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Por Francisco
Olivera - Podría ser la queja de un liberal ortodoxo, pero no:
el que habla es Emilio Persico, secretario general
del Movimiento Evita. "¿Sabe cuántos tipos trabajan en el
sector privado en la Argentina? Seis millones. ¿Sabe cuántos eran en los 70?
¡Seis millones! Entonces, ¿cómo se va a sostener esto?". El dirigente
social decía esto hace dos semanas en conversación con CNN Radio, horas antes
de que se aprobara la ley de emergencia alimentaria.
Consultado sobre si la asistencia social no
conspiraba contra la cultura del trabajo, su respuesta tampoco difirió de la
que daría cualquier empresario argentino: "Muchos planes la desalientan,
esto es así. Como dice Francisco: bienvenida la ayuda social en la emergencia,
pero una vez que eso se transforma en una forma de vida nacen los vicios
sociales en el barrio. La familia argentina está desorganizada: el 60% de los
hogares reciben más del Estado que de su propio trabajo. Eso es una barbaridad.
Yo no quiero vivir en un país así".
Los planes
sociales son algo así como la herencia de la herencia de la
herencia: cada una de las últimas administraciones le ha dejado algo, en
general aumentado, a la subsiguiente. Lo más costoso del asunto es su
contracara, la menos visible: se hace necesario solventar ese gasto con
impuestos que vuelven menos atractiva la inversión y, por lo tanto, la
generación de empleo. Es el círculo vicioso al que alude Persico y del que se
quejan los empresarios.
¿Cómo superar la trampa? No parece simple
porque la educación, herramienta que podría volcar parte del universo de
beneficiarios de la asistencia social al mercado laboral y aliviar el sistema,
es también parte de la crisis. Hasta ahora, las iniciativas del Gobierno han
tenido un éxito residual, afectado en gran medida por las dificultades de la
macroeconomía.
Los programas de Inserción Laboral y Empalme,
creados a principios de 2017, reclutaron en distintos momentos a unos 560.000
aspirantes de entre 18 y 24 años con la esperanza de incorporarlos en empresas
privadas. Pero al cabo de dos años y medio, solo 30.000 de ellos consiguieron
fehacientemente trabajar. Es decir, se recuperó un 5%.
Problemas de capacitación
"El problema es la demanda: dependemos
mucho de que las empresas los tomen", dice Fernando Premoli, secretario de
Empleo, dependencia del Ministerio de Producción y Trabajo que tiene a cargo el
plan, que consiste en que el Estado le pague al trabajador parte del salario
(entre 3900 y 7300 pesos, según el programa), y las compañías, lo que resta
para llegar al salario mínimo vital y móvil, que quedó este mes en $15.625.
La otra iniciativa pensada a esos efectos, el
plan Hacemos Futuro, que depende del Ministerio de Desarrollo Social, reclutó
en los últimos tres años a unos 250.000 beneficiarios a los que se les paga un
salario social complementario, alrededor de 8000 pesos. La asistencia está en
ese caso sujeta a inspecciones todos los meses: si quienes lo reciben acaban
consiguiendo trabajo o se les detectan bienes que acrediten ingresos mayores, o
empiezan a recibir jubilaciones u otros planes que no sean la asignación por
hijo (AUH, único compatible) deben ser dados de baja.
En el Gobierno afirman que la lista de
quienes salen de ese plan crece a ritmo lento, pero todos los meses, y que
llega en estos momentos a 23.000. Traducido: se recuperó algo más del 9% del
total. Pero no cualquiera está capacitado para conseguirlo. En general,
afirman, quienes quedan en esta situación de mejora, a los que se les da un año
de plazo con la posibilidad de volver al beneficio inicial (hay unos 13.000 en
estas condiciones) son los que han terminado la escuela secundaria, tienen
cierta instrucción laboral o son hombres. Los sectores que suelen cobijarlos
son los de la construcción, el servicio doméstico y servicios en general.
"En general, no vuelven: la gente quiere
trabajos. Es imposible vivir con un plan social", afirman en el Gobierno,
donde aclaran que si alguien quisiera solo vivir de planes debería tener una
situación infrecuente: debería sumar ese subsidio al de una asignación
universal para cuatro hijos (el promedio de familias que reciben la AUH en todo
el país es de dos hijos).
Otra visión
Es cierto que no todos los dirigentes
sociales están de acuerdo en que la relación entre gasto público, generación de
riqueza y asistencia social supone un equilibrio frágil. Juan Grabois, otro de
los dirigentes de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, lo
planteó la semana pasada en la sede de la CGT, durante la presentación de su
libro La irrupción de los movimientos populares: Rerum novarum de nuestro
tiempo, que acaba de publicar con prólogo del papa Francisco. "Yo quiero
decir claro esto: el problema no son lo que llaman equivocadamente planes. Dejen
de joder con que el problema son los planes: hay 500.000 miserables salarios
sociales en la Argentina de muy poca plata. Si el problema de la Argentina es
que hay eso, bueno, estamos mirando otra película. No se obsesionen por ver
cómo reconvierten esos planes en un trabajador de Uber o de McDonald's o de
Rappi. No es mucho mejor trabajar en McDonald's que en una casa comunitaria
donde se saca a los pibes de la adicción".
Son matices que emergen en medio de una
preocupación común: la Argentina no solo no ha sido capaz de generar empleo,
sino que ha consolidado en el transcurso de las últimas décadas un problema que
si no se corrige a tiempo se podría propagar en una progresión casi geométrica.
Como decía el premio Nobel Milton Friedman, que los planes se apliquen en un
"ciclo eterno, no en un simple estado transitorio".
Suele ocurrir con los flagelos argentinos: la
gravedad del diagnóstico es capaz de hacer coincidir a Persico con el principal
referente intelectual de la escuela de Chicago.
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