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Por Carlos
Burgueño - El miércoles 25 de abril de 2018 amaneció soleado en Buenos Aires.
Sin mayores conflictos económicos o políticos en carpeta (el Gobierno aún se
movía bajo el impulso de la victoria electoral de octubre de 2017), la agenda
periodística se concentraba en noticias algo banales. Competían por las
primeras planas el nacimiento de Louis, el tercer hijo del príncipe Guillermo y
su esposa Kate Middleton, coincidiendo en la fecha con el de William
Shakespeare; la polémica apertura de la 44ª Feria del Libro de Buenos Aires y
el nuevo sistema electrónico para agilizar los trámites de migraciones. El
Gobierno se concentraba en la posibilidad de lanzar una nueva reforma
impositiva que incluyera una reducción del impuesto al cheque y comenzaba ya a
murmurarse la posibilidad de acelerar el lanzamiento de la candidatura de
Mauricio Macri para la reelección. La economía había crecido en el primer
trimestre y como principal problema a resolver estaba la contabilidad de las
pérdidas por la sequía que afectaba, fundamentalmente, a la zona sojera. En el
terreno financiero, el dólar comenzaba a cerrar su tradicional siesta cambiaria
de fines del primer trimestre, pero el Banco Central de Federico Sturzenegger no
tenía problemas en controlar las operaciones colocando unos u$s214 millones de
las reservas para sostener la oferta de divisas. En síntesis, todo era viento a
favor para el Gobierno en general y Mauricio Macri en particular.
Nada hacía prever que pronto -apenas en horas- todo cambiaría, y que
“pasarían cosas” que modificarían radicalmente la suerte de Cambiemos en el
poder.
A las 11:15, una hora 15 minutos luego de la apertura de los mercados,
la mesa de dinero del Banco Central se conmovió. Había llegado una doble
operación, de salida de las Lebac e inmediata compra de dólares, por un monto
muy poco común. Casi escandaloso. Eran más de u$s800 millones que pedían
retirarse de la operación estrella del mercado financiero, a cambio de una
salida rápida y a un precio de mercado de compra de divisas, con el objetivo de
vender posiciones en pesos y salir del sistema financiero local. La sorpresa
fue aún mayor cuando la conducción de la entidad supo quién era el interesado
en abandonar el mercado de capitales argentino. La orden de venta de Lebac e
inmediata compra de dólares era del JP Morgan, el banco de capitales
internacional más cercano al Gobierno de Mauricio Macri.
Si había una casa financiera mundial de primer nivel que se mostraba
cercana y amistosa con el Gobierno ante el mundo, esa era el JP Morgan. La
entidad norteamericana había sido lugar de trabajo de varios de los
funcionarios más importantes del macrismo. Entre otros, habían pasado por sus
oficinas de Wall Street y el resto del mundo Alfonso Prat Gay, Luis “Toto”
Caputo y Vladimir Werning; todos hombres de responsabilidad máxima en
diferentes etapas de los primeros tres años de gobierno de Mauricio Macri, quienes
además mantuvieron relaciones de gestión con el banco durante su tarea en la
función pública. Había sido también un aliado estratégico fundamental en los
primeros dos años de gestión de Cambiemos. Había abierto a mediados de 2015 una
oficina en la Argentina, e intervenido en la operación más importante del
Gobierno de Mauricio Macri: la colocación de los Bonos de la República
Argentina al comienzo de la gestión Cambiemos para pagarles a los holdouts. En
total, el JP Morgan había intervenido en colocaciones de deuda voluntaria por
unos u$s2.300 millones en el primer año de Macri en el poder, superando a otras
casas como el Citigroup, Santander, BBVA y el Deustche Bank y el HSBC, todas
entidades que, con mayor o menor presencia, siempre habían operado en el país y
nunca habían abandonado la plaza local, aún en los tiempos de default y del
kirchnerismo. La buena relación se prolongó (e intensificó) durante todo 2017 y
hasta marzo de 2018 el JP Morgan recomendaba a sus clientes en sus informes
apostar a la Argentina. Incluso, en un trabajo entregado a las gerencias del
banco en el mundo en la primera semana de abril de 2018 (ya con la novedad del
alza de las tasas de interés de la Fed consolidada), recomendaba las posiciones
en pesos a largo plazo emitidas por el Gobierno argentino y el Banco Central.
Incluyendo las Lebac.
Ese 25 de abril el romance terminó. Y el sistema financiero se conmovió.
Comenzaron a llegar órdenes masivas de venta de posiciones en Lebac de parte de
“manos grandes” -como se denomina en las mesas de dinero criollas a los fondos
de inversión extranjeros que mueven millones de dólares diarios- y que, por
definición, pueden decidir, para bien o para mal, la suerte de una jornada. O,
como en ese día, la de todo un plan económico. El rumor que circulaba en los
bancos internacionales que más operaban Lebac (tanto norteamericanos como
europeos) era que los vendedores eran pocos. No más de tres. Y que la intención
era desprenderse de toda la tenencia en ese título del Banco Central y comprar
dólares rápidamente, cerrando el circuito del “carry trade”. El precio ofrecido
a comienzos del día era de $20,50; casi un peso más arriba que la cotización de
sólo un día antes, con lo que la convicción de las órdenes creaba aún más
zozobra en los operadores argentinos. Mayor fue la sorpresa cuando se conoció,
casi por un descuido de uno de los vendedores de los bonos ante una de las
autoridades del Banco Central, que en el centro de las ventas estaba el banco
norteamericano JP Morgan. Ese día comenzaba a desprenderse del títulos más
simbólico del macrismo: las Lebac del BCRA, el instrumento por el cual, además,
se sostenía la estabilidad cambiaria de la Argentina.
La crónica financiera del 25 de abril describía una “tormenta perfecta”.
Coincidieron en una sola jornada todos los fantasmas adormecidos en algún
costado de las pantallas de los principales operadores del país y el mundo: la
suba de tasas de marzo en los Estados Unidos, el comienzo de la crisis
comercial con China, el fantasma local de la indomable inflación y su batalla
contra las tasas de interés en pesos, los pagos de fin de mes a importadores,
el retraso de la liquidación sojera, el comienzo de la aplicación del impuesto
a la renta financiera y su influencia en la ganancias de las Lebac, el debate
eterno dentro del macrismo por la suba de las tarifas, la amenaza de nuevas
alzas en los combustibles y la eventual falta de dólares por la sequía. Los
analistas ya cuestionaban públicamente los efectos de aquella fallida
conferencia de prensa del 28-D (2017) en la que Marcos Peña en vivo y en
directo le quitaba al BCRA a la vista de todo el país la responsabilidad de
controlar la base monetaria y de fijar las metas para enfrentar el más
importante problema de la economía argentina: la inflación. Desde aquella
jornada poselectoral, Peña tomaba el control personal del manejo oficial de la
economía argentina; una decisión que aún no había sido digerida por los
mercados, y que generaba dudas sobre la verdadera convicción oficial de colocar
el combate contra la inflación en el ranking máximo de prioridades oficiales.
Todo esto además de una pregunta que el Gobierno aún no contestaba: cómo
conseguiría los más de u$s15.000 millones que aún faltaban para garantizar el
pago de la deuda durante el resto de 2018. Desde el Banco Central de Federico
Sturzenegger y el entonces Ministerio de Finanzas de Luis “Toto” Caputo se
sabía que habría en cualquier momento coletazos por la interacción de estos
factores combinados. Y, en secreto, se sabía que había que estar preparado para
eventuales alzas en la oferta de dólares. Había puentes sólidos con el sistema
financiero, y cualquier operación extraña y que pudiera alterar la estabilidad
cambiaria sería alertada a tiempo.
Por todo esto, la llamada del JP Morgan de desprenderse de las Lebac, comprar
dólares y salir del mercado argentino generó un temor generalizado en el
Gobierno. Al punto tal que la decisión de aceptar la operación fue consultada
con el propio Mauricio Macri, que autorizó la salida de los dólares del BCRA
para abastecer la demanda del banco norteamericano. Inmediatamente después de
avalada la venta de dólares al JP Morgan, hubo otras dos grandes operaciones
que completaron la necesidad de ventas de divisas salidas de las reservas del
BCRA por u$s1.472 millones. Un número récord, que con las semanas sería
superado.
Unas semanas después de aquel 25 de abril, el propio JP Morgan
distribuía un lapidario informe a sus clientes vip. En él consideraba si la
herramienta que había implementado el BCRA para enfrentar la corrida (la suba
de la tasa de interés) podría ser insuficiente antídoto ante la evidente fuga
de capitales que se había iniciado; y revisaba para peor todos sus pronósticos
para la economía argentina de 2018: 2,4% de crecimiento y 22% de inflación.
Además adelantaba un dólar a 24 pesos a diciembre. Visto lo sucedido al final
del año los anticipos fueron hasta infantiles. Sin embargo, a comienzos de mayo
(cuando se conoció el paper del banco) que haya sido el propio JP Morgan el que
comenzaba a bajarle el pulgar al mercado de capitales argentino fue visto como
una actitud desertora.
Lo cierto que ese día comenzaba el calvario cambiario y financiero que
modificaría, para siempre, la suerte de Maurcio Macri en el poder.
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