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Joaquín Morales Solá
- La Corte Suprema, el máximo tribunal de justicia del país, se convirtió ayer
en un tribunal ordinario. Descendió varios escalones en la jerarquía solo para
hacerle el más grande favor que la Justicia le haya hecho hasta ahora a Cristina Kirchner .
Quebró la jurisprudencia de la propia Corte, ignoró el principio constitucional
de la igualdad ante la ley y creó un pésimo precedente. Nada de eso puede
hacerse sin un claro interés político y electoral, pocos días después de que
Cristina oficializara implícitamente su candidatura en la Feria del Libro y
casi al mismo tiempo que ratificara esa decisión con su visita a la sede el
Partido Justicialista. Es imposible desvincular la resolución del tribunal de
la extracción política de los miembros que la firmaron: todos, menos Elena Highton de
Nolasco , se han formado en el peronismo. Si hay que resumir
una conclusión, puede decirse que la Corte Suprema ya votó, sin cuarto oscuro y
sin boleta. Votó por Cristina en la extrema polarización entre ella y Mauricio Macri .
Es posible que esos jueces estén diciendo también, como otros argentinos, que
vivían mejor con Cristina.
Es necesario, para medir el tamaño de la injusticia, profundizar en el
desvarío de la Corte Suprema. Una vieja jurisprudencia del tribunal sostiene
que los jueces supremos tratan casos penales solo cuando estos tienen sentencia
definitiva. Es decir, cuando ya pasaron por el juez de primera instancia, por
la Cámara Federal, por el juicio oral y público y por la Cámara de Casación.
Hay muy pocas excepciones de extrema gravedad en la historia. Algunas
apelaciones de Cristina Kirchner llegaron a la Corte en noviembre del año
pasado, y otras en marzo de este año. ¿Era necesario que la Corte le arrebatara
el expediente a las instancias inferiores una semana antes de que se iniciara
el juicio oral? ¿Por qué no lo hicieron antes si consideraban que existía tal
gravedad? No hay explicación para eso. No la puede haber. La Corte Suprema,
cuya función esencial es velar por el cumplimento de la Constitución, tiene
siempre, al final del proceso, la oportunidad de señalar si un juicio fue
constitucional o inconstitucional. Nunca antes del final, porque si lo hace se
convierte en un tribunal ordinario. Es lo que hizo el martes. La propia Corte
había rechazado, con la firma unánime de sus miembros, una apelación de
Cristina Kirchner en esta misma causa porque "no se dirige contra una
sentencia definitiva" (había pedido la nulidad del sorteo que asignó el
caso al Tribunal Oral número 2). Fue en diciembre pasado. La Corte modificó al
martes ya no la jurisprudencia histórica de la Corte, sino la suya propia.
Si bien el juicio oral y público contra la expresidenta y otros
exfuncionarios por la obra pública, que debe iniciarse el próximo martes, no
fue formalmente postergado por la Corte, todo depende de la decisión que esos
jueces tomen sobre las apelaciones de Cristina. Uno de los pedidos de prueba de
la expresidenta, que ahora está en poder de la Corte, reclama una auditoría de
la obra pública durante los 12 años del kirchnerismo. Los jueces de instancias
inferiores le denegaron ese pedido porque lo consideraron una artimaña para
postergar el juicio oral y porque solo es necesario juzgar los delitos
probados. ¿Qué sucedería si la Corte aceptara la auditoría? Ocurriría que el
juicio se postergaría no semanas ni meses, sino años.
Insistentes versiones que circulan en la Corte Suprema, y cerca de la
propia Cristina, aseguran que Ricardo Lorenzetti se
vio con la expresidenta hace uno o dos meses. Le habría planteado le necesidad
de una reconciliación entre ellos. Lorenzetti es un "zorro herido",
según lo definen en los despachos de la Corte, desde que perdió la presidencia
del cuerpo. De hecho, ayer en sus oficinas señalaban que él no haría ninguna
aclaración sobre por qué firmó esa resolución y agregaban que quien debía
hablar por la Corte era su presidente, Carlos Rosenkrantz ,
porque se trató, aseguraban a su lado, de una "decisión
institucional" del tribunal. No es cierto. No hubo decisión institucional,
sino las sorpresivas firmas de cuatro de los cinco jueces del tribunal. La
excepción fue precisamente Rosenkrantz, quien ya hace tiempo estampó en esas
apelaciones de Cristina una frase corta y terminante: "No, porque no hay
sentencia definitiva". Digan lo que digan de Rosenkrantz, es el único juez
de la Corte que primero lee la ley y luego la jurisprudencia del tribunal para
después tomar una decisión. Es difícil encontrar en sus decisiones retorcidos
intereses políticos. El propio Gobierno suele criticarlo por lo bajo por su
extremo apego a las leyes más allá de las opiniones de sus colegas en el tribunal.
Lorenzetti lo desprecia profundamente y lidera la franja de jueces que le
negaron a Rosenkrantz hasta la posibilidad de nombrar personas de su confianza
para administrar los cuantioso recursos de la Corte. "Lorenzetti está
trabajando un pacto de impunidad para el kirchnerismo", disparó ayer Elisa Carrió .
Horacio Rosatti ,
nombrado junto con Rosenkrantz en la era Macri, es un peronista que conserva
buena relación con Cristina Kirchner. Fue ministro de Justicia de Néstor Kirchner ,
cargo al que renunció sin aclarar nunca explícitamente por qué se fue. Algunos
colaboradores suyos fueron funcionarios en la época del kirchnerismo. Highton
de Nolasco conserva indebidamente su cargo. Ya cumplió los 75 años y está
aferrada a una cautelar que la confirmó como jueza, a pesar de que los otros jueces
de la Corte firmaron una acordada ordenando que los magistrados deben jubilarse
a los 75 años, según el mandato de la Constitución. Convive con quienes opinan
que debería estar en su casa, en la placidez del retiro. Highton de Nolasco
sobrevive entre traición y traición. Primero lo traicionó a Lorenzetti cuando
ayudó a su caída de la presidencia y ahora lo traiciona a Rosenkrantz, a quien
votó como presidente, porque siempre lo deja solo. El exjefe de Gabinete Alberto Fernández ,
reconciliado con Cristina Kirchner y convertido en uno de sus hombres de mayor
confianza, tiene una vieja relación con Highton de Nolasco. Juan Carlos Maqueda ("el
único caballero entre los jueces peronistas", dicen en la Corte) prefiere
siempre acompañar a Lorenzetti y a Rosatti antes que a Rosenkrantz.
Uno de los argumentos más trasegados por los jueces del tribunal es que
se trataba de un "caso de envergadura" que ameritaba que la Corte
revisara las apelaciones para que en el futuro no se pidiera la nulidad de la
causa. ¿Cuál es la envergadura? La única que salta a la vista es que se trata
de Cristina Kirchner. Pero, ¿Cristina no es igual que cualquier otro ciudadano
que debe someterse a la Justicia y esperar las sentencias de todas las
instancias inferiores para solo entonces recurrir a la Corte? En tal caso,
¿dónde quedó olvidado el principio constitucional de que todos los argentinos
son iguales ante la ley? ¿O Cristina tiene una jerarquía especial que no la
iguala al resto de los argentinos?
Algunos jueces supremos señalaron que la escandalosa resolución del
tribunal cayó en el abismo de la grieta política y que ellos no están de un
lado u otro de la grieta. Son ellos los que están politizando la cuestión. No
se trata de la grieta política, sino de la jurisprudencia de la Corte, del
respeto a otras instancias de la Justicia y de sentido común. El sentido común
indica que no se puede, ni se debe, amenazar con postergar un juicio oral y
público a una semana de su inicio. Los jueces del tribunal oral no saben qué
hacer o que harán. Otros jueces de instancias inferiores desconocen también
cómo seguirá la jurisprudencia de la Corte. ¿Es una nueva jurisprudencia, en la
que la Corte puede intervenir en cualquier instancia del proceso, o es una
jurisprudencia especial para Cristina? Se trata, además, de un caso probado de
direccionamiento de la obra pública en beneficio de Lázaro Báez, sobre el que
el juez Julián Ercolini hizo una impecable investigación.
Hace poco circuló la versión de que merodeaba la idea de un acuerdo de
impunidad en la causa de los cuadernos (no en la del direccionamiento de la
obra pública) y que ese acuerdo tenía como epicentro la Corte Suprema.
Consistiría en que la Corte tome la causa, la coloque en un cajón, lo cierre
con llave y tire la llave al río. Muchos años después, otra Corte podrá
absolver a todos porque pasó el "tiempo razonable", como sucedió ya
con Carlos Menem en
el caso del contrabando de armas. Pareció inverosímil. Solo pareció hasta
ahora, cuando la Corte hizo algo muy parecido a lo que se insinuaba para aquel
eventual acuerdo. Sea como fuere, la Corte tiene poco tiempo para reflexionar.
En una extraña costumbre, la Corte toma decisiones con connotaciones políticas
en años electorales hasta la feria judicial de julio. Después se calla hasta
que hayan pasado las elecciones.
Si ese fuera este caso, no se sabrá nada del juicio a Cristina hasta
diciembre. Pero la realidad que acecha a la Corte es otra, más dura que esas
costumbres demasiado electoralistas. Si el juicio se postergara más de una o
dos semanas, los jueces del tribunal no serán criticados por arbitrariedad
manifiesta, como los critican ahora, sino por obstrucción de justicia y por
complicidad implícita.
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