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Por Aldo
Abram - Si el tipo de cambio estuviera rondando los $50, ¿estaríamos
hablando de retraso cambiario? No lo creo. Pues, más o menos ese sería el valor
local del dólar si éste no hubiera caído como lo hizo desde principio de mayo
en el mundo, más de un 10%, y si el peso se hubiera depreciado como lo hizo en
ese mismo período. Porque la realidad es que nuestra moneda no ha estado
ganando valor desde entonces, lo ha estado perdiendo; aunque menos rápidamente
que la estadounidense.
Esto ha pasado a
pesar de que el Banco Central (BCRA)
se ha cuidado de emitir pesos; pero su demanda ha estado bajando, y con ella su
valor, debido a la incertidumbre electoral. La misma incrementa la salida de
ahorros de argentinos y extranjeros; aunque lo ha hecho menos de lo que sería
esperable a esta altura del período previo a los comicios.
Uno de los factores
fundamentales para esta mayor calma cambiaria, ha sido que la Reserva
Federal pasara de planear restringir la cantidad de emisión de dólares como se
esperaba a inicios de año, subiendo las tasas de interés, a anunciar
que las bajará aumentando la oferta monetaria, como empezó a entreverse hace un
trimestre. Más producción de dólares implica que se reducirá su valor y es lo
que viene adelantando el mercado.
Los argentinos
tenemos ilusión cambiaria. Cuando el dólar sube, nos asustamos porque intuimos que los
pesos que atesoramos o vamos a cobrar de sueldo están perdiendo poder
adquisitivo; lo cual la gran mayoría de las veces es verdad. Sin embargo, no
siempre es así, a veces sucede porque sube el dólar en el mundo y, aunque el
peso esté estable, el alza igual genera temor; porque la gente no hila tan
fino. En estos casos puede ser conveniente que el BCRA intervenga, a pesar de
lo que dicen los libros, para evitar que el miedo se expanda y la gente deje de
demandar peso, depreciándolo y gestando futura inflación.
La ilusión
cambiaria también funciona a la inversa. Si el tipo de cambio baja, los
argentinos nos sentimos más tranquilos manteniendo nuestra moneda; porque
asumimos que no está perdiendo poder adquisitivo. Aunque puede estar pasando,
como en los últimos tres meses, que en realidad sólo esté cayendo su valor
menos de lo que lo hace el de la divisa estadounidense. Esa calma es vital para
que no se incentive una huida del dinero argentino. Como planteamos
antes, si el dólar hubiera mantenido su valor de principios de mayo y el
peso se hubiera depreciado lo que se depreció, la suba del tipo de cambio lo
hubiera llevado a rondar los $50, cerca del techo de la banda cambiaria y la
“sensación térmica electoral” no hubiera sido la misma.
Las razones de un
dólar barato
Otra razón por la
que el dólar puede estar barato en Argentina tiene que ver con
el aumento del ingreso de capitales o la reversión y atenuación de la
salida de ahorros del país. Es decir por aumentos de la oferta interna o la
disminución de la demanda neta de divisas. Valga como ejemplo lo sucedido en
los dos primeros años de este gobierno, cuando para mantener un excesivo gasto
público se endeudó en el exterior e inundó de moneda extranjera el mercado
argentino. Obviamente, eso tendió a abaratar el dólar y, dado los reclamos, al
principio el Banco Central compró esas divisas con emisión para sostener el
tipo de cambio, depreciando el peso y generando inflación. Luego, lo hizo
endeudándose carísimo con Lebac, con el conocido desastroso resultado que
vivimos en 2018.
En 2016 y 2017 el
peso no se apreció como algunos parecen señalar, al contrario, perdió valor. A
finales del primer año había bajado más de un 20% respecto del día de
la salida del cepo y, para fines del segundo año, había caído
alrededor de otro 25% adicional. No es casualidad que la inflación se
resistiera a bajar durante esos años en los que el BCRA estuvo emitiendo a
tasas de no menos del 25% interanual e, incluso, de más del 40% interanual en
algunos meses.
O empezamos a
entender que el tipo de cambio es una relación entre dos monedas con mercados
distintos y que, por ende, sus valores evolucionan independientemente o
seguiremos demandando al Banco Central que resuelva las bajas del valor del
dólar depreciando el peso. Así solamente se genera futura subas de precios
domésticos empobreciendo a la gente y un coyuntural encarecimiento del dólar en
el mercado local debido a la huida de ahorros al exterior; por la mayor
incertidumbre y desincentivo a quedarse en activos locales que esto genera.
Si esta forma de
pensar de algunos economistas, empresarios y políticos locales no cambia, creo
que la única solución para que los argentinos tengan alguna vez una moneda que
no los empobrezca continuamente, es una dolarización. Cuando la moneda
estadounidense baje en el mundo, ¿se hablará de atraso cambiario? ¿Le pedirán a
la Reserva Federal que la haga subir? O, cuando los ahorros que huyeron de la
Argentina vuelvan y la moneda estadounidense pierda poder adquisitivo en
nuestro país, ¿le reclamarán a la Reserva Federal que lo resuelva?
Las respuestas a
las preguntas anteriores dejan claro que, si en la Argentina hay problemas de
“dólar barato”, no es por culpa del Banco Central ni éste los debe resolver
empobreciendo a los argentinos. En todo caso, es por mantener un Estado
gigantesco y un déficit fiscal imposible de financiar en el tiempo. Por un
elevado “costo argentino” que deriva de la insufrible presión tributaria necesaria
para sustentarlo. Una legislación laboral arcaica incapaz de generar empleo
productivo en el SXXI. Si se toma cualquier año de los últimos 20, más del 40%
o, incluso, del 50% de los argentinos estaba sin trabajo, o tenía uno informal,
o un seguro de desempleo disfrazado de un puesto en el sector público o plan
asistencial. Por último, por una innecesaria, inservible y kafkiana red de
regulaciones que ahogan al sector productivo, en particular potenciales
emprendedores y pymes.
Por eso, todavía
pienso que se puede tener un peso sano, si entendemos que los problemas que
tiene la Argentina hay que resolverlos donde están, encarando las reformas
estructurales pendientes y dejando que el BCRA priorice mantener el valor de la
moneda de todos los argentinos.
(*) Economista y
director de la Fundación “Libertad y Progreso”
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