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Por Pablo Sirvén - Para la gente, votar
siempre es una fiesta. La alegría y el buen humor fueron el denominador común
de la jornada de ayer en los cuatro puntos cardinales. Un domingo atípico,
mucho más trajinado, pero de buen clima invernal y con una electricidad muy
particular que atravesaba las calles, como suele suceder en las grandesjornadas electorales.
Generacionalmente,
los más veteranos prefirieron votar temprano; las familias se inclinaron por el
mediodía, para pegar la votación con el programa de ir a comer afuera, y muchos
jóvenes cayeron tarde, incluso al filo del cierre de la votación. Lindo gesto
que en no pocas mesas los chicos que debutaban en las urnas fueran aplaudidos
por los fiscales. A la tarde, como siempre, la guerra de nervios, bocas de urna
cruzadas, chicanas, euforias y depresiones prematuras, con las redes sociales
al rojo vivo como cable a tierra.
Ya antes de
las 18, la TV y la radio a full, con los periodistas estelares de cada señal en
sus respectivas trincheras, hablaban en clave para no violar la norma que
impedía dar información sobre resultados antes de las 9 de la noche. C5N, que
en 2015 se precipitó con un "ganó Scioli", que finalmente no fue, se
mostró más cauto, pero mostraba con picardía imágenes panorámicas de Puerto
Madero, el barrio donde vive Alberto Fernández, en
tanto que en Crónica preferían videographs del tipo "Argentinos le gana a
Boca", en alusión a los clubes de fútbol preferidos de los candidatos
principales, en tanto que en TN había caras más circunspectas.
Votar
siempre tiene bastante de mundial de la democracia, en el que cada uno toca un
poco la pelota y eso llena de orgullo a cualquiera. No es para menos: todos
jugamos ese partido crucial y esa feliz responsabilidad -en un país en el que
durante muchos años no se ejerció ese derecho cuando no imperaba la democracia-
se advertía ayer tanto en los que entraban por primera vez al cuarto oscuro
como en personas de la tercera edad que, aun relevadas de la obligación de
sufragar, fueron a votar. Todo se desarrolló con normalidad, salvo el altercado
que tuvo el gobernador formoseño, Gildo Insfrán, con una fiscal por haber ido a
votar sin su documento de identidad.
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Aunque
sabíamos de antemano que se trataba en verdad de un gran ensayo general, todos
-y en este punto no hubo grieta alguna- votamos como si fuera la última vez:
unos, para ratificar el rumbo establecido por el gobierno de Cambiemos; otros,
para rectificarlo y restaurar al kirchnerismo en el poder, en la versión
supuestamente menos áspera que podría garantizar Alberto Fernández,
ungido candidato presidencial por la líder de ese
sector. Cristina Kirchner, que se reservó para sí la candidatura a
vicepresidenta, mandó un mensaje grabado desde la alejada Santa Cruz. En tanto
que una tercera opción buscaba, a izquierda y a derecha, caminos alternativos a
esas dos opciones, tratando de zafar de la tan temida y anunciada polarización.
En su
libro La política en el siglo XXI, sus autores, Jaime Durán Barba -el estratega comunicacional que ha
perdido su invicto- y Santiago Nieto plantean que laselecciones y las
consultas populares ya no conducen a ninguna verdad revelada, puesto que ahora
"las mayorías son efímeras" y cambian con facilidad.
Algo que no
era tan común si se analiza el extendido período de casi un siglo entre 1916 y
2015. Exceptuando las cinco dictaduras militares que se intercalaron
intermitentemente y el movimiento castrense que desplazó a Arturo Frondizi del
poder, solo dos partidos políticos, el radicalismo y el peronismo (incluyendo
un desprendimiento del primero, como el desarrollismo), gobernaron la
Argentina.
Hubo que
esperar hasta fines de 2015 para el giro copernicano que supuso la llegada deMauricio Macri para salir de esa dualidad (a la que
ahora intentaba volver parcialmente con la candidatura a vicepresidente del
peronista Miguel Ángel Pichetto) al arrancar su gestión con una gran esperanza
y varias contradicciones. La esperanza de que las cosas se pudieran hacer de
otra manera con una experiencia inédita: exitosos gerentes de empresa poniendo
su expertise en función de un Estado más eficiente. Y
las variadas contradicciones que implicaban querer hacerlo gradualmente, sin
atacar los males heredados con medidas de fondo, más la imposibilidad de llevar
adelante profundas reformas de la economía por no contar con mayorías
legislativas ni gobernadores propios. Amén de los continuos cortocircuitos que
provocaron quienes creyeron que la cosa pública se administra de igual forma
que la actividad privada. Aun así, con esas encrucijadas no resueltas, que
desgastaron la administración macrista, alcanzó para que en las elecciones de
mitad de mandato, hace dos años, la mayoría ratificara el rumbo.
Los nefastos
acontecimientos de 2018 -grave sequía, guerra comercial entre China y EE.UU.,
suba de tasas de interés dispuesta por la Reserva Federal, sucesivas oleadas
devaluatorias, el regreso al FMI y el agravamiento de la depresión económica y
del consumo doméstico- llenaron de dudas el camino electoral del oficialismo,
que antes de esos tsunamis parecía allanado para la reelección.
Todas esas
ilusiones perdidas hicieron añorar a buena parte del electorado los tiempos de
las tarifas bajas, el fomento del consumo y el dólar aplastado. Erróneamente,
el Gobierno tomó a la ligera esa nostalgia (en no pocos casos, directamente
convertida en bronca o desesperación) y consideró suficiente afirmarse más que
nada en las muchas obras realizadas, pero sin adelantar ninguna medida concreta
de cómo pensaba reactivar la economía y el consumo. Poco empático, el
presidente Mauricio Macri insistió en afirmar que iba a ir por el mismo camino,
pero más rápido, lo que se interpretó como más penurias para el bolsillo
popular. Se perdió la oportunidad de apalancar las medidas paliativas tomadas
para mejorar el humor social de la población durante este período electoral,
que rindieron sus frutos (los Precios Esenciales, el Ahora 12 y el Ahora 18,
los créditos de la Anses, etcétera), pero que debieron llegar antes, en
anunciar al mismo tiempo un programa consistente para un segundo mandato que, a
la par del necesario ajuste fiscal y el avance de las reformas laboral y
tributaria pendientes, presentara también un horizonte esperanzador para el
trabajador que sufre la caída de su poder adquisitivo y que está inquieto
porque ve cómo cierran empresas y crece el desempleo.
Si mantiene
la gobernabilidad, Mauricio Macri logrará el próximo 10 de diciembre la proeza
de ser el primer presidente no peronista que termina su mandato en 91 años. Ser
reelegido a pesar de tener en contra la economía era visto como un milagro
posible. Un milagro que, por los contundentes resultados conocidos, se ha
vuelto una meta remota y bastante improbable.
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