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Por Rubén Rabanal - “El Gobierno tiene que
entender que en economía se cometieron errores muy graves. Macri lo tiene
asimilado, pero lo tiene que empezar a reconocer públicamente”. La frase
no partió de un opositor sino de uno de los integrantes de Juntos por el Cambio
que ayer se sentó en la mesa del despacho presidencial en la primera reunión
oficial de la mesa política tras el cachetazo de las PASO.
El ambiente, juran
algunos presentes, fue de análisis sin sobreactuaciones. Sobre todo moderando
cualquier intento de exitismo descontrolado por la marcha del sábado pasado. Un
macrista describió esa demostración como un buen incentivo para levantar el destruido
ánimo del oficialismo y ayer en esa mesa política grande hubo un alerta sobre
el tema: “que nadie piense que hay una relación proporcional con el voto”.
Ese llamado a la
moderación es, en realidad, una estrategia por mantener el músculo lo más despierto
posible con el PRO, los radicales y Elisa Carrió para el tiempo que
queda hasta la elección.
En razonamientos de
ese tipo se mezclaron Carrió (muy serena y optimista, de acuerdo al relato
interno), Rogelio Frigerio, Marcos Peña, Gerardo Morales, Luis Naidenoff, María
Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich, Federico Pinedo y
Miguel Pichetto.
Todo el movimiento
de campaña de Juntos por el Cambio gira en torno a las andanzas de la
delegación del FMI en
el país y el resultado que tenga esta revisión de metas. Por eso ayer un ojo
oficialista estaba puesto en la reunión del Fondo con Alberto Fernández.
¿Qué es lo que cree
el Gobierno sobre la estrategia de Alberto F.? En primer lugar se cuestiona el
discurso, que es uno de los temas más complicados de manejar para el candidato
peronista que debe equilibrar entre la moderación y las presiones de la interna. “Un
día habla para La Cámpora y Cristina y otro para el establishment”, razonaba
con este diario uno de los visitantes de la Rosada. Creen que el objetivo
último del Alberto F. es que el FMI termine bloqueando el desembolso de u$s5420
millones, al menos hasta que este confirmado un nuevo Gobierno. Esa opción
sería lapidaria para la confianza del sistema.
Si ese ejercicio
existe o no y si la dureza del candidato peronista se debe a tensiones en la
interna o convencimiento personal constituye un interrogante central y esencial
de la política de estos días. Es decir, en eso se define el tono que ira
tomando el nuevo gobierno de Alberto Fernández, si es que las urnas
confirman lo que dijeron las PASO. Y un alimento estratégico de esa incógnita
es el estudiado silencio de Cristina de Kirchner. Otros en el kirchnerismo
no mantuvieron ese silencio (que para el oficialismo “aturde”) y metieron la
pata (y mucho) como el ya conocido caso de Felipe Solá y el regreso
de la Junta Nacional de Granos, justo cuando Alberto F. había ganado en las
principales plazas del agro.
Otro elemento clave
de esos razonamientos es la reivindicación que se hizo ayer en la Rosada
del “derecho a la pelea”. La mera mención es, quizás, una muestra clara de
la debilidad, pero actúa en el Gobierno como disparador de dos definiciones
finales, elaboradas entre radicales tras la reunión:
“El mejor Macri
candidato, es el mejor Macri presidente trabajando para sacar la incertidumbre
económica”, dicen, quizás no comprendiendo la epopeya que eso significa.
Y una final que
proclaman quienes están acostumbrados a perder elecciones y sobrevivir en las
bancas del Congreso: “El balotaje es la garantía de no concentración de
poder. Una cosa es que gane en primera vuelta y otra muy distinta en balotaje”.
Hacia allí apuntan los cañones.
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