas. Un fracaso absoluto que amenaza
con repetirse.
El
segundo es que la contención del dólar vía la venta de futuros tiene patas
cortas. Por un lado, la
venta total mensual que puede realizar el BCRA está acotada a lo firmado con el Fondo. Por otro,
porque la suba de tasas de interés actual está desarbitrando toda la curva del
dólar futuro: debería pagarse el valor actual sumado, ya sea a la expectativa
de inflación, las tasas de referencia actual o las expectativas del mercado, en
todos los casos están perdiendo referencia. Lo que suma incertidumbre y
paranoia a la situación. Es una señal de que el futuro es impredecible, caótico
y sumamente peligroso.
En
tercer lugar, la principal herramienta que le queda al Central es la tasa de
interés, la cual es realmente débil. Puede ser efectiva transitoriamente, pero no lo es en forma
definitiva. Si lo fuera, no existirían las corridas en el mundo. Simplemente
con subir las tasas de interés quedarían abortadas todas las corridas en el
acto. Sin embargo ello no ocurre. Para dar un ejemplo: en el 2001 las tasas de
interés llegaron a superar el 1.000% anual en noviembre de dicho año y sin
embargo las corridas fueron indetenibles, aún con tanta fuerza para desembocar
en el corralito, la devaluación y el default. En la híper del 89 ocurrió lo
mismo. No hubo tasa que pudiera calmar la corrida tampoco entonces. Parece que el Central se niega a aprender lecciones del pasado y
por ende a repetir las mismas consecuencias.
Por
su parte, tomemos dos puntos más. El primero es considerar que la economía real
está en coma inducido y en terapia intensiva. Lo que en medicina significa estar muchas veces
cerca de la muerte. Todo se está derrumbando, incluso la recaudación, alejando
las chances de alcanzar el déficit cero. La mora se ha duplicado en la mayoría
de las líneas de préstamos. Mientras que la situación de PyMes, familias y
jubilados hace rato que están más allá del límite de lo tolerable. Hasta un
gigante como la distribuidora de Coca-Cola pidió concurso preventivo de crisis.
Todo lo cual augura que la paciencia social, las encuestas y las elecciones
serán difíciles que le jueguen a favor al gobierno. Sino que incluso, que lo
más lógico sería esperar que ocurra lo peor.
Finalmente,
no menos importante, sino otro punto central que puede terminar por derrumbar
todo el esquema, es lo que está ocurriendo con la fuga de capitales. Los valores de la fuga están retomando
los niveles de la última corrida y desde noviembre se están duplicando mes tras
mes. En enero se fugaron dos mil millones de dólares, durante febrero ese
número seguramente haya sido mayor. Lo que son niveles iguales a los de septiembre
de 2018, momento en que el dólar pasó de $ 30 a $ 40 y que fue el último mes
verdaderamente caliente de las corridas. Las proyecciones entonces ya nos hacen
anticipar que, al ser las circunstancias peores a las de 2018 y ser encima año
electoral, la fuga será mayor y por ello fulminante este año. El dólar podría
ser arrasado por ello.
En
conclusión, existen demasiadas variables en una situación ya al límite o que se
sostienen de manera muy frágil. Los inevitables rounds cambiarios que se
aproximan lucen difíciles de ser atravesados con éxito por el Central. Ojalá se
pudiera tomar nota de las vulnerabilidades existentes y evitar así que termine
de ocurrir finalmente lo peor.
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Economista. Doctor en Ciencias Sociales. Autor del libro Camino al colapso.
Cómo llegamos los argentinos al 2001.
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