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Por Alejandro
Colle - El dólar blue acumuló una suba de 5,9% en
lo que va de octubre. Justo el día en que el INDEC dio a conocer la inflación
del mes pasado: 5,9%. Una coincidencia que confirma lo que suele ocurrir entre
la evolución de los precios y la cotización de la moneda extranjera. Antes o
después, el deterioro del valor del peso se refleja en el precio del dólar.
La cotización de la divisa norteamericana en el
mercado mayorista hoy no es comparable. Está influenciada por los controles de cambio, que limitan el
acceso a los dólares, y por las intervenciones del Banco Central en el mercado,
con ventas de reservas, a razón de
u$s100 millones diarios promedio.
Los precios que se tienen en cuenta son el
informal, o los alternativos, el dólar Bolsa, o MEP (Mercado Electrónico de Pagos), y el “contado con
liquidación”, que surgen del arbitraje de bonos soberanos o acciones y ADR de empresas argentinas que
cotizan simultáneamente en Buenos Aires y en el exterior. Aunque el precio que
surge de este arbitraje también fue alterado por las diversas regulaciones
del BCRA y de la Comisión Nacional de Valores (CNV),
que obligan a añejar bonos o dólares varios días antes de poder realizar las
operaciones.
Con más correlación en
el blue, pero con presión alcista también en los otros mercados, el
dólar se desperezó. Y detrás de este despertar hay dos razones. Lo
que ocurre hoy y lo que se cree que sucederá a partir de mañana. Ambas están
relacionadas con un elemental modelo predictivo que los argentinos
desarrollaron, a través de años de experiencias traumáticas. Donde la víctima
fue invariablemente el peso y los activos denominados en moneda nacional.
No hace falta ser versado en análisis técnico. El
instinto de preservación patrimonial del común de la gente se agudizó por haber
visto o sufrido pérdidas, consecuencia de devaluaciones, desagios,
confiscaciones o reprogramación de vencimientos. El peso demostró cabalmente su
incapacidad para cumplir uno de los atributos clave para ser considerado una
moneda: no actúa como reserva de valor, del trabajo actual (salario,
retribuciones), o de los ingresos pasados (inversiones).
Hoy se observa un cierto descontrol en materia de
precios. Por caso, un queso untable de primera marca, en agosto costaba $119.
El mismo producto en la misma góndola valía $166 el mes pasado. Y ahora, $192.
La variación: 61,3% en poco más de dos meses. Desde el Gobierno se culpa por el
elevado IPC de septiembre al salto cambiario posterior a las elecciones
primarias. Es posible. Pero también se observa un comportamiento preventivo de
las empresas, anticipándose a la información que fue emitiendo la
política. Si se repitieran los
resultados de las PASO el 27-O, es un secreto a voces que la fórmula del Frente
de Todos intentará atacar el problema de la indexación a través de un pacto
social.
En castellano, esto significa un congelamiento de
precios y salarios, probablemente por espacio de 180 días, que implica el
compromiso de empresarios de eventualmente retrotraer las listas y no modificar
los valores y de los sindicatos, la garantía de una tregua en los reclamos. No
se sabe qué es lo que llevará el Estado a esa mesa del acuerdo. Aunque
probablemente la oferta pase por las tarifas.
Matías Kulfas,
referente económico de Alberto
Fernández y posiblemente su ministro de Hacienda, anticipó que se
buscará financiamiento para renovar vencimientos de deuda. Algo prematuro,
cuando todavía está pendiente la reestructuración de la deuda soberana. Y los
mercados no parecen tener la mejor predisposición con los papeles argentinos, a
la luz de lo que viene ocurriendo con los precios de los títulos públicos, cuya
paridad promedia 45%.
El hombre de a pie intuye que hay un problema. No
sabe que las reservas de libre disponibilidad están apenas por encima de u$s
9.000 millones. Tampoco que los
dólares del FMI para atender eventuales emergencias presupuestarias bajaron
casi a la mitad y el saldo está en u$s4.000 millones. No le hace
falta comparar esos recursos con los vencimientos de deuda. Son unos u$s20.000 millones hasta marzo.
Las señales que emiten las autoridades, sugiriendo una rápida renegociación de
la deuda o tratando que el FMI desembolse
el tramo pendiente del stand by, no son tranquilizadoras. Faltan
dólares hoy y mañana serán aún más escasos.
Un tercio de oferta de dólares al mercado la provee
el BCRA. Los exportadores,
obligados a ingresar y liquidar divisas en plazos breves, e imposibilitados de
recomprar las divisas en el circuito oficial, prefieren postergar las
operaciones comerciales. Los importadores anticipan pagos previendo que
probablemente se endurezcan los controles de cambio. Los bancos se cubren,
dentro de las restricciones normativas, mientras corren rumores de una
conversión de Leliq en
un bono a largo plazo. Y las personas humanas hacen uso de la franquicia de
u$s10.000 mensuales.
Ninguno habló de reducir el gasto. Por el
contrario. Este Gobierno lo aumentó con las medidas de contención social y
alivio a la clase media. Y la oposición apunta a movilizar la economía
inyectando más dinero a los consumidores, comenzando por estatales y jubilados.
Sin nuevo crédito, la manera de financiar la puesta en marcha de la actividad y
el consumo pasa por la emisión monetaria. Al amparo de la Teoría Monetaria Moderna (TMM),
que dice que la emisión no genera inflación. Eso funciona si hay demanda de
dinero. No es lo que sucede hoy. Si la gente no quiere tener pesos, la
expansión monetaria va directamente a precios. Esto es, más inflación. Y como
el dólar es un precio más de la economía, antes o después, su cotización
terminará reflejándolo.
La reacción intuitiva y natural es la de buscar
refugio patrimonial. Un exviceministro de Economía lo graficaba con esta
analogía. “El turista está en África en un hotel 5 estrellas. Se anima y sale a
dar una vuelta por la selva. Pero apenas oye el rugido de un león, vuelve
corriendo al hotel, se encierra y difícilmente vuelva a salir”.
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