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Por Julián Guarino - Con la conferencia de
prensa del tándem Lacunza-Sandleris queda claro que el Gobierno propone,
hoy, ahora, un viaje en el tiempo. Pero no al futuro, sino al pasado.
Con las medidas
anunciadas, con la mirada y el análisis al desnudo, los funcionarios de
Hacienda y el Banco Central quieren ofrendar un mensaje a la sociedad: aquí no
ha pasado nada. Sin embargo esto no es así: existe un volumen creciente de
escepticismo de parte de la sociedad en que el Gobierno pueda encausar el
derrotero económico que afecta a muchos argentinos, como también existe ese
mismo bloque monolítico y latente de escepticismo -cuya dimensión es
proporcional a la incertidumbre- de que la gestión de los próximos meses sea
capaz de garantizar el repago de la deuda y los intereses. En rigor, el combo
de “medidas” anunciadas (que no son medidas) va en el mismo sentido de lo
articulado hasta ahora y trabaja en la misma dinámica de lo que trajo al
Gobierno hasta aquí y lo que derivó en una caída enorme en su apoyo político.
Lo que dejaron los
mensajes de esta mañana es la evidencia de que el equipo económico y, por ende,
el presidente Macri, no está dispuesto a rendir sus banderas en pos de mitigar
la incertidumbre que campea a sus anchas y amenaza con desbordarse. Que no
habrá modificaciones que podrían esperarse como modificar los plazos para que
exportadores liquiden sus dólares en el mercado local, encajes a los capitales
especulativos, etc., medidas que apuntalen la idea de que la restricción
externa (las dificultades para conseguir los dólares futuros) puede ser menos
grave de lo que se preanuncia. Por supuesto, tampoco hubo decisiones para
tratar de impulsar la actividad económica o poner en marcha los motores del
consumo o la inversión pública. Por ende, se preanuncia un escenario con
mayor recesión combinada con una inflación creciente. Es decir, el peor
escenario.
En cambio, el
Gobierno propone volver a las bandas cambiarias en la cotización del dólar,
retomar la agenda del déficit cero, reestablecer las pautas del acuerdo con el
FMI, utilizar la tasa de interés de las Leliq como resorte anti-corridas,
apuntalar el incremento en las tasas que pagan los plazos fijos, entre otras
cuestiones. Nada para objetar si lo que se intenta es darle señales a los
mercados de que, como dijo Lacunza “el tipo de cambio está por encima del punto
de equilibrio", que “no hace falta un tipo de cambio más alto”. Tampoco
si, como se dijo, “cualquier presión alcista no va a obedecer a cuestiones
reales sino especulativas" y que “el Banco Central usará todas las
herramientas necesarias para que el tipo de cambio no abandone el rango de
precios en el que se movió la semana pasada, evitando una excesiva volatilidad
que genere incertidumbre sobre los inversores y los ahorristas”.
Pero las verdaderas
dudas parecieran ser dos y no han quedado despejadas. La primera, si la
Argentina puede sostener a futuro su compromiso con la deuda emitida en los
mercados financieros y el repago del préstamo del FMI; la segunda, si la
dinámica de inflación, recesión, pobreza y caída acelerada de la legitimidad
política del Gobierno tendrá alguna dosis especial de freno hasta que asuma el
nuevo gobierno.
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