|
Por Marcelo Zlotogwiazda - Tan huérfano de buenas noticias está el
Gobierno que Leandro Cuccioli presentó como todo un logro que "abril fue
el primer mes del año en que la recaudación tributaria está en línea con la
inflación". Valga la licencia del máximo director de la AFIP,
porque para ser
preciso el aumento de la recaudación tributaria respecto a abril de 2018 fue
del 51,3%, mientras que la inflación acumulada en ese lapso fue del 53,3%,
de acuerdo a la medición que difundió el estudio de Orlando Ferreres, que
incluye un preocupante 4,1 de aumento para el último mes.
Concediéndole ese margen de un par de puntos porcentuales de diferencia
entre lo que ingresa a la AFIP y el incremento de precios, podría pensarse que
la economía ha tocado piso, si se toma la recaudación en términos reales como
parámetro aproximado del nivel de actividad.
No es el único indicio que estaría indicando eso. Los tres
últimos datos del Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) del Indec
también marcan una recuperación si se observa la variación
desestacionalizada, que es como corresponde comparar intermensualmente.
Pero con una doble particularidad. La primera es que esas variaciones
son muy pequeñas: 1% en diciembre en relación a noviembre, 0,6% en enero
respecto a diciembre, y 0,2%en febrero por sobre enero. Lo otro que relativiza
el empeño que varios le ponen a apoyarse en esos números para dar por sentado
que lo peor ya pasó, es que la tendencia es claramente descendente, hasta
llegar a un ínfimo 0,2 por ciento.
El Indec recién va a dar a conocer el 22 de mayo el dato sobre el
EMAE de marzo. Pero ya han algunos anticipos de consultoras que muestran que
ese mes la economía volvió a caer: según el Instituto de Trabajo y
Economía de la Fundación Germán Abdala la actividad se redujo 5,3% en
comparación con igual mes del 2018 y también cayó un 1% en la medición
desestacionalizada en relación a febrero.
Además, cabe recordar que tanto marzo como abril fueron dos meses muy
agitados con el tipo de cambio y con tasas de interés aún más exuberantes, lo
que no debería haber contribuido a un repunte económico, ni por el lado de la
oferta ni por la demanda.
Más aún, los componentes de la demanda agregada emiten señales
negativas. Salvo algunas islas de prosperidad, el territorio productivo está
recibiendo muy poca inversión.
En cuanto a las exportaciones, los números de marzo registraron una
caída interanual del 5%, pese a que el tipo de cambio real es muchísimo más
alto, y con el agravante que la caída fue mayor en manufacturas industriales.
El único aliciente es que crecieron 15% contra febrero.
Sobre el gasto público, basta con revisar en la última conferencia de
prensa de Nicolás
Dujovne su orgullo por cómo vienen cayendo las erogaciones del Estado.
Debilidad del consumo interno
De todas maneras, la variable determinante del nivel de demanda es el
consumo, que representa dos tercios del total. Y sobre eso, nada bueno puede
esperarse en el corto plazo, considerando que el empleo está cayendo y que el
salario perdió cerca de 20 puntos porcentuales de poder adquisitivo en los
últimos doce meses. Lo dice el Indec: en febrero el salario promedio de la
economía fue un 34,6% más alto en términos nominales que 12 meses atrás, cuando
la inflación de ese período fue del 51,3 por ciento.
A todos esos números se agrega el humor social que esos números provocan
y que retroalimentan la situación. Tanto la encuesta mensual de Management
& Fit como el índice de Confianza en el Gobierno que elabora la Universidad
Di Tella están en los mínimos desde que asumió Mauricio Macri.
El descenso
en las ventas de los supermercados y de los shoppings, y el
estruendoso derrumbe en la venta de autos cero kilómetros no son más que el
reflejo de lo que siente el bolsillo y de los comportamientos cautelosos o
especulativos de lo que llegan a fin de mes con alguna sobra y la guardan en
algún tipo de ahorro.
Sin embargo, desde este presente algo ambiguo no se puede descartar que
estemos en el piso y que de aquí a las elecciones la economía rebote. Pero dado
este presente y el panorama que se avizora, si efectivamente lo peor ya pasó,
la mejora por delante va a ser mezquina e imperceptible para la inmensa
mayoría.
Si ocurre, la recuperación será mezquina
Si algo puede darse por descontado, es que el oficialismo no va a poder
colocar a la economía como su caballito de batalla electoral, aún cuando el
dólar no pegue otro brinco, la inflación amaine y la actividad se mueva en
lento trote hacia adelante.
Tan seguro como que la economía no les va a jugar a favor es que tampoco
los indicadores sociales le servirán al oficialismo para hacer campaña. El 30
de setiembre, apenas cuatro semanas antes de la elección, el Indec va a
difundir los datos de pobreza por ingresos del primer semestre del año. Con
los datos de
salario y empleo que ya se conocen, es seguro que el resultado va a ser aún
peor que el 27,3% de personas pobres que había en el primer
semestre del año pasado y que el 32 por ciento que había en el segundo.
Tras cuatro años de gobierno el objetivo de pobreza cero habrá quedado
más lejos que cuando Macri pidió que lo juzguen por los resultados en reducir
la pobreza. Sabiendo que el 30 de setiembre el Indec tirará esa bomba, el
Gobierno está intentando instalar que lo que importa es la pobreza
multidimensional, es decir la combinación de la pobreza por ingresos (los que
no llegan a cubrir con sus ingresos la compra de una canasta básica) y la
pobreza estructural.
Pobreza por ingreso y multidimensional
Lo intentó el propio Macri la semana pasada cuando le preguntaron por la
pobreza y respondió con cifras sobre cuadras asfaltadas, cloacas instaladas y
obras públicas realizadas, para concluir que "esas cosas estructurales que
empezamos a abordar también son una dimensión de la pobreza".
Lo mismo intentó María Eugenia Vidal diciendo: "Quien crea que el
problema de la pobreza es sólo un problema de ingresos no entiende que es mucho
más profundo, que es multidimensional". Y agregó que no están
"ralentizando la obra pública".
Pero la estrategia de reconocer un empeoramiento en la pobreza por
ingresos y al mismo tiempo instalar la idea de que hay menos pobreza
estructural, esconde falacias y falsedades. Falacias porque casi todos los
indicadores de pobreza estructural como cobertura de cloacas y agua potable o
hacinamiento en viviendas vienen retrocediendo casi ininterrumpidamente al
menos desde 2010, y seguramente desde mucho antes.
Por ejemplo, en 2010 un 15,1 por ciento de los hogares urbanos no
tenía agua corriente y el 38,3 carecía de cloacas; en 2015 esos números bajaron
a 12,1 y 33,2; y en 2018 siguieron bajando a 10,3 y 29,1 por ciento.
Y es probable que esa reducción tendencial se atenúe, por la sencilla
razón de que el Gobierno está ajustando fuertemente los gastos en capital.
Según datos del Ministerio de Hacienda, en el primer trimestre del año los
gastos ¡nominales! en Vivienda cayeron 6,4% respecto a un año atrás; los de
Agua y Alcantarillado subieron 20 puntos menos que la inflación y el gasto
total en capital aumentó 25 puntos menos que la inflación.
En cuanto a la provincia de Buenos Aires, los gastos de capital de 2018
fueron nada más que un 2 por ciento más altos que en 2017, a pesar de que la
inflación orilló el 50 por ciento.
No se ralentizó. Se recontraralentizó.
Por supuesto, al Gobierno le queda como su gran argumento la
polarización con Cristina Fernández de Kirchner y con el kirchnerismo en
general.
Es evidente cómo están apelando a ese recurso y no hay duda alguna de
que lo usarán cada vez más a medida que se acerquen las urnas. Tienen a su
favor que la ex presidente y no pocos kirchneristas le dan bastante pasto
a ese caballito de batalla.
|