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Por Juan Diego
Wasilevsky - Pasó poco más de un mes, pero parece una eternidad. A comienzos de
agosto, antes de las PASO, Macri aprovechó su paso por La Rural para pronunciar
un encendido discurso en el que elogió a los productores, habló sobre los
beneficios que tendría el agro con el acuerdo Mercosur-UE y se refirió a la
apertura de mercados estratégicos para los alimentos argentinos.
No hubo anuncios
grandilocuentes, pero su discurso "campo-friendly" fue muy bien
recibido por los productores. Sin embargo, tras las elecciones primarias,
el escenario se trastocó. Y los tiempos
se aceleraron completamente, de la mano del vertiginoso ímpetu que cobró el
dólar y que copó el centro de la agenda.
Y esto modificó
radicalmente las perspectivas para los agronegocios. Es que no solo llegaron
las primeras limitaciones para los grandes liquidadores de divisas,
acortándoles los plazos para entrar los dólares. En paralelo, desde la
oposición comenzaron a aparecer señales preocupantes.
El diputado Felipe
Solá –de quien se rumorea ocupará un cargo de peso en un eventual gabinete de
Alberto Fernández- habló de la necesidad de incrementar las retenciones y hasta
mencionó la posibilidad de una mayor
intervención del Estado en la comercialización de granos, en una suerte
de revival de la Junta
Nacional de Granos versión 2020.
Por su parte, el
dirigente social Juan Grabois llegó a postular la necesidad de avanzar con una
reforma agraria, mencionando incluso la idea de un plan de expropiación de
tierras. Estos postulados llegaron en momentos en que se multiplicaron los
ataques a campos en diferentes localidades de la zona núcleo, donde se
denunciaron actos vandálicos contra silobolsas, escenas que no se venían desde
hacía cuatro años.
Y si bien Alberto
Fernández se encargó, una y otra vez, de enviar un mensaje conciliador hacia el
campo –incluso circuló que en su equipo ya hubo una fuerte autocrítica sobre el
impacto de las intervenciones en los mercados de granos que hubo durante los
anteriores gobiernos kirchneristas- la realidad es que, por estas horas, se
respira un clima de gran incertidumbre detrás de las tranqueras.
Por lo pronto, las
medidas del macrismo siguen reflejando la ansiedad de los funcionarios por
llegar a octubre con un dólar calmado, en un contexto en el que se dilata la
decisión del FMI por el préstamo de u$s5.400 millones. En esa línea es que
acaban de publicar una normativa con la que mete más presión a los exportadores
para que aceleren la liquidación, supeditando la entrega de reintegros al
ingreso de las divisas.
Pero para la gente
de campo, lo que más preocupa es el futuro de las retenciones, un tema en el
que hay un marcado consenso entre analistas de agronegocios y economistas en
general.
Siendo el único
ingreso a las arcas fiscales que crece en términos reales, hoy es una fuente
que ningún gobierno puede desestimar. Incluso el del propio Macri, quien luego
de haber anulado los derechos de exportación al trigo y al maíz, y haber
reducido las de la soja, debió restablecer parcialmente los tributos.
En el caso del
"yuyito", lo hizo aplicando un extra de $4 por cada dólar exportado,
pero lo hizo cuando el billete verde costaba un 35% menos que en la actualidad,
con lo cual ese componente quedó totalmente desactualizado.
Frente a las
necesidades fiscales y el parate general de otros sectores, gane quien gane, todas las fichas están puestas en
que el campo no solo no verá retenciones más bajas sino que todos los indicios
marcan que las mismas se incrementarán.
"Independientemente
de quién se imponga en las elecciones, se prevé que las retenciones van a
subir. No es ya un tema político: es una cuestión de necesidad fiscal",
plantea Enrique Sarthes, analista de la corredora Intagro.
"Depende de
quién gane, se puede prever una menor o mayor suba. Pero incluso, si llegara a
darse la posibilidad de que Macri se imponga, no
es viable que deje los derechos tal como están hoy, especialmente para la soja,
con un nivel extra de $4 por dólar, cuando ya se perdió el 50% de ese
valor", agrega.
En paralelo, Hernán
Fernández Martínez, ingeniero agrónomo, analista y consultor, plantea que
"la necesidad fiscal galopante hace que el tema de las retenciones sea una
tentación difícil de evitar, independientemente de quién gane en octubre".
Según el experto,
que recorre el país todo el año y asesora a cientos de productores, los
derechos de exportación tienen varios puntos que lo convierten en el
instrumento elegido por cualquier gestión económica que esté desesperada por
cubrir un bache fiscal, como ser la facilidad que tienen para cobrarse o el
escaso impacto negativo en términos políticos, especialmente sobre la clase
media.
Afinando el lápiz
"La gente de
campo siente que las novedades están al caer en términos de retenciones. Y por
eso hoy reina la incertidumbre", advierte Fernández Martínez.
Este consultor
desarrolla constantemente presupuestos para establecer escenarios para diversas
zonas productivas del país, en función de variables como rindes, costos de los
insumos, valores de alquileres y precios de los granos. Y el último estudio que planteó para una zona
núcleo, arrojó un resultado preocupante.
En un campo
alquilado, con los precios que se están manejando para la próxima cosecha y con
las retenciones actuales, no todos los cultivos dejarían ganancias:
-En el caso del
maíz, con un planteo de 10.000 quintales por hectárea, casi no estaría
arrojando ganancias en términos de dólar. "Se saldría hecho", señala
el experto.
-Para soja de
primera, en tanto, está presupuestando una rentabilidad bruta del 8% en
dólares.
-Y para un esquema
mixto de soja de primera y trigo de segunda, se proyecta un 10%.
Según Fernández
Martínez, "estos niveles, que para otras actividades pueden sonar como
rentabilidades muy altas, en el agro no son demasiado elevadas. De hecho, lo
ideal es manejarse con un escenario de no menos del 15% en dólares, por el
fenomenal riesgo que hay en cuanto a clima y precios".
En este escenario,
el consultor afirma que cada vez son más los productores que le solicitan que
estime presupuestos con alícuotas de retenciones más elevadas.
En su último
cálculo, apelando al mismo esquema (igual zona y cantidad de hectáreas) hizo el ejercicio de aplicar los derechos de
exportación que estaban vigentes en 2015, justo antes de que asumiera Macri (pasando
el trigo del 10% al 23%; maíz, del 10% actual al 20%; mientras que la soja se
elevaría al 35%) y los cruzó con los precios que se manejan para la próxima
cosecha. Y los resultados, tal como advierte, son inquietantes.
En un campo,
también alquilado, ubicado en la zona núcleo:
-En soja, el
productor perdería u$s4 por hectárea cultivada.
-En maíz, sufriría
un rojo de u$s85 por hectárea.
-En trigo, la
pérdida sería de u$s114.
La conclusión a la
que arriba es que una hipotética presión impositiva como la que regía hace
cuatro años le daría una durísima estocada al sector.
"Con esos derechos de exportación y con los precios
que el mercado está manejando actualmente para la nueva cosecha, en todos los
cultivos se perdería plata", afirma.
Por esto considera
que "esas alícuotas, en esos niveles,
serían destructivas para la actividad si se las aplicara hoy".
El experto estimó
además cuánto dejarían de percibir los productores por la venta de sus granos a
los exportadores y a la industria, de llegar a aplicarse un nivel de alícuotas
similar a las que estaban vigentes durante el último tramo del gobierno
kirchnerista.
En el caso del
trigo, recibirían u$s45 menos por
tonelada (-21%), para el maíz serían u$s23 menos (-18%), mientras que en el
caso de la soja estarían u$s20 por debajo (-8%).
El gran problema
hoy día está en los niveles de precios de los granos, que no son malos en
términos históricos, pero que están lejos de los últimos récords. Esto, frente
a costos de producción que se dispararon.
¿Qué están haciendo los productores?
En este contexto,
Sarthes, de Intagro, plantea que "el mercado no está parado", pese a
la incertidumbre.
"Hoy los
productores se manejan mucho con el canje: se desprenden de granos solo para
acopiarse de fertilizantes, gasoil y otros insumos. Pero es una realidad que
casi nadie está vendiendo para quedarse en pesos", plantea.
"Al no haber
un tipo de cambio estable, se reforzó la tendencia por la cual los ruralistas
toman a los granos como su reserva de valor. Hoy es su arma de defensa",
remarca Sarthes.
En paralelo, el
consultor Salvador Di Stéfano, con fuerte prédica en el ámbito del Gran
Rosario, aporta una mirada similar: "Hoy se vende poco y nada porque para
muchos no es negocio pasarse a dólares: cuando venden, se les abona la
mercadería a un tipo de cambio mayorista; pero si quieren comprar divisas
tienen que pagar el precio del dólar bolsa, que es más alto. Entonces, es como si tuvieran un 13% más de retenciones, por
la brecha entre ambas cotizaciones".
Fernández Martínez
opina en una línea similar: "Lo que hace el productor es tratar de
resguardar su capital sentado arriba de los silobolsas. Es su forma de
defenderse frente a los huracanes".
Frente a este
comportamiento defensivo, el experto viene pregonando sobre la necesidad de que
los productores apelen a instrumentos un poco más sofisticados.
"Yo recomiendo
vender pero cuando hay necesidad de comprar insumos, no para quedarse con pesos
en la mano", aclara el experto, quien recomienda acompañar esta operación
con un contrato de cobertura de precios de compra (CALL), que le saca el techo
a la cotización de la mercadería, pudiendo ganar con futuras subas.
"Y quien no
quiere vender o canjear porque ya tiene todos los insumos para enfrentar la
nueva campaña, es recomendable ponerle un PUT", plantea Fernández
Martínez.
Esta cobertura de
precio de venta implica pagar una prima por cada tonelada (de u$s5 por
ejemplo), de modo que el productor se asegura un piso. Así, según el consultor,
evita que un potencial incremento de las retenciones no se traduzca en una
pérdida de ingresos.
En
cuanto al valor de la cosecha que todavía no tocó los puertos, ¿de cuánto se
está hablando? Según Fernández Martínez, en el caso de la soja, de las 56
millones de toneladas recolectadas en la última campaña, aún quedan unas 27
millones sin precio fijado, es decir, que todavía no están disponibles para ser
exportadas y liquidar las divisas. Al valor actual, esto suma cerca de u$s8.800
millones.
A esto hay que
agregar el restante de maíz también sin cotización fijada. Según el último
reporte de Intagro, quedarían 14 millones sin precio, que sumarían otros
u$s2.000 millones, si bien hay otros reportes circulando en el mercado que
señalan un volumen sensiblemente menor.
De cualquier
manera, ya la cifra que hay pendiente de soja sin comercializar significa una
enorme tentación para cualquier gobierno necesitado de divisas.
Más en un contexto
en el que el campo todavía es dueño del equivalente a casi el doble del
desembolso que espera el macrismo por parte del FMI.
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