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Por Pablo
Wende - Desde transformar al país en una "nueva Venezuela"
hasta un programa que sorprenderá por sus características súper ortodoxas. A
partir de su amplia victoria en las primarias, hace ya casi un mes, se tejieron
todo tipo de especulaciones sobre el tipo de gobierno que llevaría
adelante Alberto Fernández si finalmente es elegido presidente el 27
de octubre. Pero fue él mismo se encargó de dar escasas pistas sobre lo que
piensa hacer o quiénes lo acompañarán en la gestión.
Estas incógnitas no
serán develadas por lo menos hasta el día después de la elección. Quienes lo
conocen hace años destacan que es un "pragmático", dando a entender
que no se dejará llevar por razonamientos puramente ideológicos, sino que
actuará de manera práctica. Este tipo de razonamiento tranquilizan a quienes lo
escuchan, ya que la conclusión sería más o menos la siguiente: los problemas
que deja el gobierno de Mauricio Macri dejan escaso margen de
maniobra, no hay chance de que no desarrolle políticas amigables con los
mercados.
Los últimos pasos
que estuvo obligada a dar la actual administración ya van preparando el camino
para lo que viene. El control de cambios dispuesto por el equipo económico
esta última semana fue probablemente la menos cuestionada por todo el arco
opositor. Todos están de acuerdo ahora en que se necesita algún tipo de
restricción al movimiento de capitales en esta emergencia. No estaría en
los planes de Alberto levantar los controles y posiblemente tampoco tenga la
posibilidad de hacerlo. Su gran desafío, en todo caso, será no volverlos más
restrictivos con el paso de los meses.
Si algo está más
que claro es que si llega a la presidencia no gozará de la "luna de
miel" que gozan la mayoría de los flamantes presidentes. Macri sí la tuvo
y pudo financiar el gran déficit fiscal heredado de Cristina Kirchner con
millonarias colocaciones de deuda en los mercados financieros. Hasta que en
2018 los inversores dijeron basta y obligaron al Gobierno a golpearle las
puertas al FMI.
Alberto Fernández
arrancará con un panorama bien complejo. No tendrá acceso a los mercados
voluntarios de deuda y al FMI le quedan mínimos desembolsos por delante (sólo
USD 4.000 millones en 2020). Por lo tanto la reestructuración de la deuda es un
camino obligado ante las complicaciones para hacer frente a los vencimientos
del año próximo.
El Gobierno propuso
un canje sin quita de capital ni de intereses, pero con alargamiento de
plazos. La falta de apoyo de la oposición permite deducir que Frente de
Todos llevaría adelante una propuesta más agresiva, con quita de capital,
también de intereses y alargamiento de plazos.
El hecho de que
Guillermo Nielsen sea uno de los referentes obligados de Alberto Fernández
también dice mucho. Él fue quien negoció alrededor del mundo el canje de
2005, que tuvo una quita récord dejó más del 24% de los acreedores afuera, al
negarse a aceptar la propuesta. La brutal caída del precio de los bonos revela
que los mercados esperan una quita parecida, aunque podrían estar
equivocados. El rebote de las últimas jornadas, que llevó el riesgo país
desde 2.500 puntos a casi 2.000, refleja esta visión menos dramática sobre lo
que se puede venir en materia deuda.
Alberto Fernández
no quiere dejar grandes definiciones antes de los comicios de fin de octubre. Y
en sus declaraciones parece hacer equilibrio entre enviar mensajes de
racionalidad a los inversores y al mismo tiempo tratar de conformar a la
"tropa", en donde se mezclan Cristina Kirchner, Sergio Massa, la
Cámpora pero también los gobernadores peronistas.
En España
consideraron que el candidato de Frente de Todos se mostró como un
"moderado", luego de hablar en el Congreso y mantener diversas
entrevistas, que incluyeron a la número uno del Grupo Santander, Ana
Botín, la banquera más influyente del mundo. En tono diplomático,
ella le sugirió "mantener a la Argentina integrada al mundo". Fue una
suerte de revelación sobre los temores que existe en la comunidad
internacional.
Alberto Fernández
no piensa develar quién se hará cargo del ministerio de Economía en su gestión
por lo menos hasta las elecciones. Tampoco se sabe si Guido Sandleris
seguirá al frente del Banco Central, donde se mantiene en una posición precaria
ya que fue ungido por decreto y no tiene acuerdo del Senado.
Algunos sueñan con
la posibilidad de que se produzca una suerte de "efecto Lula". En
2003, al asumir la presidencia, el brasileño nombro a Henrique Meirelles,
número uno de BankBoston, al frente del Central. Fue entonces una fortísima
señal para los mercados, que desconfiaban de un presidente proveniente de las
entrañas del sindicalismo. Sin embargo, no queda claro si Alberto está
dispuesto o le interesa dar un paso similar, que genere un verdadero golpe de
timón y cambie casi de la noche a la mañana las expectativas negativas que hoy
tienen los inversores.
Desde que ganó las
primarias, dejó una serie de señales y frases que estuvieron lejos de llevar
tranquilidad al mundo financiero y de negocios:
Mantuvo una postura
hostil con el FMI, dejó en claro que no está de acuerdo con mantener el
acuerdo. Fue luego de una reunión con los técnicos enviados desde Washington.
Si bien aseguró que
su voluntad es pagar la deuda, enseguida aclaró que no se puede hacer a costa
del sufrimiento de la gente. Así dejó entrever que se viene una
renegociación aunque nadie sabe los términos. La caída en picada de los títulos
en dólares y pesos de corto plazo reflejan estos temores, además del
polémico "reperfilamiento" decidido por el ministro de
Hacienda, Hernán Lacunza.
En una declaración
que generó confusión, señaló en Madrid que el petróleo no puede ser para
que se lo lleven las multinacionales. Nadie entendió a qué se refería, en
momentos en que la Argentina precisa atraer millonarias inversiones para Vaca
Muerta.
Le echó la culpa
del retroceso de la Argentina a las políticas que vienen desde los Estados
Unidos. Y al mismo tiempo se preocupó por estrechar lazos con Europa. Aunque
no lo dijo, sus palabras dejaron trascender la escasa (por no decir nula)
sintonía con la Casa Blanca.
La visita a Portugal
parece confirmar su intención de mantener las cuentas públicas en equilibrio.
Él mismo había enfatizado ante empresarios hace diez días que la gestión de
Néstor Kirchner fue la única que mantuvo superávit fiscal y comercial en los
cuatro años de gobierno. La salida portuguesa de la crisis se hizo en base
de un fuerte compromiso de ajuste presupuestario, bajo la tutela del FMI y
también del Banco Central Europeo. Pero nunca es fácil conseguirlo en
Argentina, mucho menos en medio de una recesión galopante.
Lo que sí parece
bastante claro es que entre las principales decisiones que tomaría en caso de
llegar al poder es promover una inyección de fondos en los bolsillos de
empleados y asalariados. Pero no será tan sencillo pasar de las promesas
electorales a la práctica, teniendo en cuenta que la elevada inflación, el
déficit fiscal y las dificultades que arrastran las empresas, en particular las
pymes.
Los mercados se
movieron en los últimos días en base a otros parámetros, ante la falta de
señales concretas sobre lo que puede ocurrir después del 10 de diciembre. Por
lo pronto, celebraron que el control de cambios aflojó la caída de
reservas, que se había acelerado dramáticamente dramáticamente en las tres
semanas posteriores a las PASO. Y también hubo compras aprovechando que las
caídas tanto en bonos como acciones fueron tan agresivas y rápidas que algunos
empezaron a ver oportunidades de compra.
En especial algunos
inversores muy especulativos que estaban sin exposición en la Argentina. Sin
embargo, son mayoría los fondos internacionales (como Templeton, Black Rock,
PIMCO o Moneda) que sí apostaron por el país en los últimos años y ahora deben
enfrentar millonarias pérdidas. Habrá que esperar muchos años para que
nuevamente vuelvan a confiar en activos locales. Ya se quemaron demasiadas
veces.
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