|
Por Jorge Herrera - Turquía afronta un nuevo cimbronazo
financiero a raíz de la anulación de la elección municipal de Estambul, en la
que perdió el partido islamista del presidente Recep Tayyip Erdogan, que
gobierna el país desde 2002 y la principal ciudad desde 1994. A raíz de esto la
lira turca sufrió días atrás una nueva embestida de los mercados. Cabe recordar
que Turquía y Argentina era el binomio sindicado ya desde 2017 como principal
candidato a ser la próxima víctima ante un nuevo episodio de “sudden stop”
(interrupción repentina de los flujos de capitales internacionales a mercados
emergentes). Los altos desequilibrios externos de ambos países, ya
infinanciables por el mercado, detonaron sendas crisis cambiarias y financieras
el año pasado. Lo demás ya es historia.
Así y todo, el caso argentino parece tener vida propia y se ha
despegado, no solo del clan de los emergentes más riesgosos, sino de sus pares
de la región. Solo basta con comparar la primas de riesgo-país de Argentina con
la de Latinoamérica. Según el índice EMBI Latam el riesgo regional se elevó
desde mediados de abril al 7 de mayo pasado en solo 9 puntos a 201 puntos
mientras que el de Argentina lo hizo en 116 puntos a 917 puntos. O sea, el
spread entre Argentina y Latam se amplió en 107 puntos, a 716. Pero desde que
comenzó a deteriorarse el panorama, es decir desde principios de febrero
pasado, el riesgo argentino aumentó 282 puntos y el Latam solo 8 puntos. De
modo que el spread entre ambos riesgos se elevó en 274 puntos. Está claro que
ha subido el riesgo local pero el de la región se mantuvo casi estable. Se
trata entonces de riesgo argentino puro, no es culpa de contexto externo. Es
mérito propio.
Incluso si se toma la evolución de las primas de países emergentes
considerados de alto riesgo como Ucrania, Ecuador, Egipto o la India, hasta la
propia Turquía, resulta evidente que el riesgo argentino se ha desenganchado de
estos pares. Mientras Argentina pasó en los últimos tres meses de niveles de
poco más de 600 puntos similar al que tenía Ucrania y Ecuador, aunque lejos de
Egipto e India, este cuarteto mostró estabilidad y algunos hasta recortaron los
niveles de riesgo. O sea, Argentina está donde está por propia iniciativa.
Algo parecido ocurre también con las monedas emergentes. En las últimas
semanas, y pese al anuncios de nuevas medidas, el peso se destaca por ser la
moneda que más se ha depreciado frente al dólar. Otro tanto sufrieron los
activos financieros argentinos.
Por lo tanto el fuerte aumento de la inestabilidad financiera y
cambiaria que experimenta la economía argentina es un tema inherente al país.
Como señala el Estudio Broda “no se trata de un sudden stop que afecta a todo
el mundo emergente, sino que es un problema exclusivamente de Argentina”. ¿Las
causas? Hay, obvio, un ingrediente político potenciado recientemente por
sondeos que marcan una posible victoria de Cristina Kirchner sobre Macri. Pero
todo enmarcado por el ingrediente económico: el segundo programa con el FMI
fracasó en quebrar la inercia inflacionaria y mejorar el nivel de actividad,
que retroalimentan los miedos de los inversores ante la posible vuelta del
populismo. En nada ayuda la pérdida de credibilidad del BCRA, que cambió la
política monetaria cuatro veces en siete meses, ni las recientes medidas
anunciadas por el Gobierno para atemperar la pérdida del poder adquisitivo y
frenar la inflación. El tenor de la recesión emite señales de que es la más
fuerte de las últimas cinco. La cantidad de indicadores económicos de corto
plazo negativos es casi similar a los de 2001 o 1989. Parece que la actividad
habría tocado fondo en marzo pasado pero datos recientes indican cierto freno a
la recuperación. En tal sentido el derrumbe del crédito al sector privado en
pesos constituye un lastre para el nivel de actividad. Desde mayo del año
pasado, último mes en que creció el crédito en términos reales, hasta abril de
este año el stock total de crédito privado en pesos acusa una caída de más del
38%.
Ahora bien, dado el actual esquema monetario y cambiario y las metas
pactadas con el FMI, las ventas de divisas del BCRA que se avecinan cuando se
acelere el cronograma electoral implicarán una fuerte absorción de pesos. Es
decir la base monetaria será significativamente menor, incluso a la pautada con
el FMI. Por ende se descuenta un fuerte impacto sobre el ya deteriorado crédito
privado, lo cual conlleva a no esperar que el financiamiento privado sea un
motor de la recuperación, por lo menos a lo largo de este año. Por ejemplo, se
estima que todos los préstamos otorgados por la ANSES equivalen a un mes de
crédito al consumo del sector privado. Difícil la economía juegue a favor de
los objetivos electorales del oficialismo. Un serio desafío.
|