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Por Pablo Mira -
Como la historia de los últimos cincuenta años ha demostrado, Argentina está
condenada a captar dólares durante mucho tiempo por venir, y una vía obvia es
generar mayores exportaciones. Es un desafío complejo, pero es una
alternativa mucho mejor que la de reducir las importaciones cada vez que
empeora el ciclo y la restricción externa golpea la puerta. La dificultad,
desde luego, radica en que la estrategia de cómo promover nuevas ventas
externas no es para nada obvia.
En principio, para
lograr este objetivo podemos identificar dos grandes trazas de política: la
intervencionista y la de mercado. La versión intervencionista incluye tomar las
riendas del problema desde el Estado, y van desde la mera promoción de las
exportaciones mediante el apoyo para la búsqueda de potenciales mercados en el
corto plazo, hasta las políticas para promover el cambio estructural que nos
depositen en una economía más competitiva internacionalmente. Estas políticas
tienen la dificultad de que, cuantas más exportaciones se requieren, mayor es
el grado de coordinación de los decisores públicos. Los cambios estructurales,
además, requieren del consenso social y sólo son exitosos si logran sostenerse
en el tiempo.
La otra vía es la
competitiva, y simplemente exige sostener un tipo de cambio real
suficientemente elevado como para estimular las exportaciones de mediano y
largo plazo. Por supuesto, la palabra clave aquí es “simplemente”, pues en un
país donde los precios siguen cada vez más la cotización del dólar, elevar el
tipo de cambio de manera sustentable no resulta nada fácil. Pero asumamos por
un momento que es posible sostener un peso suficientemente devaluado para
competir, y preguntémonos qué dice la evidencia sobre la relación entre tipo de
cambio alto y ventas al exterior, la “elasticidad-precio de las exportaciones”.
Una vez más, la
respuesta del economista es un “depende”. En general, este incentivo
podría ser suficiente en países industrializados con alta capacidad de
alcance a mercados extranjeros, pero ese no es el caso de Argentina. Sin
embargo, esto podría solucionarse con un tipo de cambio real más alto aún.
¿Cómo responderían las exportaciones si este fuera el caso?
El gran dilema de
la evidencia disponible es que todo depende de como se mida esta relación.
Cuando usamos datos macroeconómicos (series temporales), las exportaciones se
muestran poco o nada receptivas al tipo de cambio. Pero si se estudia la
cuestión desde un punto de vista microeconómico, es decir, mirando períodos
particulares de alta competitividad en ciertas ramas productivas o firmas
específicas, el resultado es que el tipo de cambio alto sí estimula las ventas
externas. No hay un consenso académico sobre cuales son las elasticidades
correctas, y en general el apoyo empírico a que un tipo de cambio real alto
permite la expansión “orientada hacia afuera” es inconcluyente.
Pero nada de esto
implica que la reversa sea cierta. Si basados en la evidencia de que el tipo de
cambio real no siempre estimula las exportaciones permitimos el atraso
cambiario para favorecer la compra de importados, tarde o temprano el déficit
comercial terminará provocando una brusca devaluación con consecuencias
económicas y sociales muy delicadas. Argentina no puede darse el lujo de
atrasar mucho el tipo de cambio, y un tipo de cambio alto no es garantía de
sostenibilidad externa. Este es otro dilema que debemos enfrentar con políticas
inteligentes durante los próximos años.
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