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Por Fernando
Gutiérrez - Lo saben bien los expertos en campañas electorales: hay frases cuyo
significado cambia según quién las diga. Por ejemplo, afirmar "Kicillof es
marxista" no significa lo mismo si lo dice Mauricio Macri o si quien habla es Miguel
Pichetto.
En el primer
caso, se estaría haciendo casi un elogio al candidato opositor que busca
gobernar la provincia de Buenos Aires. Recibir ese tipo de
"acusación" de parte del Presidente no haría más que reforzar la
antinomia "popular versus neoliberal", que el kirchnerismo quiere
esgrimir como eje central de su campaña.
En cambio,
si el que hace la crítica es Pichetto, la cosa cambia. Porque en ese
caso la frase pasa a ser parte de un código entre peronistas. El ahora
candidato oficialista a vicepresidente está hablándoles directamente a los
intendentes del conurbano, a los dirigentes sindicales y a todos los peronistas
del aparato tradicional que quedaron heridos tras el reparto de lugares en las
listas de votación.
Calificar de
"marxista" a Kicillof implica introducir una fisura en la coalición
opositora, porque quien está hablando es un peronista, que le dirige un mensaje
directo a quienes considera sus compañeros.
Y el contenido es claro: es un recordatorio de que eso que los
peronistas de la Provincia van a votar obligados no es peronismo de verdad, es
otra cosa que no tiene nada que ver con la tradición ni la cultura de esa
fuerza política; es la introducción de una fuerza extraña –tanto ideológica
como territorialmente, porque es más porteña que provincial- corporizada en La
Cámpora, que llegará para copar espacios que hoy son de los intendentes y sus
aliados.
Es por eso que, mientras Pichetto hace esa tarea imprescindible para
fomentar la polarización y ayudar a que María Eugenia Vidal potencie el efecto
del "corte de boleta" en la Provincia, Mauricio Macri se puede dedicar a los temas
donde se siente más cómodo.
Lo dejó en
claro en el acto de Parque Norte en el que la coalición Juntos por el Cambio
acordó su estrategia comunicacional. Macri se dedicó a enumerar los logros
de gestión, luego de admitir que era correcta la crítica interna en el sentido
de que el Gobierno no sabía sacar provecho de las realizaciones en términos de
obra pública.
Así,
mientras Pichetto le pegaba a Kicillof por
"marxista" y a Alberto Fernández por apoyar medidas intervencionistas
de la economía y por no condenar explícitamente al régimen venezolano, el
Presidente hablaba de kilómetros de rutas pavimentadas, de miles de personas
que ahora tenían cloacas y de nuevas regiones del país que podía disfrutar la
comunicación 4G.
Alberto Fernández, a la defensiva
La
estrategia viene dando buen resultado. Porque los candidatos opositores están
haciendo exactamente lo que quería el "gurú" Jaime Durán Barba:
salieron a contestar.
De esta
forma, se cumple el objetivo de que la agenda sea marcada por el oficialismo
sin que la oposición –obligada a una posición defensiva- pueda imponer temas de
debate.
Al día
siguiente de los discursos de Macri y Pichetto, Fernández se vio
obligado a aclarar explícitamente que, en caso de ser electo presidente, no
impondrá un "cepo" cambiario al estilo del que rigió entre 2011 y
2015, aunque no aclaró exactamente cuál sería el régimen cambiario de su preferencia,
dado que también criticó el sistema actual y además dijo que se opone a una
flotación limpia, con su consecuente devaluación.
Lo más
concreto que dijo Fernández al respecto fue que "hay que reglamentar la
inversión golondrina". Paradójicamente, el tema cambiario pasa a jugar un
rol parecido que en la campaña del 2015, cuando era el kirchnerismo el que
advertía que en caso de ganar Macri sobrevendría una devaluación.
Además de
esa respuesta, Fernández tuvo problemas
con los periodistas y actuó con evidente malhumor por tener que responder sobre
un tema espinoso para el kirchnerismo: el acuerdo con Irán promovido por
Cristina para terminar con la controversia sobre las responsabilidades en el
atentado terrorista de la Amia.
Y, a pesar
de que han pasado dos meses desde que la exmandataria anunciara la fórmula
Fernández-Fernández, el candidato del Frente de Todos no logra desprenderse de
la sospecha de que, en caso de ganar, no tendrá autonomía para gobernar. Tuvo
que dedicar buena parte del arranque de su campaña a recordar que será él quien
tome las decisiones y que "soy un personaje difícil de manipular porque
soy muy franco".
En definitiva, el candidato no logró instalar temas sobre su eventual
gobierno, y tuvo que dar demasiadas explicaciones para el gusto de sus
seguidores. Tanto que trascendió que hay un duro debate interno en comité
de campaña opositor.
Hay quienes le reclaman que está dedicando demasiado tiempo a alejar
temores de Wall Street y la City porteña en el sentido de que no irá a una
default de la deuda y que mantendrá una política "market friendly",
cuando la urgencia electoral marca que debe enviar más mensaje a los votantes
de a pie.
Le piden,
concretamente, que hable más sobre la necesidad de crear empleo, de mejorar el
salario real y de fomentar el crédito y el consumo.
Pero claro,
no es tan fácil estar en el lugar de Alberto Fernández. Las preguntas del
periodismo suelen ir directo a las contradicciones entre su discurso y la
realidad de los nombres que figuran en las listas del Frente de Todos. Por
ejemplo, cuando habla sobre su rechazo al "cepo", le preguntan sobre
si Axel Kicillof comparte esa crítica o si sigue pensando que era el sistema adecuado.
Difícil imponer temas para quien debe dedicar la mayor parte de su
tiempo a dar explicaciones.
También
Kicillof entró en el juego que propuso el macrismo. Ante los embates –además
del mote de "comunista" que le endilgó Pichetto, también hubo una insinuación por
parte de Vidal en el sentido de que será manipulado por Máximo Kirchner y La
Cámpora-, el candidato a gobernador respondió con argumentos que habrán
generado el festejo de Durán Barba.
"Desde
el punto de vista económico son neoliberales. En la Argentina, este es el
mismo proyecto que Cavallo y que Martínez de Hoz. Baja de salarios,
tarifazo, apertura importadora, tasas de interés muy altas… Ese combo es el
mismo en esas experiencias, yo los llamo neoliberales", contestó Kicillof,
luego de desmentir que haya estado afiliado a algún partido marxista.
Pero hay una diferencia sustancial entre la acusación de Pichetto y la
de Kicillof: cuando el candidato a gobernador dice que Macri y Vidal son neoliberales, sólo
logra el aplauso del núcleo duro de la militancia kirchnerista, mientras que el
argumento resulta poco permeable para el resto del electorado, que –como han demostrado
los encuestadores con cifras contundentes- se muestra indiferente al debate
ideológico.
Un efecto muy distinto al que se genera cuando Pichetto acusa de marxista a
Kicillof, porque en ese caso el argumento está dirigido a esmerilar la propia
base de apoyo peronista.
Macri empuja a Moyano hacia el rincón
de Fernández
Kicillof, a
diferencia de Fernández, ha sido más activo en cuanto a desarrollar temas de la
agenda de gobierno. Con su reconocida elocuencia argumentativa, habló sobre el
endeudamiento de la Provincia y sobre el deterioro en la calidad de vida de los
ciudadanos.
Pero también
en ese terreno discursivo hay riesgos. La estrategia del búnker macrista se
puso de inmediato en evidencia cuando Hernán Lacunza, ministro de economía de
Vidal, contestó con cifras lapidarias desde su cuenta de Twitter.
Según Lacunza, el endeudamiento provincial se podría haber evitado si
durante los años en que Kicillof fue ministro de Economía, se hubiese corregido
la distorsión que perjudicó a los bonaerenses en el reparto del Fondo de
Reparación Histórica del conurbano.
"Con
Cristina y Kicillof como ministro de Economía nacional, los fondos
coparticipables llegaron a su mínimo histórico en 2015 (18,8%) y con Macri y Vidal recuperaron desde 2019,
por ley y para siempre, todo lo perdido en 12 años de kirchnerismo",
sostuvo.
Y agregó que
si en el gobierno anterior se hubieran devuelto esos fondos a Buenos Aires,
"hoy la deuda provincial que tanto le preocupa sería cero y habría
u$s11.000 millones adicionales para hacer obras, el doble de lo que invirtió
Daniel Scioli en ocho años".
La
estrategia del macrismo es clara: una postura agresiva dispuesta a no dejar
pasar ni un flanco débil vinculado con la década de la gestión kirchnerista.
Hablar poco de Alberto Fernández y mucho de Cristina
Kirchner.
Y se le
agrega un ingrediente por el que Macri muestra una especial
preferencia: fustigar públicamente a dirigentes sindicales como Hugo Moyano y
Sergio Palazzo.
Macri se cuida bien de elegir nombres
a la hora de criticar: no castiga a Héctor Daer, principal referente de la CGT
dialoguista, ni a dirigentes que han firmado convenios que quiere mostrar como
modelo, tal el caso de los petroleros de Vaca Muerta.
En cambio, plantea la antinomia con aquellos que están sospechados de
corrupción o que asuman posturas reñidas con la modernidad y el cambio
tecnológico. Así, plantea que Moyano "le quita trabajo a la sociedad"
al entorpecer las mejoras logísticas o que Palazzo va a contramano del mundo
por querer asimilar como bancarios a los empleados de Mercado Libre.
Pero el objetivo principal, naturalmente, es pegarle por elevación al
kirchnerismo. Mediante esas críticas, quiere obligar a Fernández a asumir una
postura en ese debate. Y para los opositores, la defensa de Moyano es incómoda.
Con los
números de las encuestas en la mano, el Gobierno –y también el kirchnerismo-
sabe que que Moyano y sus aliados son los personajes más desprestigiados del
país y que pocas cosas son más "piantavotos" que recibir su apoyo
político.
La campaña es larga y promete ser dura.
Por ahora, la estrategia de Durán Barba -a fin de cuentas, una reformulación de
la vieja "grieta"- da señales de estar resultando.
Los sondeos
indican que la ventaja opositora se redujo sensiblemente, al punto de que hoy
existiría un empate técnico. Resta ver si, tras la reunión de Alberto con
Cristina, habrá un viraje en el discurso opositor.
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