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Por Daniel Sticco
- Los economistas del Gobierno en general, pero también los profesionales del
sector privado, en particular, coinciden en sostener que un tipo de
cambio de pesos por dólar nominalmente cuasi estable, o con muy poca
volatilidad, amplitud entre las subas y bajas que propone un régimen
de flotación, es clave para anclar las expectativas de inflación, inducir a la
baja real de las tasas de interés, y alentar la reactivación de la actividad
agregada.
Ese fenómeno que se observa prácticamente desde
mediados de abril último, cuando la paridad cambiaria salió del atraso
exagerado del primer trimestre y de la también, al parecer ex
post de la baja de la tasa de referencia de política monetaria, se reflejó con
nitidez en el giro favorable de las expectativas de mercado para el corto
plazo, hacia un sendero de desaceleración de la suba de los precios al
consumidor, y también de la renta que debe ofrecer el Central por las
colocaciones de Leliq y poder cumplir con su plan de congelamiento de la oferta
primaria de dinero, con el consecuente impacto de freno del ciclo recesivo.
Sin embargo, después del violento salto cambiario entre agosto y
septiembre de 2018 que determinó que el tipo de cambio real multilateral
(relación con el valor de las monedas de los principales socios comerciales de
la Argentina) subiera de un rango de 100 puntos, con base mediados de diciembre
de 2015, tras la "normalización del mercado", luego del violento
atraso heredado, a un pico de 135,43 puntos, según la serie del Banco Central,
inició un movimiento descendente hasta 109,24 unidades.
Semejante pérdida de tipo de cambio real, para preocupación de los
exportadores, en particular de materias primas que enfrentan un ciclo de baja
de precios internacional, y alivio para los importadores y para quienes por la
estacionalidad de las vacaciones de invierno planificaron con tiempo hacer
turismo fuera del país, puede ser funcional al objetivo de reducir la
inflación y mejorar las expectativas de corto plazo, pero perjudicial para la
recuperación incipiente de la solvencia externa del país.
Un poco por la recuperación
de las cosechas, y otro tanto por la señalada mejora del tipo de cambio real,
desde septiembre de 2018 el intercambio comercial de la Argentina recuperó el
superávit, al punto de alcanzar en mayo un giro desde un
déficit de USD 1.282 millones un año antes, a un excedente de exportaciones
sobre importaciones de USD 1.373 millones, equivalente a una
proyección a un año de una mejora de más de USD 30.000 millones.
Un fenómeno similar se observó en el resultado de la cuenta corriente de
la balanza de pagos con el resto del mundo en el primer trimestre de 2019: pasó
de un rojo de USD 9.369 millones en los primeros tres meses del año anterior a
un déficit de USD 3.849 millones, acusó un ahorro de USD 5.500 millones,
equivalente a USD 22.000 millones anualizado.
Pero esos logros podrían revertirse muy rápidamente, y volver a generar
temores de atraso cambiario y corrección en pleno momento de las elecciones
generales cuando estacionalmente se pierde el impacto favorable de la
liquidación de exportaciones del campo, y se reaniman las importaciones; con el
consecuente efecto desestabilizante del objetivo de consolidar la
desaceleración de la inflación, y reanimar la actividad económica general.
No hay duda de que con un régimen de flotación cambiaria y objetivos de
desaliento indirecto a la vuelta a la redolarización de carteras por parte de
los sectores que mantienen alguna capacidad de ahorro; y de búsqueda de la
estabilidad de los precios, el
grado de libertad del Banco Central aparece claramente limitado, como quedó
claro en los primeros meses del corriente año.
Pero, al mismo tiempo, esas restricciones son las que han conducido en
el último trimestre a "licuar" el tipo de cambio real, que por un
lado posibilitó un rápido punto de quiebre en el ritmo de alza de los precios y
favorecer el recorte de la caída de los salarios en términos reales, pero por
el otro puede constituirse una nueva amenaza de aumento de la vulnerabilidad
externa.
Es que mientras hasta mayo 2019 la variación acumulada de 12 meses de la
cotización del dólar duplicó a la inflación de ese período, en junio se tornó
negativa en unos seis puntos porcentuales; y de sostenerse esa paridad, en
agosto ese "atraso" nominal será de más de 14 pp: y entre septiembre
y octubre agravarse a un rezago de 40 pp en el primer caso y 21 pp en el
segundo.
Sin duda esa magnitud de contención del tipo de cambio puede derivar en
una nueva corrección por parte del mercado, y echar por tierra los logros
incipientes de desinflación y freno de la recesión.
Carta fuerte, pero no tanto
Una de las cartas en la que parece confiar el Gobierno para poder llegar
a las elecciones con un "súper peso", como prometió el ministro
Nicolás Dujovne semanas atrás a los inversores de Wall Street, es la
maduración de las inversiones en el área energética, en particular en los proyectos
vinculados con la explotación en una muy pequeña área del gran reservorio de
Vaca Muerta, pero que se extiende sostenidamente, porque no sólo
posibilita la sustitución de importaciones, sino también la generación de
exportaciones, y de ese modo sostener la apreciación del peso.
Sin embargo, en un mundo inestable, con un Brasil que no
genera oportunidades de negocios como en el pasado reciente; y
un mercado
interno fuertemente debilitado que aparece como funcional a la desinflación
buscada, dejar apreciar el peso, o, lo que es lo mismo, debilitar el
tipo de cambio real, puede generar mayores costos futuros, que beneficios
presentes, independientemente de quien sea electo en las próximas elecciones.
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