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Por Francisco
Olivera - Todavía con evidentes muestras de no haber superado
anímicamente el golpe y la sorpresa por los resultados de las primarias, Mauricio Macri incluyó ayer en su discurso ante empresarios al que considera el peor
error de su última campaña. Lo hizo como al pasar, cuando se refirió desde el
atril del Sheraton a las restricciones financieras que
dijo haber aplicado a disgusto y a las que les asignó una única
finalidad: preservar los ahorros de la clase media. "Es la que
siempre pone el hombro y siente que su esfuerzo no es retribuido como se
merece", explicó.
A partir del sábado, cuando inicie
formalmente el período proselitista, el Gobierno centrará su mensaje y sus
decisiones en ese segmento de la población que le dio la espalda y que viene
sufriendo, casi sin subsidios, inflación, aumentos de tarifas, pérdidas de
empleos y presión tributaria.
Es ese tercio de la población que sostiene
con sus impuestos a los otros dos tercios, el universo de empleados públicos,
jubilados y beneficiarios de planes sociales, y que tiene un punto de contacto
con el auditorio de hombres de negocios que ayer escuchaba al Presidente entre
resignado y molesto por la situación: el sector privado. La Argentina es una
trampa difícil de sortear, un monstruo que se traga administraciones y arruina
carreras de técnicos llegados a la función pública con reconocido talento en
trabajos anteriores, en parte porque su gasto público crece relativamente más
que su generación de riqueza. "Todo se reduce a un problema: el peso del
Estado", le dijo ayer al despedirse del foro el constitucionalista Juan
Carlos Cassagne a Teddy Karagozian, dueño de TN Platex. Es el doble filo de la
carga impositiva: tan necesaria para aliviar la pobreza mediante asistencia
social como nociva para la inversión.
La dialéctica surgió en casi todas las
presentaciones. "La gente no quiere planes, quiere empleos", dijo
Paolo Rocca. Eduardo Costantini volvió al tema cuando cuestionó que en la
Argentina existiera una "subversión de valores" de raíz ideológica
que incentivaba una "cultura de la distribución, del voluntarismo".
El abecé del capitalismo: no se puede repartir lo que primero no se produce.
¿Cómo hacerlo? Luis Perez Companc compendió las razones de todos: "Cuando
hablamos de la necesidad de una Justicia independiente, de cumplir la ley,
hablamos de eso, de bajar el riesgo empresario".
Macri o Alberto Fernández, sea
quien fuere el próximo presidente, estarán obligados a atender esta demanda. No
tanto por cuestiones políticas o ideológicas como por necesidad: la Argentina
ya no tiene stocks a los que la clase política pueda recurrir para sostener el
gasto y, por lo tanto, la única alternativa será generarlos. Crear riqueza. Es
el motivo que lleva a algunos empresarios al optimismo incluso teniendo que
digerir el regreso de Cristina Kirchner.
Bernardo Kosacoff, uno de los economistas
presentes ayer, se lo planteó a este diario en estos términos: "La
situación es muchísimo menos grave de lo que parece. Se ha hecho el ajuste y
eso generó múltiples problemas que afectan a la población, pero la
macroeconomía está estructuralmente mejor preparada para recuperarse. Esto no
es 2001, nada que ver".
Esta certeza de que lo peor ya pasó tiene al
menos un argumento capaz de refutarla: una campaña electoral en la que a
Alberto Fernández le conviene avivar la turbulencia con declaraciones, y a
Macri, no correrse de su rol de candidato. Ambos tironean para ser
protagonistas de la poscrisis: el que anhela erigirse fundador de un nuevo
orden y el que pretende convencer a los desencantados de que esta vez todo será
distinto.
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