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Por Carlos
Burgueño - El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su nueva etapa
bajo la conducción de Kristalina Georgieva, envió un mensaje dual a la
Argentina. El organismo financiero internacional le dejó en claro tanto al
Gobierno como al “albertismo”, que la estructura de la deuda global de la
Argentina “no es sustentable” y que una negociación con acreedores privados
tiene que contar con su intervención. Los responsables del caso argentino en la
entidad explicaron con una metáfora simple la situación del país: la Argentina
se encuentra bajo la “teoría de un solo bolsillo”. Esto es, los
compromisos de pago futuros dependerán de los dólares de que disponga el país,
sin importar si se trata de pasivos con privados internacionales, deuda interna
o con organismos internacionales. En otras palabras, lo que reclama el FMI es
que las discusiones se encaren bajo un “enfoque integral” y no por separado, ya
que “todo se conecta con la capacidad de pago del país” la que, según la visión
desde Washington, “es alarmante”.
Con esta posición,
ya transmitida a Buenos Aires, el FMI muestra dos conclusiones. La primera es que el stand by firmado
en septiembre del año pasado “descarriló” y que se deberá discutir rápidamente
con la Argentina luego de las elecciones del 27 de octubre el futuro de la
relación. Más concretamente, un nuevo acuerdo con metas, compromisos y
cronograma de desembolsos renovados. Y que estas negociaciones incluyan los
planes de renegociación de deuda con los privados con el pasivo emitido bajo
jurisdicción local y extranjera. Según la visión extraoficial del FMI, ese
diálogo será con Alberto Fernández, salvo milagros electorales que desde
Estados Unidos creen que no ocurrirán. Así se lo hicieron saber al candidato
opositor en la reunión que el 26 de agosto mantuvieron en Buenos Aires, los
enviados del FMI, el director gerente para el Hemisferio Occidental, Alejandro
Werner, y el responsable del caso argentino Roberto Cardarelli. Desde ese
encuentro los vínculos entre Washington y las oficinas de la calle México
(donde Fernández elabora sus eventuales planes de gobierno), se afianzaron al punto
de ser hoy casi diarios. En uno de estos, el organismo fue claro con los
economistas albertistas: les inquieta la propuesta que le acercaron
diferentes fondos de inversión con altos intereses en bonos en el país, y que
se basa (tal como adelantó este diario) en una reprogramación de pagos sin
quita y con una luz de años antes del pago de intereses. Según
el cronograma de 2020, los vencimientos para el próximo ejercicio alcanzan los
u$s25.000 millones, que se suman a otros u$s3.000 que habrá que pagar a organismos
multilaterales y a más de u$s12.000 millones de necesidades fiscales, según las
proyecciones del propio FMI. La inquietud de Washington ante la propuesta de
los fondos internacionales es que no se encuadre en la lógica de
sustentabilidad de la capacidad de pago general de la Argentina. Y, en
consecuencia, no se puede discutir de manera separada sin el FMI interviniendo
como actor fundamental.
Desde el albertismo
se promete que la discusión será rápida con el organismo y que, si se cumplen
los pronósticos electorales, ya en noviembre habrá contactos bilaterales sólidos con la persona que
el propio Alberto Fernandez designe como negociador oficial. Este será alguien con experiencia en discusiones de este
calibre y contactos con el mundo financiero internacional, quién actuará bajo
la mirada directa del eventual próximo jefe de Estado. Desde Buenos Aires hacia
Washington se descarta que habrá negociaciones duras y difíciles. Pero que debe
descartarse que se harán de “buena fé” y con “seria voluntad de pago”.
Inmediatamente después se repite el hit del albertismo: “Pero siempre con el
horizonte de un país en crecimiento”.
Algunas voces
económicas que acompañan a Alberto Fernández consideran esta posición del FMI
como una preocupación ante la posibilidad que avancen luego de las elecciones,
más rápido las negociaciones con los privados internacionales que con el propio
FMI. Dudan también sobre la obligación de obedecer al organismo ante la
necesidad de una negociación integral. Incluso, varios llegan a la conclusión
de que el FMI en realidad está preocupado porque haya un acuerdo integral con
los acreedores y que éste limite la capacidad de pago al propio Fondo; y que,
en consecuencia éste termine
aceptando un plan de mediano y largo plazo similar al que se firmó en 2003
durante el gobierno de Néstor Kirchner. Según esta visión, si
existen posibilidades serias de cerrar la discusión con los acreedores externos
y solucionar un problema de u$s100.000 millones, no habría que perder la oportunidad.
Por ahora, Alberto
Fernández analiza todas las posibilidades. Y promete que desde el 28 de octubre
el capítulo de la reestructuración de la deuda externa será prioritario y el
que más rápidas definiciones traiga. Al menos en cuanto al plan de negociación
general, y si se acepta, o no, la teoría del “bolsillo único” y de la
negociación integral. Mientras tanto dedica parte de su tiempo a analizar el
perfil de vencimientos para el próximo año. Una de las conclusiones a las que
se llegó en la calle México es que los títulos más peligroso son los emitidos
durante la gestión de Luis “Toto” Caputo.
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