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Por Juan Gasalla - El Gobierno
que tomará las riendas de la Argentina a partir de diciembre tendrá
un enorme desafío por delante. Recibirá un Banco Central sin reservas, una actividad económica que podría
atravesar en 2020 su tercer año en recesión y un frente
financiero difícil de franquear, con un frágil acuerdo con el FMI y vedado
el acceso a los mercados de capitales.
La administración
de Mauricio Macri, por la fuerza de los acontecimientos más que por
convicción, encaró un recorte del déficit primario, cuyo peso lastra tanto
al sector público como al privado, por la carga tributaria. Pero
el déficit financiero -que además tiene en cuenta los pagos de
deuda- creció por la fuerte emisión de bonos a partir de 2016 y, con
un PBI en contracción, los vencimientos de capital e intereses en lo
inmediato ponen en apuros al futuro Presidente desde el arranque de su gestión.
En 2020 el
Gobierno deberá afrontar pagos de deuda pública –en dólares y en pesos-
del orden de los USD 52.000 millones, un 13% del PBI, que según cálculos de la
Secretaría de Finanzas se aproximaba a los USD 420.000 millones al promediar
2019.
Ante la urgencia
financiera, el próximo Gobierno deberá recurrir a un artilugio que lo favorece:
la renovación compulsiva de la deuda intra-sector público. En
2020 el vencimiento de capital e intereses de títulos de deuda soberana en
manos de organismos estatales como Anses, PAMI, Banco Nación o el Banco Central
asciende a unos 15.000 millones de dólares.
Con esta
base, restan pagos previstos para el año que viene por unos USD 37.000
millones con acreedores privados y organismos internacionales (como el
Fondo Monetario, el Banco Mundial, el BID y la CAF). Con una economía en el
mejor de los casos estancada, significan compromisos para el Estado por un
9% del PBI en situación de pago normal.
Argentina perdió el acceso al crédito externo en abril de 2018.
Su alto déficit fiscal que obliga pagar tasas del 20% en dólares –como refleja
su Riesgo País de más de 2.000 puntos básicos- y, por lo tanto,
está imposibilitada de renovar los vencimientos en los mercados
internacionales, como hacen la mayoría de los países. De ahí, la premura del
Gobierno por alcanzar un “reperfilamiento” de los títulos y, sobre todo, renegociar el acuerdo con el FMI, principal prestamista para
poder sortear un nuevo default.
Las consultoras
calculan para el año que viene vencimientos de capital por USD 11.000
millones con acreedores privados más otros USD 1.800 millones con
organismos internacionales. Además, de intereses vencen unos USD
7.900 millones por títulos en manos privadas y unos USD 2.400
millones con organismos.
A eso debe sumarse
pagos de Letras del Tesoro, que son bonos de muy corto plazo colocados en
el mercado doméstico, por USD 9.100 millones, más otros conceptos –deuda
con Club de París– por otros 4.600 millones de dólares.
Entonces,
el total de esos pagos (excluido intra-sector público) ronda
los USD 36.800 millones, en caso de evitar recurrir a una
reestructuración, quita o llano default. De este monto, el 43% está
emitido en pesos (equivale a unos USD 15.900 millones) y
una devaluación más profunda podría reducir la carga del pasivo. Pero
al devaluar, se hace más arduo el pago del otro 57% emitido en moneda
extranjera (casi USD 21.000 millones), pues el Estado recauda en pesos.
Ecolatina resaltó “centralidad”
del FMI para que “la crisis cambiaria no se agravara o materializara más
rápido”, aunque advirtió que el stand by –por un total de USD
57.000 millones- tiene “una duración pautada”: habrá que empezar a
devolverlo a partir de 2021, con pagos que se concentran en 2022 y 2023, por
USD 46.000 millones entre capital e intereses.
En consecuencia,
"si no reaparecen los capitales privados, lo que a esta altura parece más
que probable, el ajuste del déficit externo continuará en los
próximos trimestres, y posiblemente también años. Dicho de otro modo,
el ajuste de la cuenta corriente llegó para quedarse. Ojalá lo haga por
una vía de mayores ventas (exportaciones), de lo contrario, deberemos
restringir –o cambiar- nuestro consumo”, advirtió Ecolatina.
Para 2020, la
calificadora de riesgo Moody’s atribuye a la Argentina un perfil
fiscal débil, carga de deuda elevada y un bajo acceso al crédito.
“El perfil fiscal argentino es altamente vulnerable a los shocks, y la
trayectoria se verá afectada por la incertidumbre alrededor de las
políticas económicas que implementará la próxima administración”, definió.
¿Faltan dólares en la Argentina?
Dado el alto
volumen de atesoramiento, no puede decirse que los argentinos les faltan los
dólares, pero sí les faltan al Gobierno.
El Indec informó
que la formación de activos de particulares y empresas argentinas fuera
del sistema financiero local –en la jerga, “fuga de capitales”-
llegaron a la suma récord de USD 304.597 millones en el segundo
trimestre de 2019. Habida cuenta de la salida de depósitos privados
posterior a las PASO –más de USD 11.000 millones- esta cifra es ahora mayor.
Este monto supera
holgadamente la mitad el PBI y es comparable al total de la deuda pública –en dólares y
pesos-, que alcanzó los USD 307.570 millones en agosto pasado.
Pero la falta
de confianza en los distintos gobiernos hace que esas divisas de
argentinos no estén canalizadas en financiar el crédito doméstico, sea para el
sector público o para la producción privada. En el “colchón” o cajas de
seguridad son improductivas. Y las que están depositadas en cuentas del
exterior están financiando la producción de otros países.
En diez años
los fondos fuera del sistema se duplicaron desde los USD 146.323 millones
de 2009. A fines de 2015 subieron a USD 222.465 millones y en junio pasado
superaron los 300.000 millones de dólares.
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