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Por Daniel Sticco - La
consolidación del stock de las Letras de Liquidez del Banco Central, Leliq en
la jerga del mercado de dinero, por arriba del billón de pesos ($1.223.693
millones al cierre de ayer) con un costo en términos de pago de intereses cada
7 días, a un ritmo de alrededor de poco más de $14.000 millones por semana, ha
hecho que formara parte de las preocupaciones de muchos economistas sobre
sus efectos a futuro; pero adquirió mayor entidad cuando el precandidato a
presidente por el Frente de Todos, Alberto
Fernández, dijo que si gana las elecciones dejará de pagar los intereses
de 10 días (se asume hábiles) de las Leliq para aumentar un 20% las
jubilaciones.
Más aún cuando la
estadística dura permite observar que el stock de las Leliq ya representa el
40% de las reservas en divisas del Banco Central, tras haber colocado ayer unos
$276.000 millones, neto de intereses, frente a vencimientos por $230.000
millones. Emitió en términos netos otros $46.000 millones.
Claramente, una
tasa de interés del 60% anual a 7 días, equivalente a 1,51% por semana, no
parece sostenible en el tiempo, como tampoco un ritmo inflacionario de ese
calibre como se aproximó en junio. Por eso la política que adoptó el Gobierno
desde octubre de 2018 cuando abandonó el gradualismo y, bajo el paraguas de la
asistencia financiera del FMI para poder hacer frente al pago
de los vencimientos de deuda pública, puso en práctica sendas políticas
restrictivas en lo fiscal y monetario.
De ahí que no es casual
que recién a los 8 meses aparecieran las primeras señales de baja de la tasa de
suba del Índice de Precios al Consumidor, y más aún de las expectativas de
las familias, porque está demostrado en gran parte del planeta que los efectos
de esas políticas maduran entre 9 y hasta 24 meses.
En la historia
económica moderna de la Argentina han sido repetidos los episodios de
cuestionamientos de la política, pero también de parte de muchos economistas,
sobre los instrumentos que fue usando el Banco Central para enfrentar el
principal problema de la economía: la cultura de la alta inflación, que ha
derivado desde hace más de 50 años en la fortaleza de un régimen bimonetario de
hecho: se generan
ingresos en pesos, pero se ahorra en dólares.
La causa madre de
ese fenómeno, que muchos quieren sostener y potenciar con políticas
discrecionales, es justamente la resistencia
de parte de la dirigencia política a las medidas que han probado ser las
necesarias, aunque no suficientes, para conducir a la estabilidad de los
precios, clave para comenzar a recrear la cultura de la demanda de
dinero primario, para tranaacciones, y del ahorro en la moneda nacional, y a
partir de ahí el crédito, la inversión, el empleo y el crecimiento sustentable
de la economía en su conjunto.
De lo contrario se
va en camino, como ha ocurrido repetidamente desde los años 70, a nuevas
confiscaciones de los depósitos, bajo diversas formas, desde la licuación a
través de generar inflación con emisión monetaria; el desagio; la
transformación de colocaciones privadas a más de 7 días en bonos públicos a 10
años de plazo y 3 de gracia para la amortización parcial, y más recientemente
la expropiación del ahorro en fondos de pensiones, y la conversión a pesos a
una paridad irreal de depósitos en dólares.
El desvío de 10
días de intereses de las Leliq comprometido por el BCRA con las entidades, como
se propone, luce como una forma prenunciada de nueva consficacióndel ahorro
privado, y volvería a
alterar las reglas de juego y a debilitar la ya mínima confianza de los
potenciales inversores del resto del mundo en la economía productiva,
excepto los sector con singular perspectiva en mediano y largo plazo.
Opciones de política monetaria
Encajes
bancarios: es el instrumento por excelencia para absorber de una vez
elevados bolsones de liquidez del sistema, como se define de manera
simplificada el excesos de pesos en las entidades financieras porque el mercado
no absorbe la totalidad de la capacidad prestable que genera la captación del
ahorro. Si no es remunerado, el efecto sobre el costo del crédito es
proporcionalmente más alto cuanto más alto es la indisponibilidad de los
depósitos, y más baja la renta que se le ofrecerá al ahorrista. Si se le
paga a los bancos una tasa de interés por el período de inmovilización
posibilita mantener un tipo de interés más accesible para el crédito a empresas
y familias, pero con un costo para la autoridad monetaria similar al de las
precedentes Lebac, o las actuales Leliq, aunque claramente menos visible.
Dolarización: como
se hizo a comienzos de los 90 con el plan de Convertibilidad que posibilitó
superar rápidamente salir de la hiperinflación y en menos de un año consolidar
un ciclo de estabilidad que fue capaz de superar los efectos de la crisis del
Tequila entre fines de 1994 y mediados de 1995, manteniendo la convivencia con
el peso, pero ahora sin caer en un régimen de paridad fija.
Fracasó porque la
política se negó a avanzar con las denominadas reformas de tercera generación,
como se denomina a la tributaria, la laboral, previsional y del Estado, para
tornar una economía atrasada y de muy baja productividad y competitividad, en
una acorde con su potencial de recursos humanos y productivos, como hicieron
gran parte de los países de la región, de modo de poder recrear la confianza
plena en el peso a través de la búsqueda de la solvencia fiscal con menores
impuestos y también la externa, con mayor apertura al exterior.
Devaluación: una
de la más clásica y también fracasada. Si se mantiene el régimen de tipo de
cambio libre y flotante, se puede impulsar la suba de la paridad entre el peso
y la divisa de los EEUU por parte del mercado, con una drástica baja de las
tasas de interés a los ahorristas. El resultado inmediato es la
aceleración de la inflación, caída de los ingresos reales, mayor pobreza, y
aumento contable de la relación deuda externa pública sobre el PBI.
Operaciones de
mercado abierto: es la que mantiene en práctica la autoridad monetaria con
las licitaciones diarias de las Letras de Liquidez, aunque de modo parcial,
porque está limitada a los bancos, y no a la totalidad del sistema financiero,
como era el caso de las denominadas Letras del Banco Central, Lebac, en la que
también podían participar empresas y particulares con ingresos en blanco.
Es un instrumento
recomendado en tiempos de estabilidad de precios y de cambios transitorios en
la liquidez del mercado. Últimamente se lo utiliza como casi única
herramienta de regulación monetaria simplemente porque ha perdido grados
de libertad para hacer otra cosa, pero considera que puede contribuir a cambiar
la historia si es acompañada por una política fiscal restrictiva y cuidado de
un tipo de cambio real competitivo para los exportadores.
Costos presentes y beneficios a mediano
plazo
Claramente,
provocar un cambio de la cultura inflacionaria y del bimonetarismo no es
sencillo, pero se ha demostrado en diversos países que fue posible, no sólo de
Europa y Asia, sino también de la región, aunque en años, no en 1 o 2, que es
lo máximo que parece tolerar la paciencia de muchos argentinos y políticos,
como una vez se manifiesta en las propuestas de muchos candidatos de la
oposición de un replanteo del acuerdo con el FMI a menos de un año de su
revisión fundamental.
Entre los
los costos de la transición se destacan las altas tasas reales de interés
como mecanismo para comenzar a seducir a los ahorristas en pesos a impulsar las
colocaciones a plazo en el sistema bancario, porque la contrapartida es la
destrucción del mercado de crédito y sus efectos contra la sostenibilidad de
las pymes y el empleo; y la postergación del siempre promovido pero pocas veces
alcanzado crecimiento del crédito hipotecario, y consecuentemente, la recesión
inicial.
De ahí que entre
las inusuales características que muestra la Argentina es que la población
compra a crédito en el supermercado y los bienes de consumo semidurable, como
textiles e indumentaria y calzado, pero los que tienen alguna capacidad de
ahorro compran el auto y la vivienda al contado.
Pero entre los
beneficios se destaca que la recreación de la cultura del ahorro en pesos
es clave para debilitar las presiones inflacionarias y la tendencia a la
dolarización, y a partir de ahí comenzar a recuperar los mercados de crédito
que necesita no sólo contar con una singular disminución de las tasas reales de
interés, sino también las nominales, que son las que se miran a diario en las
economías con tasas de inflación de un dígito bajo.
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