|
Por Daniel Sticco
- En una economía bimonetaria como la Argentina, en la que las empresas
facturan y pagan los salarios en pesos, pero que se piensa mucho en dólares
para ahorro, reserva de valor y compra de bienes durables, los argentinos
se acostumbraron a asociar las expectativas de inflación con la variación
de la cotización del dólar en el mercado local de cambios, más que con el
ajuste de las tarifas.
Claramente, los episodios de aceleración del ritmo de devaluación
del peso, aunque se vincula con múltiples factores, internos y externos, han
coincidido con el aumento de la tasa de inflación. Así volvió a ocurrir en
marzo.
Frente a un salto promedio del tipo de cambio mayorista de 7,8% en el
mes, el
Índice de Precios al Consumidor del Indec subió 4,8%; el Índice de
Precios al por Mayor 4,1%; y el Costo de la Construcción 2,6%. En todos los
casos se superaron las tasas de variación registradas en el mes previo, como
las de un año antes, pero en general quedaron rezagadas frente a la devaluación
del peso.
Y cuanto más significativo resulte ese rezago entre la variación del
tipo de cambio y la de los precios internos, mayor será el aumento de la
competitividad cambiaria de la producción nacional, y consecuentemente la
mejora de la balanza comercial derivada del mayor impulso de las exportaciones
que el de las importaciones, como desde hace siete meses refleja el resultado del
intercambio de bienes y servicios con el resto del mundo.
Sin embargo, las expectativas generales hacían pensar que frente al
salto cambiario de marzo, tras cinco meses de subibaja, luego de la brusca
escalada que acusó entre mayo y septiembre de 2018, el impacto sobre el
promedio de los precios al por mayor sería más significativo que el observado
por el Indec.
Esa relación que los economistas definen como pass through (traslado
a precios de la devaluación) se fue atenuando a medida que se profundizaba y
extendía la recesión, al punto que en el caso del promedio general de los
precios mayoristas pasó de un promedio del 77% desde diciembre de 2016, a 65%
en los últimos 12 meses y apenas 52% en marzo; mientras que en el caso del
índice de inflación fue en general mucho menor: 66% en 27 meses; 52% en los
pasados 12, y se aceleró a 60% en el último mes.
Pero en marzo de 2019 no fue tanto la corrección cambiaria que impuso el
mercado, en un contexto de creciente incertidumbre proveniente más del ala de
la política que de la economía, lo que motivó el mayor ritmo de suba del índice
de los precios al público, sino el efecto de los ajustes
de las tarifas programadas de los servicios públicos, en particular en
transporte y comunicaciones, luego de que en febrero se concentraran
en los servicios esenciales para el hogar, como energía eléctrica y
combustibles.
De ahí que ahora que el Gobierno
decidió suspender los aumentos previstos en las tarifas, mientras que ratificó
la política de austeridad fiscal y contención de la oferta de dinero, las
expectativas de inflación de la población muestran un freno hacia adelante, con
una proyección a un año de un 40%, es decir unos 15 puntos menos que la tasa
actual acumulada por el IPC en 12 meses, y de casi 30 por debajo del salto que
acusó en ese período el promedio en el canal mayorista.
Sin embargo, la "prueba ácida" que deberá superar el
mercado es si frente a los próximos aumentos de salarios que se acuerden en
paritarias, las cuales se concentran entre lo que queda de abril y
junio, la suba de los precios al consumidor podrá sostener la esperada
desinflación y dar paso a la reactivación del consumo y la producción, o
con salarios nuevos se asistirá a un nuevo salto de los índices de inflación y
de recesión.
|