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Por Jorge Herrera - Apenas
la cotización del dólar coqueteó la semana pasada con el canal interior de la
zona de no intervención cambiaria (ZNI) se encendieron las alarmas. En unos
pocos saltos el billete trepó a $43,50, muy cerca del promedio de la ZNI fijada
por el BCRA, que es, implícitamente, la “zona de confort” para el Gobierno y el
Fondo. El nivel alcanzado por el tipo de cambio real (el viernes el dólar bajó
a $42,30 tras haber sido enlazado por el BCRA con una fuerte suba de las tasas)
es comparable con el del último bimestre de 2018. ¿Son alarmas tempranas o
comenzó algo más?
En realidad, las alarmas se prendieron en enero
pasado. Allí el público en general le recordó, al Gobierno y al mercado, que
cuando hay pesos compran dólares para atesorar. Y eso se dio cuando aún
restaban seis meses para las PASO y ocho para la primera vuelta electoral. Sin
embargo, la gente que tuvo un excedente para ahorrar, decidió empezar a
protegerse, o sea, a dolarizarse. A economistas e historiadores no les resulta
extraño que ello ocurra en un año electoral. Más aún en este que tiene varias
peculiaridades. Lo cierto es que en enero la formación de activos externos
(atesoramiento) rozó los u$s2.000 millones, donde sólo de billetes fueron casi
u$s1.300 millones. Además el gasto en turismo se duplicó. Según algunos sondeos
privados, los bancos dicen que en febrero se atenuó la demanda para
atesoramiento (el dato oficial se conocerá recién en 15 días).
Quienes monitorean el mercado cambiario, casi
diariamente, vislumbran ya sobresaltos, más allá de la aparente llegada de una
“supercosecha”, porque además la incertidumbre no es buena compañera para
esperar una rápida liquidación de exportaciones, ya que no debe soslayarse que
los productores “atesoran” en silobolsas como medio de protección. La
experiencia histórica reciente muestra que en los períodos preelectorales la
demanda de dólares para atesoramiento aumenta fuerte. Según el Estudio Broda,
el promedio mensual de atesoramiento, sin tomar los períodos electorales, se ubica
entre u$s800 y u$s1.000 millones. Pero mirando el espejo retrovisor se observa
que se llega a picos de más de u$s4.600 millones, pero no baja de los u$s2.900
millones en pleno período electoral.
Tanto el mercado como el Gobierno esperaban que los
meses críticos serían julio, agosto y septiembre. Allí debería darse la mayor
presión de la demanda por atesoramiento. Pero cuando los ahorristas se ponen
nerviosos, hasta los más sofisticados modelos matemáticos pueden fallar. Claro
que aquellas familias que, pese a todo, aún tienen márgenes para ahorrar saben
que, sobre todo en años como este, el dólar de hoy es más barato que el de
mañana. Mientras que a las familias con ninguna capacidad de ahorro sólo les
queda protegerse adelantando consumos, para no correr tan detrás al tren del
dólar y la inflación. Vale señalar que el dólar es un activo particular en
la Argentina, ya
que en algunos momentos ocurre que sube de precio y aumenta su demanda al
contrario del resto de los bienes. Además, cada día, el potencial retorno de la
figura del cepo, bajo diversas modalidades, se hace más evidente. Porque
referentes del kirchnerismo, si triunfan, lo dan por hecho, mientras que desde
el oficialismo saben que tras el pecado original, si ganan, tampoco tendrán ni
lluvia de inversiones ni tanto endeudamiento como para seguir con la plena
libertad de atesorar. La gente lo entiende, y si puede, se anticipa.
Con este panorama y el combo armado por el Gobierno
y la oposición, no debe extrañar que el dólar siga dominando la escena diaria,
más allá de que en alguna jornada ceda el centro de la escena.
Dos temas son claves de ahora en más: conocer lo
que pasará con las bandas cambiarias y si el FMI terminará cediendo en el
clamor oficial por usar los dólares excedentes. Sobre el primer tema hay
consenso de que no sería, lo mejor, sacarlas o cambiarlas. Pero lo más relevante
es el destino de los u$s8.000 a u$s9.000 millones excedentes, estimados por el
mercado que tiene el Tesoro. Esa es la verdadera pulseada que hay con el FMI,
que como adelantara este diario el 24 de enero pasado, comenzó apenas empezó el
año. El tema no es menor y gestó una verdadera interna en el staff del Fondo.
Por un lado, la posición ortodoxa del FMI es que se guarde ese excedente para
2019/20 mientras que el Gobierno peregrina para hacerle entender que los
argentinos “toman decisiones” en dólares y por ende quiere poder vender esos
dólares “para afrontar los vencimientos de deuda en pesos” y así estar en
mejores condiciones para la embestida de los “atesoradores” y quienes huyan del
peso como es tradicional en todo año electoral. Esta definición es la que
aguarda conocer el mercado, cuanto antes, sobre todo por si se acelera la
dolarización o no llegan tantos dólares de la cosecha. Se estima que antes de
fin de mes el Fondo prometió una definición al respecto. En el mercado sabe que
si se tarda en saber qué se falló finalmente, los sojeros pueden postergar sus
liquidaciones. Y todo se torna un círculo vicioso. También esperan que le den
más vía libre al BCRA para intervenir en el mercado de futuros. Hay además otra
miniinterna en el seno del FMI, sobre las bandas: es que se plantean qué hacer
si las expectativas inflacionarias no ceden cómo seguir con la ZNI. Unos
quieren seguir con el ajuste de,
por ejemplo, 2% de los límites y otros pugnan porque no se atrase el tipo de
cambio, porque entienden que ya se perdió la ventaja competitiva, o sea, el
colchón del 15% con el que se arrancó el programa.
No hay margen para relajarse: el desafío de renovar
Letes y Lecap sigue vigente y ya vienen los vencimientos más fuertes.
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