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Por Daniel Sticco - El comienzo del otoño suele
no traer buenas noticias en la Argentina. Por el contrario, es
un momento en que el país suele estar con las defensas bajas, luego del
descanso del verano, y las crisis políticas y cambiarias encuentran un
terreno propicio para desarrollarse.
Ocurrió
en 2018 y ahora con la aceleración de la inflación y la incertidumbre electoral
que provoca un Gobierno debilitado, más por la decepción que genera el
incumplimiento de metas inexplicablemente ambiciosas que por realmente
"no haber hecho nada" (como de manera simplificada argumentan
quienes niegan los progresos en la eliminación de severas trabas y
distorsiones que arrastraba una economía dominada por el default parcial de la
deuda pública y consecuente cierre de la economía).
Claramente, cuando
ocurre una corrida cambiaria, aunque en este caso tuvo la particularidad de no
afectar la solvencia del sistema financiero, no puede explicarse por una única
causa. Más aún cuando se extendió por un largo período de cinco meses,
desde fines de abril hasta fines de septiembre, y solo pudo ser controlada
parcialmente luego de dos acuerdos con el Fondo Monetario y el cambio de dos
presidentes del Banco Central.
Una
de las causas fue el fracaso prenunciado de las metas de inflación, porque
nunca había funcionado en el mundo a partir de tasas de dos dígitos altos al
año, del 30% a 40%, como registraba el país; y la intervención del Banco
Central por parte de la Jefatura de Gabinete, explicitada con la desafortunada
conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017.
Pero
luego se sumaron los efectos de la subestimación de la realidad
internacional: las tensiones en las relaciones comerciales entre EEUU y China y
el efecto de la expectativa del endurecimiento de la política monetaria de EEUU
sobre una economía debilitada como la local y que ante la pérdida de grados de
libertad para financiar el abultado déficit fiscal y de cuenta corriente
de divisas acudió al endeudamiento externo que habilitó la salida del
default.
También
se sumó el efecto de la subestimación de "la peor sequía en 50 años"
sobre las cosechas de cereales y el complejo oleaginoso, y consecuentemente de
la generación de divisas a través de las exportaciones del campo.
Pero
el detonante, al parecer, no fue otro que la entrada
en vigencia del Impuesto a la Renta Financiera sobre las tenencias de Letras
del Banco Central (Lebac) por parte de los inversores
extranjeros, porque provocó la cancelación acelerada y la huida a la compra de
dólares, que Federico Sturzenegger, presidente del BCRA por entonces, no
pudo detener con la venta de
hasta USD 5.300 millones en 7 días y récord de más de USD 1.471 millones en una
sola rueda.
Pero
para los ojos de los inversores, en particular de los fondos
internacionales, hay momentos en los que la avaricia supera al miedo.
Entonces, se colocan a altas tasas de interés en pesos, más altas en
términos de capacidad de recompra de dólares que respecto de la tasa de
inflación, como ocurrió entre 2016 y comienzos de 2018. Por otro lado, cuando el
miedo doblega a la avaricia, se van en manada, como ocurrió desde el 25 de
abril del año pasado. Ahora no son pocos los que creen ver una
repetición de ese fenómeno.
Y
pese a que el mercado no reaccionaba frente a las medidas del Banco Central, se
siguieron vendiendo dólares de a centenares de millones y la tasa de interés de
política monetaria ya había saltado del 27% a 40% anual.
Y
la razón, que no fue bien leída por el Gobierno, se había
generado cuatro meses antes, cuando se reglamentó la Ley de Impuesto a la Renta
Financiera. El país se había convertido en un colocador neto de
deuda pública y previendo el endurecimiento del mercado de capitales, el
entonces ministro de Finanzas, Luis Caputo, se anticipó a colocar en
los primeros días de enero deuda por USD 9.000 millones para intentar cerrar el
plan financiero del año. Con eso encendió la luz amarilla en los semáforos de
los analistas de fondos soberanos.
El
ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, ajustó la propuesta presentada al FMI en
junio de 2018, y designó a su viceministro, Guido Sandleris,, como presidente
del Banco Central
Así
se llegó a mayo con el rápido reflejo del presidente Mauricio Macri de
anunciar el pedido de auxilio
financiero al Fondo Monetario Internacional, como prestamista de última
instancia y obtuvo un rápido acuerdo por USD 50.000 millones,
récord nominal en la historia del organismo. Pero antes del primer desembolso
por unos USD 15.000 millones, se exigió la renuncia del
presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, que salió con
un nuevo salto del tipo de cambio de más de 6 por ciento.
Tampoco
Caputo, nuevo titular del Central, contaba con la aprobación del staff del
FMI, porque consideraba que los fondos eran para hacer frente al pago de
vencimientos de deuda pública, y no para satisfacer el insaciable apetito del
mercado. Para peor, el consenso de los economistas criticaron los
postulados del acuerdo, porque detectaron severas inconsistencias entre los
objetivos fiscales y de política monetaria. De ahí que persistiera la
salida de dólares y la suba de las tasas de interés.
Solo
cuando el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, ajustó la propuesta, y
designó a su viceministro Guido Sandleris como presidente del Banco
Central, el Fondo
accedió a cambiar las condiciones de acuerdo y reforzar la asistencia a USD
57.000 millones. Eso calmó a los mercados, y se fortalecieron las
reservas.
Pero
una vez más, la ausencia de señales políticas, y de fallas en la
comunicación sobre los efectos iniciales de la extrema ortodoxia que
significan los objetivos de déficit cero y de política de emisión cero para
vencer la inflación, como la agudización de la recesión, hasta que se
ordenen todas las variables, comenzó a minar la confianza en el Gobierno y
a emerger la posibilidad y probabilidad concreta de regreso de las políticas
populistas.
Así
se llegó al escenario actual. Una vez más la mala lectura de la economía internacional
por parte del ala política del Gobierno, que está llevando a una fuerte
apreciación del dólar en el mundo y una consecuente caída de las divisas y suba
de las tasas de interés, alimenta una nueva corrida
cambiaria, con salto del tipo de cambio, de las tasas de interés y
consecuentemente del Índice de Riesgo País.
Técnicamente, la
Argentina no enfrenta serias dificultades de financiamiento para el 2020,
"solo restan unos USD 8.000 millones", aseguran los expertos en
finanzas de los bancos, pero en un contexto de incertidumbre eso puede ser
mucha plata.
La
decisión del Gobierno de hablar más de los riesgos que ofrece su principal
enemigo, el kirchnerismo, que de las fortalezas de su política, más allá del
alto costo que está pagando la sociedad en su conjunto, desanima a los mercados
y alimenta una nueva salida de capitales, aunque no tendría el resto que tenía
un año antes, cuando se adelantó.
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