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Por Joaquín
Morales Solá - Dos hombres que se preparaban para el retiro
lograron, sin proponérselo, una importante reconfiguración del sistema de
partidos. Alberto Fernández yMiguel Ángel Pichetto tienen
escaso carisma, nunca fueron candidatos nacionales (aunque Pichetto fue durante
décadas legislador nacional) y no representan cabalmente la identidad de los
lugares donde están ahora. Ni Fernández es un cristinista o un camporista ni
Pichetto es una versión de Pro o del antiguo Cambiemos. De hecho, Cambiemos
debió modificar su nombre por Juntos por el Cambio para dar cabida a Pichetto.
Alberto Fernández
solía diferenciar, hasta su reconciliación con Cristina Kirchner, entre
el kirchnerismo y el cristinismo. Él era un kirchnerista, no un cristinista.
Los dos hicieron
contribuciones importantes a las alianzas que disputarán hoy la primera ronda
de las elecciones presidenciales. Sergio Massa entró al
cristinismo por la puerta que le abrió Alberto; le habría sido muy difícil
ingresar por el pequeño resquicio que le hubiera permitido Cristina. No
obstante, Massa le prendió fuego, con Alberto o con Cristina, a su carrera
política. Si bien Cristina tiene los votos, Alberto Fernández le acercó también
a los gobernadores peronistas, a esos mismos mandatarios que en los primeros
dos años de Macri decían públicamente que la expresidenta
pertenecía a un pasado que no volvería. La única excepción fue Juan Schiaretti.
El gobernador de Córdoba decía de Cristina lo mismo que dice ahora, y contra
esas convicciones no pudo ninguna de las muchas gestiones que hizo Alberto.
Pichetto le aporta a Macri más previsibilidad que votos, aunque el senador
lidera una corriente interna de peronistas. Nunca los inquietos mercados estuvieron
tan seguros de la continuidad de Macri (y de cómo sería la gobernabilidad en un
segundo mandato del Presidente) como en el momento en que se supo que Pichetto
sería candidato vicepresidencial. Un negociador experimentado, un interlocutor
asiduo de los gobernadores, un viejo constructor de mayorías parlamentarias, un
político respetado por empresarios y sindicatos secundaría a Macri. El
Presidente es la garantía de muchas cosas, una novedad inesperada de la
política argentina, pero es también el líder de una coalición nueva y, a veces,
frágil. La compañía de Pichetto lo fortaleció frente al electorado y a los
poderes fácticos. Fue la más acertada decisión de Macri en esta campaña.
Pichetto contribuyó a la estabilidad de la economía y, por esa vía, a la
cosecha de votos.
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electoral para este 11 de agosto
Sin esos dos
hombres no hubiera sido posible vislumbrar por primera vez el viejo sueño de
politólogos y sociólogos: la existencia en la Argentina de dos grandes polos
ideológicos, uno de centroderecha y otro de centroizquierda. Antes no pudieron
existir porque peronistas y radicales eran en sí mismos alianzas que cubrían
todo el arco ideológico. El hecho nuevo es que ni el peronismo ni el
radicalismo son ya lo que fueron, y quizás nunca lo vuelvan a ser. El Partido
Justicialista es ahora un socio menor del cristinismo y el radicalismo es un
aliado mediano del macrismo. Tampoco es seguro que esos dos bloques permanezcan
en el tiempo ni que expresen adecuadamente las ideas de la derecha y de la
izquierda. ¿Es Macri de derecha? ¿Es Cristina de izquierda? Un genuino
representante de la derecha no amplía el gasto social como lo hizo Macri. Una
líder de la izquierda no se hace rica, o no debería, mientras cumple tareas
como funcionaria pública. Miremos solo las declaraciones juradas de Cristina,
mientras esperamos las conclusiones de la Justicia sobre un enriquecimiento de
miles de millones de dólares.
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La centroizquierda,
lo que en Europa es la socialdemocracia, no cuenta con jueces dispuestos a
poner el trabajo periodístico bajo investigación de una comisión, que tiene,
además, un manifiesta tendencia. El juez Alejo Ramos Padilla, de clara
filiación cristinista, hizo eso con Daniel Santoro. Mandó que su trabajo fuera
investigado por la Comisión Provincial de la Memoria (un organismo bonaerense
que investiga y archiva documentos sobre los años de la dictadura, presidido
actualmente por Adolfo Pérez Esquivel) para que establezca si el trabajo de
Santoro constituye "operaciones de acción psicológica". Esa comisión
no es un organismo auxiliar de la Justicia; es decir, no está habilitada por la
ley para colaborar imparcialmente con los jueces. Ramos Padilla colocó al
periodista en manos de una comisión para que lo siga maltratando. El caso
Santoro es un precedente nefasto para todo el periodismo argentino, porque es
un prenuncio triste, el lúgubre presagio de probables persecuciones. Estas son
cosas que la centroizquierda moderna no hace.
Son cosas del
populismo. El problema de politólogos y sociólogos argentinos es que cuando
parece cumplirse su sueño, uno de los bandos empieza a forzar los límites del
sistema. ¿Es Cristina de centroizquierda? ¿O es, en cambio, una política
antisistema? No es lo mismo. El mundo está lleno ahora de líderes populistas o
antisistema. Donald Trump, en los Estados Unidos; Jair Bolsonaro, en Brasil;
López Obrador, en México; Matteo Salvini, en Italia, y Boris Johnson, en Gran
Bretaña, entre varios más, desafían un día sí y otro también al sistema que les
permitió acceder al poder. El populismo no es de izquierda ni de derecha. Es
una corriente que, cabalgando sobre protestas auténticas de vastos sectores
sociales, termina destruyendo al sistema y a sus instituciones. Cualquier
populismo comienza sus tareas atropellando al periodismo.
Es posible que en
el aspecto en el que mejor se refleja la competencia entre los dos polos sea en
la concepción del papel del Estado. El kirchnerismo cree que la economía no
funciona sin una injerencia absoluta del Estado. Guillermo Moreno fue una
caricatura violenta de esas ideas, pero las expresaba con sinceridad. Macri
sostiene, al revés, que el Estado debe crear las bases para que los empresarios
inviertan y hagan crecer la economía. Le reserva al Estado un papel regulador,
solo protagónico en las cosas que son indelegables, como la educación, la salud
pública, la seguridad y la infraestructura.
Ahora bien,
¿Cristina y Alberto Fernández, las dos cabezas de ese polo de centroizquierda,
piensan lo mismo sobre la economía? En los spots de campaña Alberto pedía que
lo recordaran como jefe de Gabinete de Néstor Kirchner; nunca habló de esa
misma función que cumplió con Cristina. La propia Cristina dijo en el acto de
campaña en Rosario que Alberto fue un excelente jefe de Gabinete de Néstor; no
hizo ninguna mención a cuando lo fue de ella. La mejor experiencia de esa
discrepancia en la nueva diarquía fue el severo encontronazo entre el asesor
económico de Alberto, Guillermo Nielsen, y el candidato a gobernador de Buenos
Aires por el cristinismo, Axel Kicillof. Nielsen calificó en un reportaje
público de "ignorante" a Kicillof, que es el ahijado político de
Cristina. Kicillof reconoció luego sus discrepancias con Alberto, a quien
describió solo como un compañero de "espacio". Nielsen frecuenta a
Alberto desde hace mucho tiempo. Nielsen es la expresión mas cabal de que las
discusiones ideológicas en la cima se licuan cuando llegan a los técnicos que
deben resolver sobre las políticas públicas. La realidad es como es.
Caben pocas dudas,
o ninguna, de que el viejo sistema de partidos que conformaron durante 70 años
el peronismo y el radicalismo estaba definitivamente agotado. El radicalismo
sucumbió entre graves errores y el acoso permanente del peronismo cuando los
discípulos de Yrigoyen estuvieron en el poder. El peronismo cayó entre los
estrépitos de la ineptitud y la corrupción. La experiencia indica (es el caso
de Brasil y de México, para citar a los más cercanos) que liderazgos
disruptivos suelen reemplazar a los partidos concluidos. La pregunta que la
Argentina no ha respondido aún es si su viejo sistema será reemplazado por dos
bloques ideológicos homologables por la sociedad y el mundo o si regresará a
una experiencia populista que barrerá con las libertades y el sentido común.
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