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Por Aldo
Abram - Es cierto que el tipo de cambio estuvo bajando en las
últimas semanas y algunos dirán que es una apreciación del peso o “atraso
cambiario” para “anclar la inflación”. Sin embargo, ¿cuál es la
moneda que se está moviendo? Tanto el dólar como el peso tienen sus propios
mercados donde se determinan sus precios independientemente y el tipo de cambio
sólo refleja la relación entre sus valores.
La realidad es que
la moneda estadounidense ha perdido alrededor del 10% de su valor desde el 2 de
mayo al 12 de julio por la expectativa de que la Reserva Federal va a relajar
la política monetaria. Esto no se reflejó plenamente en el tipo de cambio local
porque el peso se depreció alrededor de un 3%. Algo lógico si pensamos en
la alta incertidumbre electoral que está afectando negativamente su demanda.
Entonces, ¿de qué atraso cambiario estamos hablando? El problema es que se
confunde abaratamiento del dólar con encarecimiento del peso.
Es cierto que las
medidas que tomó el BCRA a
fines de abril implicaron decirle a la gente que tenían disposición a defender
el valor del peso ante una caída de su valor. También un dólar tranquilo mejora
las expectativas electorales del Gobierno que, además, generó alguna sorpresa
positiva con la incorporación del senador Pichetto en la fórmula presidencial.
Es decir, se alinearon los planetas y evitaron, hasta ahora, que el escenario
preelectoral gestara una corrida contra el peso y un derrumbe de su valor; pero
eso es bueno para la Argentina y no malo, como parecen opinan los adoradores
del “atraso cambiario”.
Habiendo analizado
el tema desde el mercado del dólar, podemos evaluarlo desde el lado del peso.
Cuando una moneda se aprecia o deprecia (como vemos hoy con el dólar), esa
variación se ve reflejada inmediatamente en los mercados cambiarios; porque son
sumamente líquidos, especulativos y grandes. Cuando pierde valor lo que se
observa es que sube el tipo de cambio local, que en 2018 se duplicó al
depreciarse nuestra moneda alrededor de un 50%. Ojo, que este resultado pudo no
haber sido tan evidente ya que el dólar podría haber tenido una gran variación
de su valor el año pasado, pero sólo se apreció un par de puntos porcentuales.
Lo siguiente que
lógicamente refleja la depreciación del peso son todos los bienes que se pueden
exportar rápidamente. ¿Por qué van a vender más barato acá de lo que pueden
hacerlo afuera? Por lo tanto, pedirán que se les pague el nuevo tipo de cambio.
Lo mismo harán los que producen otros bienes que se puedan colocarse en el
exterior, en la medida que logren gestionar mayores exportaciones, o los que
traen productos de afuera. Por eso, a lo largo del año pasado se observó un rápido
incremento del Índice de Precios Mayoristas, principalmente compuesto por
bienes.
No es raro que
alcanzara el máximo interanual en octubre (75,6%), cuando justamente a fines de
septiembre se lanza el nuevo programa monetario y el peso gana en estabilidad.
Tampoco es extraño que se exacerbara nuevamente con la depreciación de nuestra
moneda de los meses de febrero-marzo-abril, que rondó el 17%. Desde entonces,
la tendencia a la baja de su valor ha sido moderada, lo cual se está
traduciendo en menores presiones actuales sobre los precios de los bienes.
En tanto, lo último
que refleja el achicamiento de la unidad de cuenta son los servicios. Esto
tiene cierta lógica, los bienes que ya subieron son casi todos de primera
necesidad, lo cual deja poco margen de ingreso en la gente para gastar en lo
que no es no es imprescindible y es allí donde se recorta.
El Indice de
Precios al Consumidor tiene una canasta compuesta mayormente por servicios, por
lo que no extraña que solamente subiera el 47,65% durante 2018 y siguiera
haciéndolo con fuerza a principios de este año. Si bien esta alza se pudo haber
empezado a desacelerar fuerte a partir de marzo, no lo hizo como era esperable
debido a la comentada depreciación del peso de febrero-abril. Ésta le sumó
nuevas presiones de precios sobre los bienes y, en algún momento en el corto
plazo, lo hará en los servicios. Por suerte, la moderada tendencia a la baja
que tuvo nuestra moneda desde entonces permitirá que la inflación vaya
perdiendo fuerza, si es que se mantiene la actual tendencia. En tanto, el
segundo semestre dependerá de lo que pase con la incertidumbre electoral. Si es
tenue, también lo será el crecimiento de la salida de ahorros al exterior y, si
es alta, crecerá muy fuerte la fuga de capitales, afectando negativamente la
demanda y el valor del peso.
Volviendo al atraso
cambiario, no puede haber atraso cambiario en un mercado libre de cambio. Sí
puede haber un dólar local más barato o más caro dependiendo de que: a) baje
o suba en el mundo; o b) haya una mayor o menor oferta y demanda
local de divisas, ya sea por fuga o ingreso de capitales. Un ejemplo fue la
baja local del valor de las monedas extranjeras por el fuerte incremento de su
llegada debido al endeudamiento del sector público local de los primeros dos
años de esta gestión. Esto no se debió a que nuestra moneda se apreciaba. Al
contrario, se depreciaba y por eso la alta inflación. En realidad fue por un
exceso de gasto público impagable por los argentinos que no se quiso bajar con
la rapidez necesaria. Entonces, deberíamos aprender a que los problemas hay que
resolverlos en donde están y no pretender licuarlos desde el BCRA empobreciendo
a los argentinos. Así nos va.
(*) Por el Lic.
Aldo M. Abram, economista y director de “Libertad y Progreso”
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