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Por Pablo Wende - Con el riesgo país arriba de
los 1000 puntos básicos, la posibilidad de un contagio sobre otras variables
financieras y económicas está más latente que nunca. Tanto la estabilidad
del dólar como la recuperación de la actividad podrían verse afectadas en la
medida que continúe o incluso se agrave la desconfianza de los inversores
sobre los activos argentinos.
La caída de los bonos y el consiguiente incremento del riesgo está
vinculado además con otro fenómeno, externo a la Argentina: los nuevos
capítulos de la guerra comercial entre China y Estados Unidos. La consecuencia
fue la búsqueda de refugio por parte de los inversores, que salieron de activos
emergentes para comprar activos seguros. La consecuencia es que subieron
los bonos del Tesoro americano y la tasa de interés se derrumbó a 2,08% anual,
el menor nivel desde 2017.
Los bonos argentinos sintieron el impacto y volvieron a caer entre 0,5 y
0,75 dólares, lo que significó en algunos casos pérdidas de hasta 2%. No
se salvó prácticamente ninguno, porque afectó tanto a los títulos más cortos
como a los bonos largos.
Existe un riesgo de que este aumento de la desconfianza en emergentes,
pero que particularmente afecta a los bonos argentinos, tenga un impacto sobre
el dólar. Por ahora esta posibilidad está contenida por la mayor oferta de
divisas del campo y la venta diaria de USD 60 millones del Tesoro. Sin embargo,
a medida que empiece a reducirse esa venta del sector cerealero, más cerca
de fin de junio y con mayor seguridad en julio, el tipo de cambio seguramente
estará sujeto a una mayor presión.
Más allá de la situación externa, la incertidumbre electoral va
dominando de manera creciente todas las decisiones de inversión. Y así
como se registra una mayor presión vendedora de bonos, es claro que también
podría aumentar la dolarización de portafolios de inversión, un fenómeno típico
de los meses previos a las elecciones presidenciales.
El mercado de bonos es donde más se refleja el humor del mercado. Allí
no hay intervención oficial y sólo se mueve por la oferta y la demanda de
inversores, tanto de la Argentina como del exterior. El deterioro de los
precios marca que claramente es mayor la cantidad que está dispuesto a
desprender de papeles argentinos, aún cuando los rendimientos hayan
trepado por encima del 18% anual en dólares.
Esta situación endeble relacionada al tipo de cambio obliga al Banco
Central a mantener un estricto control de las variables monetarias. Y a su vez
esto implica que las tasas de interés permanecerán muy elevadas, aun cuando la
inflación esté dando muestras de empezar a ceder. Las supertasas siguen
siendo un gran escollo para las PYME que buscan capital de trabajo y también
para el público, volviendo casi imposible por ejemplo el acceso a créditos
personales.
El mercado espera que el aumento del índice de precios al consumidor se
ubique en alrededor del 30% en los próximos doce meses, mientras que la
tasa de referencia que el Central -a cargo de Guido Sandleris- establece a
través de las Leliq sigue por encima del 70% anual. Y baja a cuentagotas
(3,2 puntos porcentuales en mayo). Se trata de niveles que marcan la situación
de emergencia, pero que no son perdurables por demasiado tiempo.
El aumento del riesgo país no es un problema en sí mismo en el corto
plazo. La falta de acceso de Argentina a los mercados financieros es cubierto
por los desembolsos del FMI, cuyos recursos se usan para pagar los vencimientos
de deuda. Sin embargo, hay efectos colaterales como la presión sobre el
tipo de cambio y la necesidad de mantener tasas exageradamente altas, como un
antídoto para hacer frente a una desconfianza que va en aumento y que se
acentuará a medida que avance el calendario electoral.
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