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Por Daniel Sticco - Más de largos 45 años de economía bimonetaria
–en los que los argentinos producen pesos con su trabajo y empresas, pero
ahorran y pactan operaciones en dólares– no han podido erradicar los
temores que genera un repentino salto de la paridad cambiario, y generar
sensación de calma cuando cotiza estable, o, mejor aún para muchos, a la baja.
Después del
primer gran fin de semana largo, el mercado de divisas abrió con cotizaciones
en alza, como había empezado marzo el último viernes, y surgieron las clásicas
consultas a los economistas. También en las charlas de café y en muchas mesas
familiares y ronda de amigos. ¿Qué pasa con el dólar? ¿Hasta cuánto va a
subir? ¿Se trasladará a precios? ¿Cómo afectará a la actividad? ¿Qué hará el
Banco Central, volverá a subir las tasas de interés? ¿Se acelerará la
inflación?
Sin duda,
las respuestas claras y convincentes surgen con la misma rapidez, pero no son
comprobables en lo inmediato, porque en la cotización de cambio del peso con
cualquier divisa, en particular con el dólar, influyen un amplio set de
variables que interactúan entre sí, algunas locales, y otras externas.
Claramente,
la regla del mercado permite advertir rápidamente que un activo aparece como
barato cuando aumenta repentinamente la demanda y eso hace que suba el precio,
sea por la lentitud de la oferta a reponer el bache o la percepción de
movimiento especulativo, y opera la inmediatez. Y viceversa, se interpreta como
caro y aparecen los vendedores, locales y externos, en busca de hacer una
diferencia colocando los pesos que obtiene en un plazo fijo a tasas que
considera atractivas.
Estacionalmente,
los meses del verano, hasta el mes previo a la llegada del invierno, son en la
Argentina de abundancia de oferta de dólares por parte del sector
agropecuario, que explica 2 de cada 3 dólares que genera el comercio
exterior; mientras que la demanda es también estacionalmente débil, más allá de
la vinculada con el turismo internacional, porque las importaciones de
materiales e insumos para la producción, como también de bienes de consumo
final y de inversión, tienden a crecer a partir de marzo a abril, hasta
septiembre u octubre, según el ritmo de la economía.
Pero esos
no son los únicos factores que provocan movimientos abruptos del tipo de
cambio, más allá de los originados en la coyuntura internacional.
También
influyen los aciertos y desaciertos de política económica (fiscal, monetaria y
financiera) que en la Argentina llevan más a enamorarse del tipo de cambio
bajo, valor del peso alto, que del tipo de cambio alto y peso bajo, por sus
efectos propagadores de la inflación, en el primer caso, y de la estabilidad de
los índices generales de precios en el segundo. Además, se utiliza como uno de
los reguladores la tasa de interés de referencia o los "precios
administrados".
La
experiencia local e internacional muestra con claridad que uno de los
mejores esquemas cambiarios es el de la flotación de la cotización, pero
siempre cuidando evitar escenarios de alta volatilidad.
En la
Argentina la volatilidad tiene la virtud de aparecer, por "descuidos"
de política económica que llevan a una situación de "atraso"
cambiario, cuando surgen malas noticias, como la aceleración de la inflación,
más allá de lo esperable; la agudización de la recesión, las grietas en el ala
política del oficialismo y oposición, junto a señales negativas del resto del
mundo.
¿Dólar alto
o bajo?
Después de
la crisis cambiaria desde fines de abril hasta fines de septiembre de 2018, que
llevó al Gobierno a acudir al auxilio del FMI como prestamista de última
instancia, el tipo de cambio al público alcanzó un pico de $41,89
promedio para la venta al público, y $40,90 en el canal mayorista, donde operan
las empresas vinculadas con el comercio exterior y entidades financieras para
el ingreso y pago de créditos internacionales.
Cinco meses
después, el mercado vuelve a operar en torno a esos valores, pero con una gran
diferencia: la inflación acumulada, estimando 4% para febrero último, fue
de poco más de 19%. De ahí que no son pocos los economistas que piensan que,
nuevamente, como ocurriera casi un año atrás, el salto del tipo de cambio no
hizo más que reflejar un "ajuste de mercado", luego de haber estado
cotizando varios meses por debajo de $38 0 $39 pesos por unidad.
Sin
embargo, también están quienes consideran que el "pico" de
siempre, fue un valor que anticipaba la inflación y por tanto, un valor en
torno a $39, como fijó de piso el Banco Central para definir la zona de no
intervención, era aceptable, pese a que diversos estudios de grandes
consultoras –como Miguel Broda o Orlando Ferreres–, consideran que un
valor de equilibrio está más próximo a $42 o $43, que lo ubicaría más
adentro de la zona de no intervención que ya tiene un techo levemente superior
a 50 pesos.
En todos
los casos, lo más recomendable es que las decisiones regulatorias de mercado
tiendan a evitar que se vuelva a producir un nuevo cuadro de volatilidad del
tipo de cambio, porque los movimientos bruscos al alza generan el costo de
afectar las expectativas, acelerar la inflación, acentuar la recesión y generar
un círculo vicioso del que cada vez es más costoso salir.
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