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Por Diego Dumont
- Ya venía sucediendo. Primero, con los derechos de exportación y los
reintegros. También, con las percepciones impositivas de las importaciones. Y
ahora le llegó el turno al mercado de cambios.
El gobierno
nacional no pudo sostener las medidas anunciadas como pilares de campaña en su
momento.
Ni el impulso a las
exportaciones, que hoy tributan aún más que en 2015 y perciben menos, ni las
percepciones distorsivas a las importaciones, que se retiraron durante solo
siete meses, ni los estímulos de exportación, que se elevaron y luego
disminuyeron.
El resultado es un
período de cuatro años tan lleno de intenciones como de políticas que no se
pueden sostener. La Argentina es un país donde todo vuelve, incluso el cepo.
¿Qué cambió esta
semana? El régimen de divisas, que es un conjunto de normas jurídicas que en
cada país se refieren a la compra y venta de moneda extranjera por
particulares.
Por particulares
significa que es independiente de las intervenciones del gobierno, es decir, de
sus compras y ventas en moneda extranjera en el mercado de cambios utilizando
las reservas de divisas.
Existen tres
situaciones teóricas de régimen de divisas: libertad cambiaria (los
particulares pueden comprar y vender libremente), control de cambios (el
extremo opuesto de la libertad cambiaria, un rígido y estricto sistema que
comienza por prohibir a los particulares comprar o vender divisas y luego
autoriza determinadas operaciones en ciertas condiciones y llenando requisitos
que a menudo llegan al permiso individualizado) y un escenario intermedio, que
es el de restricciones cambiarias.
La restricción cambiaria
es un nuevo giro al volante y, como siempre, el factor común es el carácter
pendular de las políticas argentinas
Mientras las
medidas tomadas a partir de esta semana no provoquen la destrucción virtual del
mercado de cambios, entiendo que estamos nuevamente en este contexto.
El Gobierno busca
que no se dispare el tipo de cambio, más aún luego de la bajante de las
reservas internacionales de los últimos días, incrementando la oferta de
dólares (obligando a los exportadores a ingresar y liquidar) y cortando la
sangría (requiriendo autorización previa del Banco Central para determinadas
operaciones).
De acuerdo con el
decreto de necesidad y urgencia Nº 596, los exportadores tienen que vender las
divisas fruto de sus exportaciones en el mercado local dentro de un máximo de
cinco días hábiles después del cobro o 180 días después del permiso de embarque
(15 días para las commodities). La que rige será la opción que se dé antes.
Esta no es la única
medida tomada para el sector: la semana pasada se restringió el financiamiento
en pesos a los grandes exportadores.
La restricción
cambiaria es un nuevo giro al volante y, en este caso, como siempre el factor
común es el carácter pendular de las políticas argentinas. Somos víctimas del
corto plazo.
Miremos atrás: la
Argentina tuvo control de cambios en la década del 30 del siglo pasado; luego,
en la década del 50, libertad cambiaria; desde 1964 tuvo restricciones en
aumento; en los 90, libertad cambiaria; luego, desde 2001, control de cambios
hasta 2015, cuando pasamos nuevamente por libertad cambiaria con la derogación
del Sepaimpo y de los plazos para ingresar y negociar divisas, y ahora
nuevamente restricciones.
El control de
cambios se empezó a usar en el mundo luego de la gran crisis de 1930
(Inglaterra creó en 1932 la Exchange Equalization Account, y Estados Unidos, en
1934, el American Stabilization Fund). Estos fueron los primeros antecedentes.
Como ya vimos en
años no tan lejanos, un mayor control requiere una impresionante máquina
fiscalizadora para intentar que no se burle el sistema, y una consecuencia
natural de mayores controles es la aparición de un mercado clandestino -léase
dólar blue- para las operaciones cercenadas (algo que probablemente volverá a
ocurrir).
Y es en medio de
este contexto tormentoso en el que el empresario debe decidir, invertir y dar
empleo. No sorprende que en la Argentina casi 0,5% de más de 800.000 empresas
exporten cuando en otros países lo hace casi la totalidad.
Si queremos un país
competitivo, debemos en serio revisar la estabilidad de las reglas de juego y
concertar desde distintos sectores y fuerzas políticas un horizonte común. Con
esta volatilidad no se puede competir.
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