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Por Alejandro Colle - El dólar se
amesetó. Las dos últimas ruedas cerró en baja contra el peso. Más por razones
externas que como resultado de los esfuerzos oficiales por asegurar que
seguirán la escasez monetaria, las altas tasas de interés y una inminente
lluvia de dólares del campo y del FMI. Ocurre que desde el viernes creció con
fuerza la expectativa por un acuerdo entre Beijing y Washington, probablemente
esta semana, para resolver las diferencias comerciales entre China y EE.UU.,
incluyendo la predisposición de los orientales para realizar cambios
estructurales tendientes a evitar el áspero tema de la propiedad intelectual,
según confirmó el director del Consejo Económico Nacional de la Casa Blanca,
Larry Kudlow. Y esto disipa los temores de una recesión a nivel global.
Esta vez podría ser algo más que una posibilidad, a juzgar por la
reacción de los mercados: 1) subieron fuerte las bolsas asiáticas, tendencia
que continuó primero en Europa y más tarde en Wall Street, aunque algo más
moderadamente ayer; 2) bajó a casi cero el diferencial de precios entre la soja
brasileña y la estadounidense; que se había exacerbado durante la crisis
Trump/Xi Jinping, y 3) se revirtió la curva de rendimientos entre los
Treasuries de 10 años (2,47%) y las Notas de 3 meses (2,35%), que presagiaba
una recesión a corto plazo.
El mundo se puso rápidamente en modo “risk-on” y los capitales
financieros salieron a la caza de oportunidades en mercados emergentes. Primero
se fortalecieron las monedas de México, Brasil, Sudáfrica, Turquía y Argentina.
Le siguieron los ETF que replican la marcha de las acciones de esos mercados,
los títulos soberanos y la consiguiente descompresión en los índices de riesgo
país y los seguros contra default. Como si este mejor clima internacional y la
mayor predisposición global para tomar riesgo hubiera eclipsado los avatares
políticos en México, Brasil, Turquía o de la Argentina, a meses de las
elecciones presidenciales.
La tregua cambiaria en Buenos Aires y el dólar calmo por debajo de los
$43, muy probablemente se deba más a esa tendencia general que beneficia a las
monedas emergentes, que al esperado y reiteradamente promocionado aumento en la
liquidación de divisas de los exportadores de cereales y oleaginosas a partir
de este mes. O de la venta de los dólares que el FMI autorizó al Tesoro de
u$s60 millones diarios en subastas transparentes, preanunciadas, demasiado
predecibles para resultar eficaces. Según fuentes del sector y corredores de
cambio, el viernes la exportación liquidó u$s142 millones, más que duplicando el
monto promedio diario de marzo. El lunes, las mismas fuentes daban cuenta de
otros u$s100 millones vendidos. Sin duda, este incremento contribuye a reforzar
la oferta. Aunque el interrogante sigue abierto respecto de lo que sucederá con
la demanda.
Las medidas del BCRA, que garantizó condiciones de liquidez compatibles
con una tasa de interés piso de 62,5% anual durante todo abril, provocaron un
alza de los rendimientos que los bancos ofrecen a sus clientes para depósitos a
plazo fijo, a niveles de entre 45% y 48%. Un intento por demorar las eventuales
decisiones de dolarización de carteras, a medida que avanza el calendario
electoral. En las próximas semanas se verá si los casi u$s2.000 millones que
ingresarán este mes por la exportación de poroto, harina, aceite de soja y lo
que queda de maíz, junto a la venta de los dólares del FMI serán suficientes
para equilibrar el mercado cambiario. Por ahora, el gran driver de esta
recuperación del peso y los activos argentinos en el inicio de abril, es
principalmente el contexto mundial. La Argentina, que en un momento pareció
desacoplada de lo bueno que sucedía en los mercados emergentes, esta vez se
está viendo beneficiada como integrante de ese lote. Y los rendimientos de
entre 13 y 15% anual que prometen sus bonos vuelven a seducir. Mejor clima
global y mundo en risk-on prevalecen sobre las malas noticias económicas. Habrá
que ver si la tendencia se mantiene. Y, en tal caso, a qué ritmo y por cuánto
tiempo.
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