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Por Eduardo Aulicino - Agosto
no es octubre, pero hay un presidente golpeado por una fuerte derrota y un
candidato a tiro de piedra de la Casa Rosada que, en rigor, no es presidente
electo. Acaban de cumplirse las PASO, restan dos meses y medio hasta la prueba
quizá definitiva de la primera vuelta y después otro tranco con o sin balotaje,
hasta diciembre. Mauricio Macri tiene la carga mayor no como candidato sino
como presidente: gobernar. Y Alberto Fernández no es el mismo que era hasta
el domingo: está parado sobre una montaña de votos y enfrenta desafíos
acelerados por el impacto y la lectura del triunfo. En medio de la crisis y con
dólar en escalada angustiante, el juego político es enorme pero de márgenes
finitos.
La primera reacción
de Macri fue mala por partida doble: habló y lució como candidato,
sacudido por el resultado electoral, en lugar de exponerse como presidente que
busca asimilar el golpe. En su conferencia de prensa del lunes, cargó
sobre la oposición y el sentido del voto, junto a su compañero de fórmula, en
lugar de presentarse sólo o con funcionarios y anticipar qué pasos daría en
velocidad frente al nuevo terremoto de los mercados y su impacto social. Ese
movimiento generó críticas en su círculo más próximo y se extendió entre sus
socios políticos, según circula en estas horas sin mucha reserva.
Alberto Fernández
cuida algunas de las formas, en medio de reuniones y conversaciones con su
círculo más cercano y también con Cristina Fernández de Kirchner. Cada
contenido y cada nombre que se dejan trascender sobre esos encuentros generan
especulaciones sobre líneas tácticas y sobre cargos para un eventual gabinete.
También, refieren a los equilibrios que debería lograr en el juego de poder
interno. No son datos menores sus contactos permanentes con gobernadores,
tampoco las apariciones de allegados que, como se verá, aluden a cuestiones
sensibles. No hay espacio para la campaña desenganchada de la tensión que
se vive desde la noche del domingo.
El tema es que esos
cuidados y algunos gestos no pueden escapar a la lupa, con efectos a veces
deformados, impuesta por la crisis. Inquietan las sombras de la propia historia
de esta democracia, marcada por trances dramáticos, y sobre todo el carácter
bastante único de este cuadro. No es en sentido estricto una transición,
categoría que niega el oficialismo, porque lo daría como definitivamente
derrotado, y también rechazan a su modo los ganadores, porque generaría
compromisos con ese proceso cuando la ficha aún no fue coronada. De todos modos,
está a la vista, tampoco es un simple proceso de campaña con candidatos recién
consagrados.
La cuestión es
precisamente esa, es decir, cómo capitalizar el resultado de las PASO y dar
señales de equilibrio que ayuden a distender el cuadro social y que
operen sobre la economía, al menos precariamente y por tiempos cortos. Eso, al
mismo tiempo que se hace campaña explícita.
Alberto Fernández
evita o condiciona, según como se lea, la posibilidad de sentarse alrededor de
la mesa con el Gobierno porque entiende que no puede quedar como socio
salvador de este trance, cuya responsabilidad adjudica por entero al
oficialismo. Puede discutirse sobre el origen y la profundización de la crisis,
aunque está claro en que vereda cae hoy el grueso de la carga. Hay recelos nacidos
del puro cálculo político y gravita la pésima relación entre el candidato y el
Presidente. La parte menos seria de este contrapunto es el cruce de versiones
sobre la existencia o no de una invitación a conversar por parte de la Casa
Rosada.
Hay todavía algunos
gestos de desplante que tal vez sean olvidados en función de una lectura más
amplia. El mensaje hacia el interior del Frente de Todos emitido por el propio
Alberto Fernández, y compartido en esta etapa por la ex presidente, es de
moderación, no sólo porque el núcleo propio parece asegurado sino porque el
alcance de la votación del domingo expondría, entre otros aspectos, el éxito de
ese perfil. La señal habría sido, básicamente, no generar conflictos ni
aparecer cargando todo el tiempo contra el Gobierno para desalentar
especulaciones sobre una apuesta a la salida traumática de Macri.
En esa línea,
parecen tachadas las declaraciones sobre dólar retrasado y Leliq. Fue
significativo que Matías Kulfas, economista del grupo más cercano al candidato,
haya salido a expresar voluntad de pago y también de renegociación con el FMI.
Y que haya descartado expresamente herramientas como el cepo. Alberto
Fernández, con declaraciones políticas más específicas y diferenciadoras,
reafirmó esa línea. Resultó disonante Felipe Solá, que sugirió medidas de restricción para el
dólar ahorro y el dólar turismo.
Con todo, el
mensaje global incluso hacia el interior de la convergencia kirchnerista-PJ
apunta a mantener distancia del Gobierno pero eludiendo cualquier
definición que pueda ser interpretada como nafta sobre el fuego. La cuestión de
la distancia, como cualquier elemento político, dependería de la valoración
social que registre y, por lo tanto, podría variar en función de lo que suma o
resta.
El cuestionamiento
a las declaraciones poselectorales de Macri. Eso afloró anteanoche en la cita
del Presidente con Marcos Peña, el más apuntado, y con Rogelio Frigerio, María
Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Estuvieron también Nicolás Dujovne y
Dante Sica, más centrados en las medidas para atender el impacto negativo de la
devaluación de estas horas. El resto, además de acordar impulsar paliativos,
fue descarnado sobre el cuestionamiento al tono y sentido del mensaje
presidencial. Dicen que se fue de curso y que sería superado.
También desde la
UCR, aun sin encuentro formal, hubo coincidencia sobre esa evaluación y la necesidad
de tomar rápidas medidas, aunque también opiniones sobre la
"necesidad" de entablar algún tipo de conversación con Alberto
Fernández para pactar de algún modo un tránsito ordenado hacia las elecciones.
Las chances que ven de revertir el panorama son módicas sino nulas, pero creen
que también la oposición necesitaría evitar una crisis sin retorno. Algo de eso
llegó a las oficinas políticas del Gobierno y también a referentes peronistas.
El objetivo sería
visible. Asegurar un camino de llegada a diciembre más o menos llevadero,
con cierto margen para la disputa electoral pendiente. La provincia de Buenos
Aires quedó más que comprometida. La Capital, el distrito fundacional del
macrismo muestra otro panorama: Rodríguez Larreta quedó firme para dar batalla
pero en un sistema de balotaje verdadero. Y se juegan también varias
intendencias bonaerenses y las bancas de legisladores nacionales. Antes, en
septiembre, está anotada la elección de gobernador en Mendoza. Es en sentido
amplio la pelea por el poder territorial y el peso en el Congreso. Piezas
clave, quede como quede planteado el tablero.
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