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Por Carlos Pagni - Mauricio Macri y Alberto Fernández han
trasladado su campaña al delicadísimo tablero financiero. Los anuncios de Hernán Lacunza sobre ladeuda pública fueron
la respuesta a deficiencias del programa económico. Pero no se pueden
comprender en plenitud si no se advierte que están también atravesados por un
criterio electoral.
Los más refinados
analistas del mercado interpretaron que la decisión de postergar los pagos
de deuda obedeció a que los funcionarios del Fondo Monetario Internacional se marcharon del país
sin despejar la principal incógnita: el Gobierno no tiene claro, por decir lo
menos, si se producirá el desembolso de 5400 millones de dólares previsto para
septiembre. La posibilidad de no recibir esos recursos afecta mucho la
disponibilidad de divisas del Tesoro y, por derivación, del Banco Central. En la Casa Rosada imputan por esa reticencia
del Fondo a Fernández y ese durísimo comunicado en el que advirtió que si el
organismo librara ese tramo del préstamo estaría violando sus propios
estatutos. En realidad, en Washington la suspensión del pago de septiembre está
siendo analizada desde que Macri salió debilitado de las primarias y, en
especial, desde que anunció medidas fiscales no consultadas con los encargados
del programa. Esa toma de distancia se manifestó en la postergación de la
visita, que había sido agendada para la semana pasada.
La hipótesis, cada
vez más probable, de no contar con esos 5400 millones de dólares llevó a
Hacienda y Finanzas a suspender pagos de Lete y Lecap, y a enviar al Congreso
un proyecto para modificar vencimientos de la deuda. Son decisiones traumáticas
en un país que, en materia de inestabilidad financiera, creyó haber visto todo.
"No todo", aclaró ayer alguien que pasó la vida en el mercado. Y
explicó: "Es la primera vez que el que incumple con un pago es el mismo
gobierno que había emitido esa deuda".
Macri eligió este
camino pensando en un conflicto con Fernández que es cada día más acérrimo.
Para simplificar: resolvió hacer lo que su principal rival venía sugiriendo.
Además, encontró la respuesta a la reticencia de su principal rival a coordinar
una receta que impida el agravamiento de la crisis: delegar en el Congreso las
decisiones sobre la deuda con los tenedores de bonos emitidos bajo jurisdicción
nacional e internacional. El Presidente ayer fue reiterativo en que es
imposible superar la encrucijada sin un acuerdo entre todos los actores.
El envío al
Parlamento de los proyectos sobre deuda se corresponde con esa idea y cobija un
mensaje para el candidato del kirchnerismo. Algo parecido a "estoy
dispuesto a hacer lo que venís recomendando, pero si lo hacemos juntos".
La jugada tuvo un efecto desconcertante. Diputados relevantes del Frente para
la Victoria no querían ayer definirse frente al desafío esperando una
indicación del candidato. El problema de Fernández fue previsto por el clásico
consejo inglés: "Sé cuidadoso con lo que pides, porque puedes
conseguirlo".
Lacunza reconoció
que la reprogramación de la deuda, sobre todo la cifrada en Lete y
Lecap, afecta a bancos y aseguradoras. También a fondos comunes de inversión,
que ayer soportaron fugas considerables. Y, por derivación, a las empresas que
confiaron en esas entidades. La decisión oficial alivia al mercado de cambios
porque permite descartar el riesgo, que preocupaba mucho al Fondo, de que el
Central tuviera que emitir pesos que el Tesoro destinaría a comprar los dólares
necesarios para hacer frente a sus compromisos en esa moneda. Ese circuito
dispararía el tipo de cambio.
La pregunta que los
especialistas en finanzas comenzaron a hacerse después de los anuncios de
Lacunza se refiere al mercado de cambios. ¿Se puede enfrentar un clima de
semejante incertidumbre sin establecer restricciones al acceso al dólar? El
Gobierno cree que sí. Y lo dijo a través de su ministro de Hacienda, pero
también a través deGuido Sandleris, el presidente del
Banco Central. Los dos afirmaron que, aliviando al Estado del peso de la deuda
de corto plazo, ahora puede destinar todas sus tenencias en dólares a defender
el valor del peso. Ayer lograron ese objetivo. Es cierto: el Central debió
vender 220 millones de dólares. Además, subió la ya altísima tasa de las Leliq
y solo pudo renovar 150.000 millones de los 260.000 millones de pesos que
vencían, y los depósitos en dólares siguieron disminuyendo. Este panorama se
reflejó en las cotizaciones bursátiles de los bancos, que tuvieron otra caída.
La decisión de no
innovar en el mercado de cambios tiene también un pliegue político. Fernández
ha manifestado una y otra vez su preocupación por el nivel de reservas que
dejará Macri en el Banco Central. Es una preocupación de quien se ve como
futuro presidente y sabe que la gobernabilidad depende muchísimo del caudal de
divisas en poder del Central.
El discurso oficial
de las últimas 48 horas revela que el Gobierno no comparte esa preocupación. Y eso
deja también entrever que la confianza en la reelección está muy debilitada.
Tanto Lacunza como Sandleris sugieren que están dispuestos a gastar todos los
dólares que sean necesarios para defender la actual paridad. Como en el caso de
la deuda, también obedecen a un pedido de Fernández. El candidato avaló una
interpretación de Martín Redrado según la cual el Central, por orden de Macri,
no intervino en el mercado de cambios el lunes siguiente a las primarias para
alentar la depreciación. Redrado denunció esa conducta en el juzgado de Rodolfo
Canicoba Corral. En el Central vienen desmintiendo que eso haya ocurrido, pero
terminan su defensa siempre con esta conclusión: "Si quieren que vendamos
dólares, nos podemos convertir en Sturzenegger sin ningún problema". Con
sus declaraciones sobre la defensa del valor de la moneda, Lacunza y Sandleris
les están respondiendo a Redrado y, más aún, a Fernández. De nuevo: "Sé
cuidadoso con lo que pides...".
La estrategia de
Macri tiene también un pliegue político-electoral. Muchos especialistas en
finanzas consideran que los anuncios sobre deudas deberían ir acompañados de
alguna restricción a la compra de dólares. Sobre todo cuando está destinada a
turismo o atesoramiento. Es muy comprensible que el Presidente no quiera dar
ese paso. Uno de sus méritos es haber levantado el cepo cambiario durante la
gestión inicial de Alfonso Prat-Gay. Sería dolorosísimo para él entregar esa
bandera e igualarse al kirchnerismo en una de sus políticas más reprochables.
En todo caso, debe pensar que solo llegaría a esa "solución" si
Fernández se la pidiera. Este es otro enigma de la escena: en qué nivel de
reservas el candidato del Frente de Todos pierde la calma.
Macri volvió a
demostrar ayer, durante la reunión de gabinete, que atribuye todos los dramas
de la economía a Fernández. No toleró siquiera una mínima objeción de Rogelio
Frigerio. Ni de Marcos Peña, que ya no lo acompaña en ese blindaje. Es de
desear que no esté siguiendo con una vieja descripción de Fernández: "Los
gobiernos comienzan con los mejores, siguen con los amigos y terminan con los
que quedan". A Fernández le reprocha, sobre todo, haber pedido a los
emisarios del Fondo que no siguieran prestándole plata a la Argentina si no se
aseguraban que esos recursos no terminarían dilapidándose. Leyó ese comunicado
como la prueba de un complot.
Fernández tiene
derecho a alegar que él debe obedecer el mandato electoral. A él lo votaron
para forzar un cambio en la actual política económica, que tiene, o tenía, en
el acuerdo con el Fondo su capítulo principal. A Macri le cuesta admitir esa
decisión de la ciudadanía, que está en la raíz de la tormenta financiera. Los
mercados están convulsionados por la posibilidad de una regresión populista,
pero, en especial, porque la actual orientación económica ya no es viable ni en
el caso muy hipotético de que él consiga otro mandato.
Para la Casa
Rosada, Fernández no está representando la resistencia a una política. Él
pretendería, según esa visión, desordenar todas las variables para que, a partir
del 10 de diciembre, se justifiquen sus terapias. En otras palabras: desatar
una crisis que induzca a una gran delegación de poder en el nuevo salvador. Por
eso habría hablado de "dólar alto", inconsistencias en el
financiamiento con Leliq, posibilidad de renegociar la deuda con los bonistas.
Hasta le atribuyen a Guillermo Nielsen haber pedido a agentes de Wall Street
que hablen con el Fondo para que no autorice el desembolso de septiembre. Una
acusación disparatada: esas conversaciones de Nielsen están grabadas.
Esa supuesta
estrategia de Fernández, si existiera, sería peligrosísima para él mismo porque
puede quedar fuera de control. El propio Fernández es un testigo privilegiado
de ese riesgo. En 1989, cuando militaba en el radicalismo, era funcionario del
área legal del Ministerio de Economía. Desde allí pudo tomar nota de las
advertencias de Domingo Cavallo a los acreedores externos, cuando les dijo que
el entonces futuro gobierno de Menem no se haría cargo de lo que le prestaran a
Alfonsín. Guido Di Tella hablaba de un dólar recontraalto, mientras el riojano
aseguraba estar disponible para hacerse cargo del poder cuando se lo pidieran,
con el mismo tono con que él dijo ayer que Macri debe estar contando los días.
Menem se hizo cargo de la presidencia por adelantado. Pero debió soportar una
tormenta que se despejó al cabo de casi dos años de gobierno. En el camino,
atravesó una hiperinflación y debió incautar los depósitos de los ahorristas,
que recibieron, a cambio, un bono. Fernández seguro lo recuerda, porque también
formó parte de ese nuevo gabinete, como responsable de la política de seguros
del menemismo.
La crisis que de
nuevo se está cursando en la economía modelará al próximo oficialismo y a la
próxima oposición. Fernández debe saber que del nivel de convulsión actual
dependen los grados de pobreza y malestar social, los niveles de reservas
monetarias, la tasa de inflación, el retraso tarifario y el flujo de
inversiones de la próxima administración, que, es muy posible, será la suya.
La tormenta determinará
también la calidad de la oposición. Si Macri sale derrotado, la consistencia de
Cambiemos dependerá de la cantidad de votos obtenidos. Es decir, del número de
bancas legislativas que retenga y de que siga ofreciendo o no un proyecto de
poder. Otro factor es si Horacio Rodríguez Larreta retendrá la Capital. Todo
indicaría que sí, aunque Fernández se volcará al proselitismo de Matías
Lammens. Hay un tercer aspecto del problema: será muy difícil para algunos
candidatos defender la política económica durante lo que resta de campaña.
¿Podrá María Eugenia Vidal repetir que hay un solo camino posible en el
desolado conurbano bonaerense? Seguro que no. Deberá asumir un tono crítico.
Quiere decir que en estos meses se dirime también el futuro interno de Cambiemos.
Estos interrogantes
forman parte de la incógnita principal. No consiste en saber si gana Macri o
Fernández. Más relevante es conocer cuál es el esquema de poder que dejará la
tempestad. Seguirá habiendo un juego competitivo entre gobierno y oposición. ¿O
el país marcha hacia una nueva hegemonía?
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