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Por Carlos Burgueño - Alberto Fernández habló
el domingo sobre su plan de desmantelar rápidamente el circuito de las Letras
de Liquidez (Leliq) y desató uno de los debates más
importantes de la deslucida y agobiantemente insulsa campaña electoral: qué tan
imprescindibles son los actuales tipos de interés para sostener la pax
cambiaria, cuánto tiempo más pueden mantenerse y, fundamentalmente, qué
alternativas serias y prudentes hay para poder salir de la trampa financiera a
la que está sometida la Argentina. El candidato por Frente de Todos dijo
concretamente que durante un eventual Gobierno propio “vamos a dejar de
pagar los intereses de las Leliq que la Argentina está pagando todos los días”. Luego,
al comentar sobre el rol de las Leliq como contenedor del tipo de cambio,
declaró que “el dólar se fue. Ellos lo saben. Este no es el precio del
dólar. Nos están haciendo perder por todos lados: nos hacen vivir con un dólar
barato, que se fuga permanentemente de la Argentina, y a cambio pagamos tasas
exorbitantes que impiden el desarrollo argentino. Ellos lo saben. Lo único que
tenemos que hacer es decir la verdad, sincerar lo que está pasando”. La
frase, sin mayores precisiones técnicas sobre cómo se implementaría ese
desmantelamiento del instrumento en debate, y sin explicaciones sobre las
consecuencias de hacerlo a modo de shock, generó rápidamente una fuerte
polémica entre los economistas primero, la clase política después y, más tarde,
el público en general.

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Habrá que decir primero que, por segunda vez
en menos de 5 días, Alberto Fernández logró introducir en el debate político
(en medio de una campaña opositora que parece pensada y guionada por Jaime
Durán Barba), un problema financiero grave, de cuya solución dependerá el éxito
de la gestión que suceda a la actual de Mauricio Macri. Fernández lo había
hecho de manera más directa y certera el lunes pasado, al plantear la herencia
que la próxima gestión recibirá en cuanto al porcentaje sobre el PBI del
déficit financiero. Recibió como contraataque del oficialismo el recuerdo del
dato de déficit fiscal de la gestión de Cristina de Kirchner; demostrando el
kirchnerismo y el macrismo que ambos fueron y serán igual de ineficientes en
cuanto al manejo del equilibrio siempre imprescindible entre ingresos y gastos.
Más allá del resultado del debate (probablemente un triste empate), Fernández
logró pegar donde duele. Quizá por primera vez en campaña.
El domingo intentó un segundo ataque al
oficialismo en términos económicos, adelantando que tiene en la mira una
reducción drástica de las tasas que se pagan por las Leliq, asumiendo
inmediatamente después que el dólar (contenido por esos intereses) está
atrasado. A continuación, agregó que el dinero que se ahorrará el Estado por la
reducción de ese costo se destinará a la mejora de los pagos de los jubilados.
Al no haber explicado con más detalles en qué consiste técnicamente su
propuesta, y sin aclarar si se trataba o no de una opinión o de una idea “de
campaña”, el concepto que quedó de la declaración de principios del candidato.
La propuesta sería algo así: se bajarían rápidamente las tasas de interés de
las Leliq, liberando, en parte, el tipo de cambio para que suba el dólar. Si
bien Fernández nunca habló de default, sino de dejar de pagar tasas de Leliq
tan altas, también es cierto que no aclaró si el movimiento se complemetaría, o
no, con otras medidas de controles financieros. El resultado negativo de la
interpretación de los agentes económicos y financieros fue así inevitable.
Horas más tarde, fue una de las voces
más sensatas del bloque opositor el que explicó a qué se refería Alberto
Fernández. Guillermo Nielsen dijo que “nadie va a usar Leliq para financiar el
gasto público; las Leliq son instrumentos de intervención monetaria y
necesitamos lograr que la intervención monetaria sea a tasas más bajas que las
actuales”. Criticó al actual Gobierno al estar “usando el atraso cambiario
para propiciar el carry trade y porque está jugando en un
terreno estrictamente electoral con los dólares de fondo”.
Otro de los asesores del candidato, Arnaldo
Bocco, dijo que las declaraciones de Fernández parten del supuesto de que la
masa total de Leliq que hay supera el billón de pesos y paga una tasa del 70%.
Las tasas de interés vuelan y se convierten en un atractivo impresionante para
la bicicleta financiera”. Para el director del Departamento de Economía y del
Observatorio de la Deuda Externa, el precandidato de Frente de Todos “nunca
habló de defaultear”, sino de “bajar la tasa”. También hubo aclaraciones de disciplinamiento
del director gerente para el Hemisferio Occidental del FMI, Alejandro
Werner, que aseguró que “las tasas de interés reales deberán permanecer en
niveles más altos por más tiempo”.
Lo importante del planteo de Alberto
Fernández es haber puesto en foco el debate de uno de los nudos más importantes
de la economía argentina que heredará el próximo Gobierno. Para comprender la
magnitud del problema, vale mencionar algunos datos sobre el fenómeno Leliq.
Surgidos en la gestión de Luis Caputo en el Banco Central (103 días entre el 14
de junio al 15 de septiembre de 2018), fueron ideadas como mecanismo para
desmantelar la bomba de tiempo de las Lebac. Durante su gestión el dólar se
movió de los $28,40 a 38,88 pesos, aplicando una política de tasas de 40% en
promedio. A la salida de Caputo, las Leliq adquirieron una importancia clave,
al convertirse en el instrumento fundamental de la nueva gestión de Guido
Sandleris como mecanismo de contención del mercado cambiario. En un plan
negociado directamente con el FMI, comenzó en septiembre de 2018 a acelerarse
el nivel de las tasas, hasta llegar a porcentajes extravagantes. El récord de
las tasas llegó el 2 de mayo pasado, cuando treparon al 74,07%. Un día antes,
el Gobierno anunciaba el nuevo acuerdo con el FMI, por el cual podría utilizar
dólares del stand by para intervenir en el mercado cambiario y, en
consecuencia, manejar el precio del dólar de cara a las PASO del 11 de agosto;
logrando una pax cambiaria que, a los tumbos, se mantiene hasta hoy.
La consecuencia de esta política monetaria en
la economía real es inevitable. Estas tasas que logran el cetro de las más
altas del mundo impiden cualquier tipo de reactivación de la economía, haciendo
desaparecer cualquier tipo de atisbo de crédito en el país. Tanto para las
grandes empresas como para las pymes. Para los préstamos hipotecarios,
prendarios y para el consumo. Para los descuentos de cheques o en el ámbito de
las transacciones de pagarés o facturas de crédito. En síntesis, Argentina es
desde hace 11 meses un país que se mueve sin financiamiento serio y lógico,
dejando a sus ciudadanos y empresas a la deriva en una recesión que quizá ya
llegó a su piso, pero que tiene pronóstico de resolución reservado.
Los números hablan solos. El stock de Leliq
se encuentra en 1,2 billones de pesos. Representa el 40% de las reservas y el
85% de la base monetaria. En los últimos 12 meses el stock aumentó un 584%, con
colocaciones actuales al 59% anual en promedio, y sin proyecciones cercanas de
una evolución descendente lo suficientemente sólida como para que anticipe algo
parecido del renacimiento del crédito en el país.
Ante el panorama, hay consenso entre los
economistas de que las opciones de salida del problema son pocas. En la
primera, en modo optimista y a medida que baje la inflación y haya una
recuperación leve en la demanda de dinero para sostener el mercado local (sin
fuga de divisas), el BCRA podría ir desmantelando el esquema paulatinamente. El
resto de las opciones, todas, incluyen medidas temerarias y peligrosas. Una
opción podría ser canjear la masa de Leliq por bonos del Estado que reemplacen
Letras intransferibles. Su aplicación debería ir acompañada de un plan de apoyo
a los bancos que no puedan soportar la falta de liquidez. Una tercera opción
sería cubrir el desmantelamiento con emisión monetaria, dejando correr el tipo
de cambio para luego vender reservas a un nivel superior del dólar para
liquidar las Leliq. Se podría además pensar en esquemas dolarizadores, hoy
propuesta sin apoyo popular. Finalmente quedan las medidas cuasi suicidas:
default, plan Bonex, cepos o similares ya aplicados en la triste historia de la
economía criolla. Cualquiera de estas últimas opciones arrojaría al país al
ostracismo financiero mundial por décadas.
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