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Por Jorge Herrera - Cualquiera sea quien triunfe en las
próximas elecciones presidenciales jugará gran parte de su patrimonio electoral
inicial, y quizás de su gobierno, a manos de la demanda de dinero. El
desplome que experimentó esta variable clave, referenciada por el agregado
monetario M2 (billetes y monedas en poder del público más depósitos públicos y
privados en pesos a la vista y en caja de ahorro) no solo es la contracara de
la huida de los agentes económicos de sus tenencias de pesos sino es el fiel
reflejo de la desconfianza reinante.
El próximo gobierno heredará, más allá de los eslónganes electorales,
una situación socioeconómica difícil y complicada por demás, donde el terreno
está tan sembrado de minas como el que recibió Cambiemos en 2015. La
deuda, las tarifas, la inflación, el déficit fiscal, controles cambiarios, y
otras bombas más, de mayor o menor poder de destrucción masiva, deberán ser
desactivadas por la próxima administración. Pero sin duda el tema monetario,
noble ausente del debate presidencial como otras grandes cuestiones, puede ser
el primer artefacto explosivo que requerirá una manipulación quirúrgica. Y como
dice una conocida canción, en estos casos “lo importante es de qué lado de la
mecha estás”.
Ya muchos se adelantaron e intensificaron la dolarización de sus
tenencias desde el año pasado. Así la demanda de dinero, en todas sus
versiones de agregados monetarios (M1, M2 o M3) colapsó registrando un abrupto
derrumbe que ha llevado a la cantidad de dinero en la economía a mínimos
históricos, salvando períodos híperinflacionarios. Para dimensionar lo
ocurrido hasta ahora vale mencionar que la demanda de dinero, que no es sino el
plasma sanguíneo de la economía, pasó de representar cerca del 22% del PBI ante
el advenimiento de Cambiemos a poco más del 10% en la actualidad. Que la
demanda de dinero esté en niveles históricos mínimos es sin duda algo
peligroso. Porque si se acelerara la inflación, ello daría lugar a desencadenar
una hiperinflación, donde se vería un mayor retroceso de la demanda de
dinero. Al respecto los analistas debaten que en este caso se podría
espiralizar la inflación o bien la recesión.
Lo cierto es que la demanda de dinero es el termómetro de la confianza.
El próximo gobierno, ya de arranque tendrá la disyuntiva de tener que recurrir
a la emisión monetaria para afrontar compromisos de gastos corrientes como
financieros. De modo que cualquier visionario que esté pensando en salir a
emitir a tientas y a locas, con una demanda de dinero en franco retroceso, es
un kamikaze. La próxima administración tendrá así un artefacto a desactivar con
dos cables, si corta el incorrecto, aquellos que hoy dicen no ver riesgos de
hiperinflación, la encontrarán a la vuelta de la esquina. El requisito sine
qua non para que todo no estalle desde el comienzo es generar una altísima
dosis de confianza en los agentes económicos para que vuelvan a querer tener
pesos en sus bolsillos. O sea, si se dan los pasos correctos se podrá
aprovechar el círculo virtuoso que brinda el espacio ausente de la demanda de
dinero. Porque si se recupera la confianza, este solo hecho ya permitirá
inyectar gran parte de los pesos necesarios sin que ello desate nuevas, o
acelere, presiones inflacionarias. De modo que la falta de credibilidad en un
gobierno y sobre todo en sus políticas es el factor a revertir. Es imperioso
recuperar la demanda de dinero. Y ello solo se consigue con un shock de
confianza. ¿Los próximos hacedores de la política económica serán capaces de
generarlo? Esa es la verdadera cuestión. Y eso solo se verá cuando comience el
partido. Ahí se verán los jugadores y las estrategias. Si convencen, quizás,
podrán lograrlo. Pero lo importante es que sean conscientes de los riesgos
inherentes. Espacio para emitir hay sin que se generen efectos monetarios
reales. Pero es una tarea para cirujanos cardiovasculares o mejor dicho, para
neurocirujanos. El resto es marketing electoral.
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