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Por Pablo Wende - A pesar de
las crisis recurrentes, los políticos y la sociedad argentina avanzaron en
algunos acuerdos básicos. Hoy ya casi nadie discute los beneficios de la
democracia o de permitirle a un Gobierno terminar su mandato. Lo mismo puede
decirse de la necesidad de honrar las deudas asumidas. En diciembre de
2001, el entonces Presidente interino Adolfo Rodríguez Saá habló en el Congreso
de "tomar el toro por las astas" y declaró la cesación de pagos,
ovacionado por los legisladores. Esa escena sería inimaginable ahora.
Luego de algunos
comentarios zigzagueantes en la campaña previa a las PASO, Alberto Fernández
fue mucho más contundente al referirse a la deuda. Para que no queden dudas
aseguró que el endeudamiento asumido por el gobierno de Mauricio Macri debe
reconocerse y que a nadie le conviene un default. Todo sucedió ante la atenta
mirada de muchos de los empresarios más influyentes de la Argentina, que un par
de semanas atrás venían llevando adelante una campaña a favor de la reelección
de Macri.
Pero los inversores
ni se inmutaron por estas declaraciones. El riesgo país continuó arriba de
los 1.800 puntos y los bonos más cortos en dólares siguen con un rendimiento
superior al 50%, descontando una próxima reestructuración.
¿No lo creen los
mercados al candidato del Frente de Todos? Es quizás una parte de la
explicación. Otra posible lectura es que en realidad los mercados perciben que
no es un problema de "voluntad de pago", sino en realidad de
"capacidad de pago". Por lo tanto, no alcanza con una expresión
de deseos sobre la necesidad de hacer frente a la deuda, sino que en realidad
no hay suficientes recursos para responder.
La visita del FMI
que arrancó ayer tiene en esta oportunidad una importancia mayúscula. Al finalizar
la revisión de las cuentas públicas se sabrá si el organismo está dispuesto a
seguir ayudando o no a la Argentina, a pesar del revés electoral sufrido por
Cambiemos. No se trata sólo de la revisión que efectúen los técnicos sobre las
metas fiscales. También resultará central la postura del directorio del
organismo, donde Estados Unidos tiene mayoría y luego los principales países
desarrollados. ¿Estará dispuesto Donald Trump a seguir enviando millonarios
desembolsos, frente al inminente cambio de Gobierno?
Las evaluaciones
sobre la "sustentabilidad" de la deuda tampoco resultan muy
favorables. Con la última devaluación, el stock de deuda en relación al
PBI ya está muy cerca del 100%. Además, las reservas están cayendo
aceleradamente producto de la desconfianza post PASO (más de U$S 9.500 millones
en dos semanas) y como la economía no crece tampoco genera los recursos
suficientes. Este análisis será encarado en profundidad en esta misión del
Fondo.
Esto puede llevar a
otro escenario: que el Fondo habilite el nuevo desembolso pero al mismo
tiempo inste al Gobierno a reestructurar el perfil de vencimientos de la deuda
con el sector privado. Sin ayuda financiera relevante del organismo en 2020, la
solución deberá pasar de una negociación con los bonistas. Y el mercado lo
intuye.
En 2001, tras el
fracaso del "blindaje" de U$S 40.000 millones, el FMI le otorgó un
nuevo paquete de ayuda financiera a la Argentina por U$S 8.000 millones. Pero
los desembolsos se suspendieron en noviembre, cuando desde el organismo
advirtieron que no podrían salvar de todas formas a la Argentina del default.
Fue la señal que gatilló el "corralito", default y explosión de la
Convertibilidad a los pocos días.
Ahora la
"pelota" vuelve a estar del lado de Washington. Se trata de una
decisión política sumamente relevante para el futuro de la economía argentina.
Si gana Alberto Fernández, ¿estará en condiciones de seguir contando con el
apoyo financiero de las grandes potencias que integran el G-7? Hasta ahora no
hubo indicios ni para un lado ni para el otro.
Lo que sí quedó
claro es que los mercados respondieron furiosos porque la apuesta a favor de
una reelección de Macri no salió como la esperaban. El salto del riesgo país
desde 800 a 1.800 puntos en cuestión de días dejó otra vez a la Argentina
completamente afuera del financiamiento internacional. O más bien profundizó
aquel aislamiento ¿Responderá de la misma manera la Casa Blanca?
No se trata sólo
del desembolso de U$S 5.400 millones que debería ingresar a fines de septiembre
o principios de octubre. Va mucho más allá. Es en realidad una poderosa
señal sobre la relación que Estados Unidos está dispuesto a tener con el futuro
gobierno argentino, ante la hipótesis de que ya no seguirá en manos de Macri.
Alberto Fernández
convenció a muchos argentinos que su gobierno será muy diferente a los ocho
años de Cristina en el poder. Volvió a criticar con dureza el corralito, los
controles de cambios y la manipulación del INDEC. Pero ahora le queda un camino
más difícil aún: convencer a los inversores. Las expresiones de la última
semana lo pueden ayudar en esa tarea. Pero en Wall Street esperan con más
ansiedad quiénes integrarían su futuro equipo económico. Recién allí se sabrá
si efectivamente será "su" gobierno o uno en el que las decisiones
serán compartidas con Cristina Kirchner y La Cámpora.
Los precios de los
bonos y en general de los activos argentinos descuenta que se irá a una quita
agresiva de la deuda. La clave que estarían manejando Fernández junto a su
hoy referente económico, Guillermo Nielsen, parece que es no hacerlo de manera
unilateral, sino a través de una "negociación amigable" con los
bonistas. Pero los expertos señalan que se trataría de un proceso posible pero
a la vez sumamente complejo. Sobre todo porque la atomización de la tenencia de
bonos es muy grande. Incluye desde pequeños ahorristas, hasta compañías de
seguros, pasando por bancos y grandes fondos internacionales que apostaron en
su momento por la recuperación de la Argentina.
El candidato
presidencial de Frente de Todos no tuvo otro remedio que adelantar lo que le
hubiera gustado hacer recién después del 27 de octubre, es decir ensayar un
acercamiento a los mercados. El ejemplo más claro de que esto es posible
fue la victoria de Lula da Silva en Brasil en 2002, cuando revirtió una enorme
de crisis de confianza y pasó a ser el "niño mimado" de los
inversores.
El problema de
Alberto Fernández es que la Argentina arrastra un frondoso
"prontuario". No sólo entró en default de casi 100.000 millones de
dólares en 2001, sino que además volvió a declarar un "default
técnico" en 2014, cuando la disputa con el juez Thomas Griesa le impidió
al Cristina Kirchner pagar la deuda bajo ley extranjera. Y el kirchernismo,
además, gobernó muchos años de espalda a los mercados. Para financiar el
déficit fiscal, Cristina optó por una estrategia mixta: echar mano a las
reservas del Banco Central y la emisión monetaria. Hoy ambos recursos están
casi agotados. Y si se utilizan podrían sumergir al país en una crisis
cambiaria aún peor, que tendría devastadoras consecuencias sobre los niveles de
inflación y la economía.
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