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Por Sebastián Senlle - Un mundo sin mercado financiero sería un mundo más injusto y con menor
igualdad de oportunidades. Imaginémoslo por un segundo: en tal mundo, sólo
podría emprender un negocio, invertir en capacitación, comprarse una casa o
hacer un viaje quién ya tuviera los recursos previamente o quién tuviera el
contacto directo de alguien que se los preste. La riqueza sería mucho más
estática, y la movilidad social, una quimera. Aquel que quisiera ahorrar,
adicionalmente, no tendría cómo proteger en el tiempo sus activos ante procesos
inflacionarios.
En la mayoría de los países del mundo, las
finanzas son las que permiten que las personas se compren su casa, cursen una
carrera universitaria sin morir de hambre en el intento, o monten su propio
negocio. Y las que permiten que, aquel que tiene un ingreso superior a su gasto
de hoy, y quiere poder disponer del valor real de ese ahorro mañana, pueda
hacerlo, justamente porque al financiar otros proyectos hoy, permite la
creación del valor necesario para retribuir su ahorro mañana. No hay “economía
real” por un lado y “sector financiero” por otro: hay una simbiosis, donde
difícilmente uno se desarrolle sin el otro.
Un mercado chico
El tamaño del mercado financiero argentino es
insólitamente chico, sea cual sea la medida que se considere. De acuerdo a los
indicadores del Banco Mundial, en el país el crédito al sector privado (a 2017)
representa apenas un 16,1% del PIB (es de esperar que la situación no haya
mejorado, sino incluso empeorado en 2018).
Esto lo ubica a una distancia sideral de la
media mundial (104%) y de los niveles de los países líderes (en EE.UU., por
ejemplo, el crédito privado representa 191% del PIB), pero también en una
posición vergonzante en el plano latinoamericano. Es que en la región, manda
Chile (112,5%), pero la mayoría de los vecinos superan nuestra marca
holgadamente (Brasil, 59,8%, Colombia: 49,4%; Perú, 42,3% y Paraguay, 40,2%,
por citar ejemplos). La cifra es incluso inferior a la media de países de bajos
ingresos, donde recaen el grueso de las naciones africanas: 20,7%.
La capitalización bursátil del mercado local
es la cuarta parte del chileno y significativamente menor al de Perú o
Colombia, pese a superar, en tamaño del PIB, a los tres países.
La educación financiera parece ser un
prerrequisito que no se verifica en Argentina. Sólo el 28% de los adultos están
“financieramente alfabetizados”, es decir que cuentan con conocimientos básicos
de comportamiento financiero como para poder tomar decisiones de ahorro e
inversión, de acuerdo al ranking cross-country que elabora el Global
Financially Literate Center de la Universidad de Washington, midiendo a 150.000
personas en 140 países. La cifra nos coloca a la cola de la región.
“El sistema financiero argentino es
insignificante”, aseveró hace algunos meses el economista Fernando Marengo
(Estudio Arriazu), entrevistado por este diario. En ese momento, señaló como
factor explicativo las sucesivas confiscaciones que sufrieron los ahorristas
argentinos en las últimas décadas, siendo “sistemáticamente estafados con
corralitos, corralones y confiscaciones varias”, la aplicación de políticas que
cercenaron al sector (como la eliminación del sistema previsional de
capitalización, que quitó una vía de ahorro de la población activa), y
fundamentalmente, la persistencia de la inflación.
Una historia de desencuentros
Es llamativo entonces que el argentino medio
tenga una idea asentada sobre la supuesta enormidad y beneficios
extraordinarios del sector financiero, que choca tan de frente con la realidad.
La apuesta del ahorrista por el dólar como
moneda de ahorro tiene lógica considerando la trayectoria de inflación
persistente y volatilidad cambiaria de la moneda local. Pero incluso cuando
elige ahorrar en dólares, resulta irracional que lo haga simplemente en
billetes, cuyo único rendimiento pasa por su apreciación frente al peso.
Para ponerlo más claro: mientras el argentino
medio atesora dólares (en su casa, en cajas de seguridad, fuera del país o en
sus cuentas bancarias) a tasa cero, las empresas y el Estado deben salir a
tomar deuda en el exterior para financiarse, a tasas muy altas (afectadas por
la prima de riesgo que paga cualquier emisor argentino). Un simple “match”
entre ambos lados sería mutuamente beneficioso (a eso apuntan, por ejemplo, las
emisiones locales de Letes, de las que van empezando a participar muchos
minoristas con sus ahorros en dólares). Las fuertes restricciones del sistema
bancario para prestar en dólares implementadas desde la salida de la
convertibilidad aunque han sido útiles desde un punto de vista
macroprudencial, introducen rigideces que inmovilizan buena parte del ahorro
privado en moneda extranjera depositado en cuentas (unos US$ 30.000 millones,
según el BCRA).
Hay esfuerzo, pero falta
El BCRA, como principal entidad del área, ha
hecho esfuerzos considerables desde lo institucional y lo normativo en los
últimos 3 años para modernizarse y acercar las finanzas al público.
Se ha creado la opción del Alias como
alternativa al interminable amontonamiento de dígitos que es el CBU. Se fomentó
la competencia entre bancos al permitir que los clientes puedan realizar plazos
fijos en otra entidad, y con las fintech, al ordenar la movilidad de fondos
desde cuentas “tradicionales” (con CBU) a cuentas virtuales (con CVU), se
apuntó a la educación y la inclusión financiera autorizando la creación de
cuentas gratuitas para menores y las corresponsalías y logró que comiencen a
pulular alternativas a los cajeros automáticos bancarios tradicionales (cash
back en grandes tiendas, ATM privados, etcétera).
Otras agencias gubernamentales han dado pasos
en la misma dirección, entre los que se cuentan la Ley de Mercado de Capitales
y los esfuerzos en materia de compliance para lograr la ansiada reclasificación
como “emergente” en el índice de MSCI.
Aun así, falta mucho. Resulta imprescindible
entender que es imposible mantener un proceso de crecimiento sostenido de
varias décadas, como el que necesita la Argentina, sin un sistema sólido con que
financiarlo, con empresas sin acceso al crédito y dependiendo de su propio
cashflow para invertir. Tal proceso chocaría, más temprano que tarde, contra
una escasez de divisas que acabaría por interrumpirlo.
Un marco regulatorio innovador pero estable (evitando
legislaciones cortoplacistas con efectos dañinos en la confianza de largo
plazo, como los intentos legislativos de modificar las condiciones de créditos
ya otorgados), que incentive el ahorro bancarizado y en moneda local,
instituciones que incentiven la intermediación financiera y el desarrollo de
instrumentos locales que le den profundidad y liquidez al mercado, una apuesta
permanente a la inclusión financiera y a la educación desde el colegio en los
conceptos elementales de finanzas, una moneda sólida a partir de un BCRA
independiente y un Estado fiscalmente equilibrado, son algunos de los
ingredientes que deberá llevar la receta.
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