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Por Marysol Antón - Cada día, más de mil
personas no se percatan que sus identidades han sido robadas a través de
Internet. Esto no sólo implica la computadora, sino que incluye ese equipo que
cada uno lleva encima las 24 horas del día: el celular.
Este dato, surgido del estudio Security
Survey Global, realizado por Mastercard, refleja la realidad de toda la
región, donde los movimientos de los ciberdelincuentes son similares.
Pero hay más: los usuarios
tardan más de 100 días en notar que les han hackeado la cuenta, un lapso de
tiempo lo suficientemente amplio para que el usurpador pueda hacer lo que
quiera. Es decir, realizar todo tipo de transacciones.
Otro dato importante es
que el 60% de los fraudes de comercio electrónico tiene su origen en el uso de
dispositivos móviles, ya que la mayoría de las personas no actualiza sus
sistemas con la frecuencia requerida. Tampoco utilizan programas de protección,
como sí lo hacen en sus computadoras.
No se trata de un tema que deba ser tomado a
la ligera. En momentos en que la banca apuesta más que nunca al online y
las fintech cobran cada vez más relevancia, las alertas sobre
la seguridad se intensifican.
Los usuarios, a merced de los delincuentes
"En 2017, 1 de cada 15 personas
fue víctima de un fraude de identidad. Esto ocurre cada vez más seguido,
ya que buena parte de la sociedad continúa digitalizando su información y los
hackers se tornan más sofisticados", detalla a iProUP Signe Burke, gerente
de Marketing de Producto de WatchGuard.
"Con aplicaciones falsas, podríamos
entregar credenciales (usuarios y password) de nuestra cuenta bancaria y
terminar siendo víctimas de una gran estafa", agrega Javier Chistik,
account manager para el Cono Sur de Forcepoint.
Además de técnicas como el ya tradicional
phishing (cuya modalidad más usual son los mails apócrifos que buscan capturar
datos de personas), Diego Taich, managing director de consultoría IT de de PwC
Argentina, suma los problemas relacionados con la fuga de información.
"El que captura datos
personales de tarjetas u otros servicios luego los comercializa o,
eventualmente, extorsiona a la víctima pidiendo una suma de dinero a cambio de
devolverle los datos robados", explica el ejecutivo.
Al respecto, añade: "Teniendo en cuenta
que actualmente esos datos son el nuevo oro, no hay dudas de que
muchos están ávidos por obtenerlos. Asimismo, la información sustraída puede ser
fácilmente comercializada y monetizada".
El especialista cita
además otro problema vinculado a este tema: "Existe un mercado negro en el
que se ofrecen credenciales de acceso, tarjetas de crédito, pasaportes, entre
otros elementos. A medida que emergen los nuevos negocios por la web o se
intensifica la digitalización de los tradicionales, el desarrollo del eCommerce
y los medios de pago virtuales, estos problemas van en aumento".
Los peligros de las "nuevas
sucursales"
Resulta difícil de imaginar un escenario en
el que un ladrón pueda crear una sucursal física falsa de un banco para engañar a sus clientes. Sin embargo, en la era
digital pasar como verdadera una página apócrifa es mucho más fácil, sobre todo
ante los ojos desprevenidos del cliente tradicional.
"Le pedimos a los consumidores que
comparen la autenticidad de las interfaces de las aplicaciones bancarias
oficiales y falsificadas. En Argentina, seis de cada diez identificaron las
interfaces de banca móvil reales como falsas", explica Luis Corrons, especialista
en seguridad de Avast.
En tanto, "un 31% confundió las
interfaces de banca móvil falsas con objetos reales. Estos resultados son
alarmantes y demuestran que cualquier persona fácilmente pueden ser otra
víctimas", completa.
El experto recuerda que en Argentina existe
la Ley 25.326 de Protección de los Datos Personales, que se sancionó y promulgó
en octubre de 2000. Y que el problema radica en que carece de una buena
fiscalización y fue redactada en una época en la que el uso del negocio digital
era muy diferente.
Continuando con la comparativa
físico/digital, desde lo legal el marco es completamente distinto: no es lo
mismo "reventar" una bóveda que robar datos de usuarios para obtener
dinero.
Diego Migliorisi, abogado especialista en
seguridad y altas tecnologías, señala que en el ámbito judicial no se habla de
"robo de identidad" sino de usurpación o suplantación.
"Este tipo de
acciones no son delitos en Argentina, sino una simple contravención en el
territorio de la Ciudad de Buenos Aires. Lo que puede constituir delito es el
acceso ilegítimo a medios informáticos, como así también, los ilícitos que se
cometen con identidad usurpada", explica el especialista.
La ley nacional es completa, pero requiere de
una actualización que se adecue a estos tiempos en los que la industria 4.0
viene creciendo a un ritmo acelerado.
"Lo que falta es Código Penal y
modificaciones a los Códigos Procesales para optimizar recursos de la Justicia.
Es decir, que estas acciones dolosas se persigan con una condena. Además, se
precisa tipificar el delito de usurpación y suplantación de identidad (está en
el proyecto del nuevo Código Penal) y medidas procesales", aclara
Migliorisi.
Las soluciones desde el otro lado del
mostrador
El robo de identidad no solo afecta a los
usuarios, las empresas también se ven comprometidas en este tipo de
fraudes.
Desde IBM informan que el 20% de los ataques cibernéticos mundiales se dirigen
a la industria financiera. Entre los principales objetivos se cuentan los
ataques a cajeros automáticos, operaciones de compraventa de activos
financieros y transferencias fraudulentas.
Asimismo, desde Kaspersky Lab, empresa
especializada en la materia, señalan que se espera que disminuyan los ataques
contra terminales PoS pero, a la vez, que se incrementen aquellos que apuntan
contra plataformas de pago en línea. Esta amenaza se expande al comercio
minorista, que apuesta cada vez más por el eCommerce y las ventas online.
De acuerdo a una investigación de la
firma LexisNexis, el siete de cada diez comerciantes acepta transacciones
móviles para incrementar sus ventas y, en una gran mayoría, para brindarles
mayor comodidad a sus clientes.
"El desafío más importante que enfrentan
las compañías es el de verificar la identidad del comprador para conocer si es
quien dice ser o si se trata de un defraudador. En este punto, el correo
electrónico gana protagonismo", explica Luciana Lello, General manager
para América del Sur de Emailage, especializada en control de fraude
informático.
"Un defraudador suele
probar una transacción con valores bajos para luego ir incrementando los
montos. Es ahí donde, basados en un modelo de machine learning, analizamos el
e-mail, IP, nombre, redes sociales y otras cuestiones, al igual que la
capacidad de examinar comportamientos", suma Lello.
Los bancos, desde ya, trabajan fuerte en la
creación de barreras de seguridad que prevengan a sus usuarios y operaciones de
usurpaciones de identidad y robos.
"Si bien existen marcos normativos y
legales para proteger a las personas, como la ley de datos personales que, por
supuesto, son perfectibles, éste no es el principal problema", afirma
Tomás Germano, gerente de Seguridad de Información del Banco Supervielle.
"Tanto los particulares como las
empresas debemos recorrer un camino que nos lleve a gestionar información de
manera segura. Es preciso comprender qué tipo de datos no hay que compartir en
redes sociales o entornos similares. Por el lado de las organizaciones, tienen
que clasificarlos y administrarlos en un entorno altamente confiable",
añade.
En este camino, el sector
se dio cuenta de que tenía que implementar medidas de seguridad acordes al
momento actual. Así apareció la biometría, tecnología que utiliza los rasgos individuales
de un ser humano como una "contraseña" biológica.
Este hallazgo no fue casual: cada vez más
celulares integran un escáner de huellas digitales, sistemas de reconocimiento
facial o, inclusive, lector de iris. No es de extrañar que los bancos hayan
decidido aprovechar este hardware para potenciar la seguridad y comodidad de
sus clientes.
Un estudio realizado por la Universidad de
Oxford en conjunto con Mastercard, revela que más del 90% de los usuarios
prefieren estas metodologías frente al uso de claves. Las fallas de seguridad y
el robo de información son las causas de esta marcada tendencia.
Sin embargo, al tratarse
de una tecnología disruptiva, sólo el 36% de los ejecutivos dice "tener
los conocimientos adecuados para incorporar la biometría en sus bancos".
Supervielle trabaja hace más de cinco años
con distintas soluciones biométricas: desde la implementación del escáner de
huellas, para facilitar los procesos en una sucursal, hasta nuevos lectores de
rostro para dispositivos móviles.
Como esta plataforma puede certificar quién
es la persona sin apelar a tarjetas, ni recordar usuarios o claves. La empresa
asegura que optimiza los tiempos de espera, gracias al direccionamiento de
clientes a canales automáticos.
Asimismo, el banco cuenta con Supervielle Mobile, por el cual sumó el
reconocimiento facial para simplificar el acceso y solidificar su seguridad,
además de comenzar a desestimar las ya obsoletas contraseñas alfanuméricas.
Galicia, por su parte,
pretende digitalizar todos y cada uno de sus trámites como préstamos,
inversiones, pagos, entre otros. Todo a través de Galicia MOVE. Un usuario
puede tomarse una foto, el sistema la reconocerá y asociará a la imagen de su
DNI para comprobar si es la misma persona.
Del lado de las fintech también se avanza en "blindar" la
seguridad de los usuarios ante posibles fraudes informáticos. WiloBank
promueve un ecosistema 100% digital y sin sucursales. Por ende, la biometría es
un pilar de su funcionamiento.
Actualmente, la startup
utiliza llaves biológicas para sumar nuevos clientes. "Utilizamos la
biometría para verificar y comprobar que quien está haciendo el trámite de alta
sea la misma persona que el titular", asegura en diálogo con iProUP Juan
Ozcoidi, director ejecutivo de la entidad.
En momentos en que las amenazas digitales
están más activas que nunca, los bancos responden apostando fuerte a las
innovaciones para mantener a raya a los delincuentes, a los que buscan detener
sin policías ni garitas, sino más bien con inteligencia artificial y una alta
dosis de biometría.
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