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Por Roberto
Cachanosky - Las Leliq, cuyo stock al momento de redactar esta nota
llegan a $1,1 billones, representan el 80% de la base monetaria (Maximiliano
Luna)
La mayoría de los
análisis sobre la deuda pública apuntan a analizar si Argentina podrá pagar la
deuda externa en 2020. ¿Argentina entra en default o no? ¿Tendrá que
“reperfilar” la deuda ante la falta de acceso del mercado financiero
voluntario? Responder a estos interrogantes no parece tan difícil. Es evidente
que hasta los intereses de la deuda serán problemáticos de pagar y que no
luce probable, cualquiera que sea el que gane las elecciones, que vaya a llevar
adelante las reformas estructurales que hacen falta para salir de la larga
decadencia y ofrecer un plan económico que atraiga capitales, tanto para hacer
el roll over de la deuda como para atraer inversiones que se
hundan para crear empresas.
Sin embargo, en mi
opinión, la prioridad no es la deuda externa, en todo caso sería una
restricción adicional al gasto público que el Estado no pueda captar ahorro
externo para financiar el gasto, la prioridad es enfrentar el serio problema de
las Leliq, primas hermanas de las Lebac y descendientes directas de los
depósitos indisponibles de los 80 dentro del árbol genealógico de la deuda
pública interna argentina.
Recordemos que las
Lebac nacen en marzo de 2002 para absorber la expansión monetaria que generaban
los pagos de depósitos por los amparos que aprobaban los jueces por el corralón
y la pesificación asimétrica de Duhalde.
En la era K el uso
de las Lebac se intensificó porque los exportadores estaban obligados a
liquidar sus divisas y el BCRA emitía pesos para comprar esos dólares, como la
gente no quería los pesos que emitía el BCRA, en parte los retiraba de
circulación colocando esas Letras. O sea compraba reservas contra deuda en
pesos que pagaba una tasa de interés.
El kirchnerismo
llevó el stock de Lebacs de $10.000 millones hasta $300.000 millones en diciembre
de 2015. Por su parte, Cambiemos las llevó hasta $1,3 billones en su punto
máximo en marzo de 2018, producto del endeudamiento externo que tomaba el
Tesoro para financiar el déficit fiscal del gradualismo y luego le entregaba
los dólares al BCRA contra los que emitía pesos; y que luego mutaron a las
Leliq, cuyo stock al momento de redactar esta nota llegan a $1,1 billones,
monto que representa el 80% de la base monetaria.
Es de manual que un
Banco Central no debe emitir su propia deuda porque no tiene forma de pagarla,
porque no genera ingresos propios. No es como una entidad comercial que vende
tarjetas de crédito, préstamos personales y demás servicios. El único ingreso
que tiene son los intereses que cobra por la colocación de sus reservas, monto
que son monedas para enfrentar los intereses que devenga la deuda remunerada
que emite.
En otras palabras,
el BCRA está imposibilitado de poder cancelar las Leliq con recursos propios
porque no los tiene. Las reservas propias en divisas, en el mejor de los
casos, estarán en el orden los USD 8.000 millones, las cuales tienen que
respaldar la base monetaria que es $ 1,3 billones, si además tienen que
respaldar las LELIQs, la capacidad de respaldar los pesos es mínima.
Alternativas
deseables y posibles
¿Qué opciones tiene
el próximo gobierno frente al problema de las Leliq?:
En primer lugar, los
que creen que gradualmente van a ir bajando la tasa de interés porque la tasa
de inflación va a ir bajando, deliran. El problema no lo va a resolver el
solo paso del tiempo. Habrá que pensar en otras opciones.
La opción más loca
es dejar de pagar los intereses y emitir moneda. Recordemos que los bancos, que
son los tenedores de las Leliq, compran esos títulos con los depósitos de sus
inversores. Si hoy hay pérdida de depósitos a plazo fijo y el sistema
financiero pierde renta en general, con una abrupta baja de la tasa, la fuga
del sistema sería mucho más acelerada. Pero para poder hacer los pagos en
ventanilla las entidades tendrían que pedirle a la autoridad monetaria los
pesos a través de las cancelaciones de Leliq; y como no dispone de
instrumentos para absorber esa emisión, el resultado sería un salto
megainflacionario o cercano a la hiperinflación. Significaría duplicar la base
monetaria en muy poco tiempo.
La segunda opción es
aplicar un plan Bonex, como a fines de 1989. A los titulares de colocaciones en
pesos a plazo fijo en el sistema financiero, en general a plazos de 30 a 60
días, se le cambian una parte por Bonos del Tesoro de largo plazo, 10 años. Una
mancha más confiscatoria que profundizaría la tradición del Estado argentino, y
que explica la derivación en un sistema financiero mínimo que no puede
financiar ni consumo ni inversión. Un plan Bonex sería otra carnicería
financiera como tantas otras confiscaciones se han hecho en el pasado.
La opción menos
traumática que veo es lograr un acuerdo con el Tesoro americano para
que a cambio de un préstamos de USD 20.000 millones capitalice al BCRA para
que venda esos dólares en el mercado, contenga el tipo de cambio y bajé
brutalmente la tasa de interés. Con esos pesos que obtendría el BCRA por la
venta de dólares se rescatarían las Leliq, que hoy son equivalentes a unos USD
18.000 millones. Y con las reservas que quedan de libre diponibilidad rescatar
la base monetaria y dolarizar la economía.
Obviamente que el
Tesoro americano solo podría estar dispuesto a prestar ese dinero si a cambio
se ofrece un plan económico con reformas estructurales muy profundas del sector
público, del sistema tributario y de la legislación laboral. Además habría que
ofrecer un tratado de libre comercio y alguna alianza en el combate contra el
narcotráfico.
Si se lograra ese
acuerdo, no solo volveríamos a tener una moneda para poder hacer cálculo
económico, sino que además podría haber una recuperación económica bastante
rápida por la incorporación de la Argentina al mundo que permitiría
aumentar las exportaciones y generar volúmenes de inversión y demanda de mano
de obra que permitiría, en poco tiempo, aliviar los problemas de pobreza y
desocupación.
Obviamente,
que la dirigencia política podrá oponerse a esas reformas y a dolarizar la
economía, pero entonces seguirá siendo la responsable de la pobreza en que está
sumergido el 35% de la población, el bajo nivel de vida de los
que tienen trabajo y la desocupación que hace estrago en las familias.
Está en manos de la
dirigencia política decidir si Argentina termina con su larga decadencia o
sumerge a la población en otra ola confiscatoria de ahorros o a una nueva
hiperinflación.
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