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Por Carlos Burgueño - El flamante acuerdo político que firmaron el viernes pasado el
Mercosur y la Unión Europea (UE) puede convertirse en la oportunidad de
crecimiento y cambio más importante y positivo de la estructura productiva del
país desde la entrada en vigencia del bloque que integra con Brasil, Paraguay y
Uruguay en 2001. Para que esto sea posible, Argentina deberá lograr, al menos,
tres reformas básicas que la conviertan en competitiva y que no necesariamente
son responsabilidad de los sectores productivos. El país debe reducir su
presión impositiva en un 20%, avanzando indefectiblemente en la eliminación de
la catarata de tributos distorsivos que atacan el proceso industrial en todas
sus etapas. Tendrá que alcanzar un equilibrio en sus variables macroeconómicas
que logren un dígito de inflación, tasas de interés de nivel internacional,
reducir drásticamente el endeudamiento externo y lograr un crecimiento de la
economía sólido y extendido en el tiempo; aunque no necesariamente a tasas
chinas. Tendrá que resolver también las dos reformas más complicadas para
avanzar en términos políticos: la laboral y la previsional. La clase política
criolla tendrá que pensar seriamente en discutir a nivel agregado, y sin
eufemismos, sus leyes laborales y previsionales. En el primer caso, tendrá que
equipararlas, como mínimo, a las del resto de la región. Y tendrá que poner
especial atención en acuerdos de productividad laboral en los rubros de menor
nivel de competitividad con la UE. No podrá además Argentina continuar con un
nivel de déficit previsional crónico en sus sistema de aportes jubilaciones y
pensiones; ya que en el primer rubro donde deberá trabajar es en la
competitividad de la presión previsional al sector privado.
Para que esto suceda en los próximos cuatro
años (los plazos aproximados que demandará terminar de negociar los contenidos
comerciales del acuerdo y darle cobertura institucional), Argentina deberá
convertirse en ese período de tiempo, en lo que no logró en los últimos 50
años: estabilidad macroeconómica general basada en el apoyo a la producción
privada. Para esto, el país tendrá que lograr una competitividad productiva de
la que no sólo hoy carece, sino que lo convierte en uno de los estados más
vulnerables de la región latinoamericana. Ni hablar si se lo lleva a competir
en las actuales condiciones con potencias productivas mundiales. Argentina
deberá elaborar un acuerdo político y social que convierta el acuerdo entre el
Mercosur y la Unión Europea en una política de Estado. La definición comenzará
a ser responsabilidad del próximo gobierno. Sea la segunda gestión de Mauricio
Macri o una nueva oportunidad para la oposición.
Lo primer condición para que el acuerdo con
entre el Mercosur y la UE se convierta en una positiva oportunidad histórica,
es responsabilidad exclusiva de la clase política. El país deberá reducir en 20
puntos porcentuales su presión impositiva sobre el sector privado, reduciendo
el nivel del 60/70% actual (según el sector que se trate) a un 40/50% máximo.
Estos son los porcentajes que aplica la Unión Europea para sus sectores
privados, sin contabilizar los subsidios directos para rubros como la
producción primaria, precisamente los sectores con los que Argentina deberá
competir.
En no más de dos años y en menos de 10 (según
los plazos que se piensa demandará el acuerdo con la UE para tener formato de
vigencia real), Argentina deberá desmantelar y eyectar de su estructura
impositiva toda su alta gama de tributos distorsivos, como retenciones a las
exportaciones (en todas sus variables), impuesto al cheque, sellos y,
fundamentalmente, el destructivo impuesto a los ingresos brutos. Obviamente
deberá olvidarse de cuajo de cualquier otra aventura económica como los “cepos”
o similares. Para esto la clase política deberá hacer su demasiado demorado
ajuste, y reducir el peso del gasto público sobre el PBI a los niveles de la
UE. Habrá que apurarse. Se trata de una tarea que ya comenzaron hace años
países como Uruguay, Paraguay, Brasil y hasta la bolivariana Bolivia de Evo
Morales. Ni hablar de Chile, que inició un exitoso proceso integrador con el
mundo hace más de 30 años.
Tan importante como lo anterior, es que la clase
política logre lo que viene intentando desde mediados de la década del 70; sin
éxito a la vista. El próximo gobierno deberá lograr una inflación de un dígito,
tasas de interés de no más de uno o dos puntos por encima de la tasa Libor (la
que rige en la UE), capacidad de llegada de las empresas locales a los mercados
financieros internacionales y un nivel de crecimiento quizá austero pero
constante. De lo contrario, cualquier apertura de los mercados locales, aún en
aquellos rubros donde el país es competitivo, será una invitación a su
demolición y destrucción. Pensar en una integración económica (con cualquier
país del mundo en desarrollo) con la foto actual de una inflación de 40%
promedio, tasas de interés de 62,8% anual, recesión crónica desde hace 10 años,
niveles de desempleo y subempleo de 30% y una economía en negro de más de 30%;
es más que una imprudencia. Sería un asesinato a la industria argentina.
Gobierne quien gobierne.
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