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Por Jorge Herrera - En las últimas
tres fuertes devaluaciones (2002, 2014 y 2016) sobrevinieron siete meses de
alta inflación. En el actual proceso van ya siete meses con marzo. De modo que,
según la historia reciente, la economía entró en zona de definición.
El contexto no se perfila favorable ya que aumentó la probabilidad de
que no haya reactivación, más allá del campo. La economía seguiría en una fase
recesiva similar a la del 2009 pero más extensa, a raíz del mayor apretón
monetario y de su impacto sobre el crédito. La dinámica indexatoria local
(salarios, alquileres, etc.) junto con los ajustes de tarifas y servicios y el
“pass through” (traspaso de la devaluación a precios) residual del año pasado
vuelven ineficaz, en el corto plazo, la dureza monetaria para bajar la inflación.
Todo lo cual se retroalimenta por la remarcación de precios de empresas en
busca de defender que sus márgenes sigan cayendo. Por lo tanto la inflación
aparece tironeada por el demorado traslado del tipo de cambio y por el impacto
rezagado del apretón monetario.
La inflación se aceleró en el margen: en enero fue de 2,9%, en febrero
3,8% y en marzo coquetea con el 4%, mientras que para abril apunta entre 3,5% y
3,8%. A su vez, las expectativas de inflación muestran un significativo
aumento: saltó a 40% para los próximos 12 meses (según la UTDT), cuando en los
últimos cuatro años solo en una oportunidad se había ubicado en dicho nivel (en
octubre 2018 cuando se disparó por la corrida cambiaria). “Esta aceleración
reciente de la inflación y expectativas que siguen revisándose sistemáticamente
al alza, ponen de manifiesto la enorme dificultad que enfrenta el Gobierno para
encauzar un proceso de desinflación”, advierte el Estudio Broda. Es decir que
es la microeconomía inflacionaria es la que manda, en el corto plazo, pese al
fuerte ajuste macro-monetario.Días atrás un conocido economista ilustró frente
a sus clientes la actual carrera inflacionaria como una carrera de IndyCar
donde ya nadie sabe qué precio está adelantado y cual retrasado.
Con relación al demorado “pass through” Macroview destaca que en el
acumulado de los últimos diecisiete meses el tipo de cambio subió 142%, la
inflación mayorista 95,5% y 71% la minorista. Y advierte que “el actual esquema
monetario requiere una baja más rápida de la inflación de la que se está dando
hasta ahora. Si la suba de los precios se estacionara con el paso de los meses
por encima del 3% mensual, sería una muy mala noticia para la salud del
programa económico en sí y para el nivel de actividad en general”. Un estudio
del FMI del 2016 estimó el coeficiente de “pass through” de Argentina en doce
meses en 0,55 puntos porcentuales. O sea, por cada 10% de devaluación se espera
un salto de 5,5 puntos en la inflación. Sobre una muestra de treinta
emergentes, el traspado argentino está entre los más elevados a pesar de tener
un coeficiente de importaciones relativamente bajo. Según los economista del
Fondo el traspaso argentino más elevado se traduce en una fuerte intolerancia a
las fluctuaciones cambiarias.
Hasta marzo el ajuste tarifario y el traslado en cuotas de la
devaluación del 2018 a los precios primó por sobre la dureza monetaria. Habrá
que ver si en mayo empieza a ceder un poco. A favor juegan el mantenimiento de
la dureza monetaria, el fraccionamiento de la suba del gas de abril y el fin
del ciclo de alza del precio de la carne. En contra juegan la devaluación del
11% de marzo, los ajustes salariales y las remarcaciones pro-márgenes. “Cuanto
más alta sea la inflación, mayor será el riesgo de alimentar las expectativas
de devaluación e inflación. También mayor será el riesgo de mayores ajustes
salariales en paritarias (con cláusulas de ajuste más cortas), lo que
retroalimentaría la inflación y las expectativas devaluatorias e
inflacionarias”, advierte el Estudio Broda.
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