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Por Félix Peña - El
debate sobre cómo avanzar hacia el futuro en el desarrollo del Mercosur se está
acentuando. El riesgo es que no sea solo un debate metodológico -cómo debemos
trabajar juntos-, sino que, de hecho, se transforme en un debate existencial
-por qué sus países miembros deberían seguir trabajando juntos-. Obvio que, en
tal caso, sería un debate distinto en sus consecuencias políticas y económicas.
No parece ser lo recomendable.
El hecho de que, tras veinte años de negociaciones birregionales,
eventualmente pudiera percibirse que las que se desarrollan con la Unión
Europea (UE) culminan en un fracaso, contribuiría a acentuar en los países
miembros el debate sobre el futuro del Mercosur. Y también podría incidir en un
deterioro de la imagen externa de este emprendimiento conjunto entre países
sudamericanos.
Como en todo lo relacionado con la construcción del Mercosur -al igual
que ocurre con otros procesos de integración regional, como el de la UE-, el
abordaje recomendable para cualquier análisis o debate razonable y realista
debe combinar siempre, en forma simultánea y como mínimo, factores políticos,
económicos e institucionales. Un abordaje unidimensional es un camino directo a
no entender nada e incluso al fracaso de las acciones que eventualmente se
encaren. Es quizá lo que ha sido difícil introducir como enfoque metodológico
en las negociaciones con la UE.
Y como ocurrió en los momentos fundacionales -tanto del Mercosur como de
la UE-, las acciones necesarias requieren ser impulsadas al más alto nivel
político de cada país y desarrolladas, luego, por instancias técnicas
competentes en el plano político, en el económico y en el legal.
El método Jean Monnet, en la etapa fundacional de la integración
europea, es recomendable al respecto. Monnet, que en ese momento era comisario
del plan en Francia, nunca desarrolló estudios universitarios. Su formación fue
la práctica empresaria vendiendo cognac en distintos países -lo producía su padre-.
Y siempre se rodeó -como lo hizo al impulsar la negociación del primer tratado
de integración, en 1950- de excelentes economistas y juristas.
En una oportunidad reciente, al abordar la cuestión del arancel externo
común en el Mercosur y de su incidencia sobre las negociaciones con terceros
países, señalábamos que quizá lo importante sería privilegiar la preservación
de lo esencial que se procura lograr, tanto en una perspectiva política como
económica, con la construcción del espacio regional preferencial.
En tal perspectiva, lo esencial podría ser visualizado no tanto en la
idea de un nuevo espacio económico único de alcance regional, pero sí de uno
que, trascendiendo lo económico y comercial, sea común aunque diferenciado,
incluso con geometrías variables, y que privilegie objetivos de conectividad,
compatibilidad y convergencia de los respectivos espacios nacionales, a la vez
que preservando sus ricas diferencias, identidades e individualidades. Y esto
también es válido para cualquier cuestión relevante a encarar y a resolver con
eficacia. No son cuestiones a abordar sólo conforme a la perspectiva de libros
de texto y de fórmulas teóricas.
El abordaje debe ser impulsado al más alto nivel político y luego ser
desarrollado por instancias técnicas competentes
Como lo han señalado destacados especialistas de Brasil, parecería
conveniente ahora activar un mecanismo que, bien encarado, podría ser funcional
a abrir un proceso de rediseño eficaz del Mercosur. Es el previsto en el
artículo 47 del Protocolo de Ouro Preto. Establece: "Los Estados partes
convocarán, cuando lo juzguen oportuno, a una conferencia diplomática con el
objetivo de revisar la estructura institucional del Mercosur establecida por el
presente Protocolo, así como las atribuciones específicas de cada uno de los
órganos". La ventaja de este enfoque es que no se refiere a un rediseño de
objetivos del Mercosur, pero sí de su arquitectura institucional, incluyendo la
competencia de los respectivos órganos.
Nada impediría, por ejemplo, incluir nuevos órganos, como podría ser una
eventual Comisión de Política Económica, en la línea de la Comisión de Comercio
prevista en los artículos 16 a 21 del mencionado protocolo.
Por lo menos tres cuestiones podrían incluirse en la agenda de una
conferencia diplomática como la sugerida. Ellas podrían ser las siguientes:
Las modalidades del proceso de formación de decisiones y de producción
de reglas, a fin que sean efectivas (que penetren en la realidad), eficaces
(que produzcan los resultados procurados) y legítimas (que sean reconocidas
como tales por los ciudadanos).
Los mecanismos institucionales y métodos de trabajo que permitan una
evolución gradual y flexible de la convergencia en el desarrollo económico de
los países miembros en todos los planos, incluso el social.
La articulación institucional con otros espacios de integración en los
que participen países miembros junto con otros países latinoamericanos, tal el
caso de la convergencia con la Alianza del Pacífico.
Un enfoque como el sugerido implica reconocer las tres estructuras
institucionales en las que se inserta el Mercosur. Ellas reflejan dimensiones
que han estado presentes en el camino que llevó a su construcción. Y que siguen
estando en la actualidad. La primera es la que se origina en el Tratado de
Asunción de 1991, que crea el Mercosur. La segunda es la del Tratado de
Integración binacional entre la Argentina y Brasil de 1988, que no sólo sigue
vigente sino que, incluso, refleja el momento político que condujo luego al
Mercosur. Y la tercera es la del Tratado de Montevideo de 1980, que crea la
Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi), en la cual se insertan los
tratamientos preferenciales acordados entre los países del Mercosur. Es
precisamente a través de los acuerdos de complementación económica en el marco
de la Aladi que se desarrolla la red de acuerdos preferenciales
latinoamericanos en forma compatible con el sistema multilateral de comercio en
la Organización Mundial del Comercio (OMC). .
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