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Por Miguel Kiguel
- Hay países y regiones que no tienen términos medios. En Minnesota, el
invierno es gélido y cruel y el verano atormenta con sus altas temperaturas. En
promedio están bien, el problema es que están siempre en los extremos.
En la economía argentina pasa algo parecido:
nunca estamos en el punto medio, vivimos al compás de las crisis recurrentes
que nos agotan, aunque a esta altura ya son rutinarias.
Pasamos de un día para otro de la euforia a
la desesperación; de caminar por una tranquila llanura infinita a estar al
borde de un peligroso precipicio. Las realidades y los humores cambian en forma
repentina, al ritmo del dólar, el riesgo país y
la inflación .
No muchos países sufren estas zozobras
extremas; somos tristemente diferentes. Un día parece que la inflación está
controlada y poco después ya se habla de que podemos terminar nuevamente en una
angustiante hiperinflación.
Hay momentos en los que los grandes
inversores están ávidos de comprar deuda argentina, en los que parece que el
financiamiento es ilimitado y llegamos a colocar bonos a 100 años, para luego
ver cómo esos fondos de inversión se desprenden de esos mismos bonos a precios
de remate, el financiamiento desaparece y cunde el gran temor a un nuevo
default.
También son pronunciados los ciclos de
expansión y contracción del nivel de actividad. Pocos países han tenido tantas
recesiones como las que tuvo la Argentina en las últimas décadas y casi ninguno
vio a sus economías sufrir caídas abruptas y prolongadas como las que nuestro
país soportó durante los últimos años del gobierno militar, en la
hiperinflación de fines de esa década o en la crisis de 2001.
Tres grandes depresiones económicas en solo
20 años exceden ampliamente lo que un país y sus habitantes pueden soportar.
Lamentablemente, la historia no parece haber
terminado ahí. Hace ocho años que el país no crece, que no se crea empleo, que
no bajan los niveles de pobreza, que no se domina la inflación. Con estos
indicadores es difícil encontrar razones para creer.
En muchos años electorales vivimos la ilusión
de que la situación económica mejoraba, pero muy pronto despertábamos, salíamos
del ensoñamiento y volvíamos a enfrentar la triste realidad de estancamiento y
chatura económica. Cabe preguntarnos si la conclusión es que al final somos un
país atípico que desafía las leyes y los principios económicos, si podemos a
pesar de todas estas frustraciones y desencantos mantener la esperanza o si,
lamentablemente, somos un país inviable.
Situaciones similares
Este dilema ya lo vivieron otros. Recuerdo un
informe del Banco Mundial de fines de los años 50 que describía un país al que
se veía con desesperanza, que no crecía, que solo producía bienes primarios y
que tenía un nivel de vida comparable con los de los países de más bajos
ingresos, que mantenía elevados déficits fiscales financiados con ayuda externa
y todo indicaba que estaba destinado a seguir así por décadas.
Esa nación era nada menos que Corea del Sur,
que a partir de adoptar políticas económicas saludables llegó a ser hoy una de
las más ricas del sudeste asiático.
¿Puede pasar algo similar con la Argentina?
Por ahora, parece que estamos dominados por la desesperanza. Si bien la
situación es delicada porque la economía está estancada, porque no se crean
puestos de trabajo, por las altas tasas de inflación y por el elevado riesgo
país, no estamos condenados al fracaso. Todo depende de que el país adopte
políticas económicas adecuadas y reglas de juego que ayuden a recobrar la
confianza.
La clave para descifrar qué sendero seguirá
la economía pasa por un intangible: la confianza, que no se podrá recuperar
este año enmarañado por la incertidumbre electoral, pero que puede volver, o
no, dependiendo del resultado.
No parece que vaya a ser fácil para ninguno.
Si es el kirchnerismo, su pasado lo condena por una pesada mochila con
controles de precios que -entre otras cosas- frenaron la inversión; cepo
cambiario; controles arbitrarios a las importaciones y a los movimientos de
capitales; maltrato a los bonistas; estadísticas surrealistas, etcétera.
Pero también, aunque en menor medida, hay
desafíos para Cambiemos porque comenzó con un dream team que
prometió soluciones rápidas a nuestros problemas crónicos de inflación,
crecimiento, déficit fiscal y atraso cambiario, entre otros, y terminó en la
crisis cambiaria de 2018, de la que todavía no nos hemos recuperado.
El gran déficit del gobierno de Macri fue
subestimar la magnitud de los problemas y sobrestimar su capacidad de
resolverlos rápido. Pero el baño de realismo que le dio la crisis le dejó
enseñanzas, que podrá capitalizar si tiene revancha. Sin embargo, hay una gran
diferencia.
El kirchnerismo, si quiere ganar confianza
para que haya crédito y crecimiento, tiene que cambiar su ADN: sin plata es muy
difícil estimular el consumo, subsidiar la energía o aumentar los planes
sociales. Si no cambia, y drásticamente, no generará confianza.
El desafío de Cambiemos es distinto: es
reconocer los errores (principalmente el gradualismo), tener un buen
diagnóstico para frenar la inflación y volver a atraer inversiones, aunque esta
vez no pensando en una "lluvia", sino en conquistar día a día nuevos
proyectos que vengan seducidos por un país que ofrece oportunidades y un
gobierno que con humildad y esfuerzo trabaja para lograrlas.
La Argentina hoy no está al borde de un
precipicio, pero puede estarlo. Tiene capacidad de pago, pero si no recupera la
confianza y el crédito va a ser difícil honrar la deuda. La Argentina no está
encaminada hacia la hiperinflación, pero los errores y los horrores de política
económica nos pueden llevar en esa dirección. La Argentina ha hecho gran parte
del ajuste macroeconómico y logró dejar atrás las restricciones que había para
crecer, pero un nuevo desajuste nos puede llevar a muchos años de estancamiento.
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