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Por Alejandro
Rebossio - El jefe del FMI para el continente americano, Alejandro Werner, es un cordobés
cuya familia se exilió en México en la dictadura y se doctoró en economía en el
Massachusetts Institute of Techonology (MIT) en 1994. Ese año recibió allí
el mismo título su compañero Gustavo Cañonero, actual vicepresidente del Banco
Central que venía de hacer un master en el instituto IDES, fundado por Aldo
Ferrer.Atrás quedaron aquellos tiempos, pero continúa la amistad. Werner
fue uno de los que impulsó dentro del FMI la flexbilización del uso de las
reservas del Central para controlar al dólar en el año
electoral.
En septiembre pasado, cuando se firmó el último acuerdo con el Fondo,
quien se resistía a que la autoridad monetaria vendiera reservas era el
subdirector gerente del organismo internacional, el norteamericano David Lipton. Ex funcionario del gobierno de
Bill Clinton y ex directivo del Citi, estaba empecinado en que la Argentina no
dilapidara el mayor préstamo que ha dado el FMI en su historia para financiar
la fuga de capitales. Ya habían quemado reservas los ex presidentes
del Central Luis Caputo y Federico Sturzenegger.
Caputo había explicado a Lipton que la Argentina era distinta y que la
inflación no iba a caer sólo con apretón monetario sino con control del tipo de
cambio. Pero el número dos del FMI, donde EE.UU. tiene poder de veto, se
mantuvo firme. Dentro del Fondo prevalecía el dogma de que el dinero de los
contribuyentes de los países que lo financian –los más ricos del planeta– no
debe servir para rescatar a inversores especulativos que quieren desprenderse
de los activos del país en riesgo de default. Lipton terminó provocando el
despido de Caputo. En su reemplazo llegó un soldado del ministro de
Hacienda, Nicolás Dujovne: Guido Sandleris. Quien permaneció fue
Cañonero, que había llegado al Central de la mano de Caputo, ex compañero suyo
en el Deutsche Bank.
Cambio. Este 29 de abril, el FMI terminó cediendo: dio el permiso para que
el Central venda sin restricción –por lo menos conocida– los dólares del
préstamo. Es habitual que los argentinos se dolaricen los meses previos a los
comicios, pero esta vez algunos temen que triunfe Cristina Fernández de Kirchner, creadora del cepo
cambiario, y suspenda los pagos de una deuda que Mauricio Macri aumentó de forma
exponencial. Cada vez más inversores financieros apuestan a una
reestructuración de la deuda, aunque admiten que la ex presidenta sería más
dura para negociar que el actual.
La amistad de Werner y Cañonero puede haber contribuido al cambio de
opinión del Fondo sobre el uso de las reservas, pero la razón principal
abreva en el apoyo de los Estados Unidos de Donald Trump y las demás potencias occidentales a Macri y
su rechazo a un regreso de lo que llaman populismo y que lo ven encarnado en el
kirchnerismo. No sólo se preocupan por los negocios de sus empresas en
la Argentina sino por el impacto que un giro en el país pueda tener en el resto
de Latinoamérica, tierra codiciada por China y Rusia. Sólo Cuba, Venezuela,
Bolivia y Nicaragua quedaron gobernadas por la izquierda, cada una con suerte
diversa. Ya no impera en El Salvador, Honduras, Ecuador, Brasil, Chile o
Paraguay. Sólo quedaron las moderadas versiones de México y Uruguay.
“El apoyo de la comunidad
internacional a Macri es inédito en la historia de la Argentina”, admite un
alto funcionario de Cambiemos. “Dada la magnitud del préstamo del FMI (US$
57.000 millones), si la Argentina cae, le pegará a la burocracia del organismo
y a los países que apoyaron”, continúa el análisis. La directora gerenta
del FMI, la francesa Christine Lagarde, cobija ambiciones de proseguir la
carrera en su país o en instituciones europeas. Lipton, Werner y el encargado
del caso argentino, el italiano Roberto Cardarelli, también deberían explicar
por qué recomendaron al directorio del Fondo la aprobación de un megacrédito
tan riesgoso.
No sólo Trump apoya a la Argentina: también Shinzo Abe, primer ministro de Japón;
Angela Merkel, de Alemania; Theresa May, de Reino Unido, y Emmanuel Macron, presidente
de Francia. Algunos diplomáticos de los países del G7 comentan en
privado y sin tapujos que Macri es su candidato, mientras que otros se muestran
menos entusiasmados tras la crisis que estalló en 2018. Mientras, la China de
Xi Jinping sigue respaldando a la Argentina, más allá de los cambios de
gobierno, e incluso se jacta de ayudarla más que Estados Unidos. Juegos de
seducción en el patio trasero estadounidense.
Pese al apoyo político claro de la superpotencia a Macri, que ya venía
de tiempos de Barack Obama, había resistencia a flexibilizar el uso de
reservas. También en 2001, el FMI dio un préstamo a la Argentina que sólo
sirvió para financiar la fuga de capitales a un tipo de cambio de un peso por
dólar. “Hoy, los fundamentals, como resultados fiscal y de cuenta
corriente (sobre todo, la comercial), están más alineados que en aquella época
o que cuando Sturzenegger reventaba reservas para mantener el dólar a 20
pesos”, evalúa el alto funcionario del Gobierno. “El peso no está
apreciado como en 2001 o 2018”, prosigue. Si se toma un tipo de cambio real
(ajustado por inflación) multilateral (en relación con las monedas con las que
comercia la Argentina, no sólo el dólar), con base en 100 al 17 de diciembre de
2015 (cuando se eliminó el cepo), en 2001 estaba a 69; el 10 de diciembre
de 2015 (cuando cambió el Gobierno), a 74; el 23 de abril de 2018 (cuando se
escapó el dólar), a 90 y el 26 de abril pasado, a 124. Claro que en septiembre
pasado el peso ya estaba bien devaluado y el Fondo se resistía. ¿Qué cambió? El
crecimiento de Cristina Kirchner en las encuestas y la suba del riesgo país.
No sólo Lipton se oponía al cambio sino todo el staff, aunque Werner y
Cardarelli se mostraban más comprensivos. Lagarde, más política, también lo
entendía, pero nadie ponía la firma para reformar el dogma. Dujovne y Sandleris
viajaron del 12 al 14 abril pasado a la última asamblea del FMI para
convencerlos, pero no pudieron. El 17 de abril, como parte del lobby
argentino, los economistas Eduardo
Levy-Yeyati, Miguel Kiguel y Marcos Buscaglia publicaron un
artículo en el Financial Times que se titulaba “El régimen cambiario de la
Argentina está quebrado”. Levy-Yeyati llegó a hablar con Werner, que
se mostró dispuesto al cambio. Ese mismo día se conoció el paquete de medidas K
de Macri para revertir la caída de imagen y una encuesta que pronosticaba una
victoria contudente de Cristina Kirchner en segunda vuelta, con lo que el
riesgo país empezó a galopar hasta cruzar el 25 de abril la barrera de los
1.000 puntos básicos, señal de peligro de default.
Motivos. La combinación del riesgo país y los sondeos terminó de persuadir
a Estados Unidos de que el FMI debía relajar su postura, según fuentes cercanas
a Macri. Son las mismas que aseguran que el propio Presidente llamó a
Trump para rogarle el cambio. El vocero de Macri lo desmiente. Lo
concreto es que el Fondo terminó aceptando lo que rechazaba dos semanas antes.
“Lo que no quieren es que vuelva Cristina, la ven como disruptiva para
la Argentina y la región, temen que las haga más impredecibles”, opina el alto
cargo de Cambiemos. “El apoyo de Estados Unidos a Macri desde 2016 es
porque había que pasar página. Él supo vincularse con los líderes del mundo,
viajó mucho, organizó el G20 y cosecha sus frutos”, continúa. Eran tiempos
en que aún no había vencido Jair Bolsonaro en Brasil y Macri lideraba el
cambio regional. “Pero, además, el Fondo sabe que está jugándose la devolución
del mayor préstamo que dio en su historia y entiende que las reservas a esta
altura ya no se usarán para financiar una paridad de cambio ficticia”, completa
el funcionario.
Un poderoso hombre de negocios con fuertes vínculos entre la Argentina y
Estados Unidos reconoce que allá se observa la elección como binaria, entre
Macri y Cristina Kirchner: “Cristina es game over para los inversionistas
nuevos y financieros. Si gana Macri, algunos creen que hará las reformas
necesarias y otros que no”. Atribuye el cambio del FMI a la “política
estratégica de Macri en la región, la relación personal que mantiene con Trump
desde los tiempos en que eran empresarios y el riesgo para el futuro político
de Lagarde si la Argentina fracasa”.
Héctor Torres, que fue representante argentino ante el FMI entre 2004 y
2008 y entre 2016 y 2017, formula un análisis tajante: “El FMI tiene la
obligación de apoyar a la Argentina, no a un gobierno en particular. Concentrar
el 90% del desembolso de un programa de tres años en el último año y medio del
gobierno de Macri deja vulnerable al próximo gobierno. Es evidente que en el
FMI hay una fuerte influencia de la relación personal entre Trump y Macri”.
Actual asociado emérito del canadiense Centre for International
Governance Innovation, no se atreve a asegurar que sea un apoyo
antikirchnerista, pero sostiene: “Usamos el término populismo en forma
muy vaga. Cualquier política diferente de lo que esperan los mercados es
calificada de populista. Y le aclaro que yo difiero de las políticas del
gobierno anterior”. Torres critica la nueva politica del Central: “Usar los
dólares del FMI para comprar pesos es financiar la salida de capitales. Los
dólares del FMI son de uso alternativo: si los usamos para comprar pesos, no
podremos usarlos para saldar deuda pública en dólares”.
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