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Por Julio J. Nogués - Dada las
próximas elecciones y decisiones de política económica que se tomarán, es útil
recordar los costos que históricamente ha soportado la economía Argentina
durante el más duradero de los periodos en que su economía fue administrada
con control de cambios.
Mientras duraron los controles implementados en 1931 como respuesta a las
consecuencias de la crisis de 1929 hasta que fueron desmantelados en 1959, la
tasa promedio de crecimiento anual del
PBI per cápita fue de 1% menos de una cuarta parte del promedio alcanzado entre
1875 y 1929: 4,5%.
Al principio de la segunda guerra mundial, muchos países instauraron
estos controles pero al concluir esta, los mismos fueron desmantelados
paulatinamente y de manera coordinada y acordada principalmente durante las dos
primeras rondas de negociaciones multilaterales bajo el auspicio del GATT
(Ronda de 1947 y de 1949) organismo al cual Argentina ingresó recién en 1967
justamente por el espíritu aislacionista que imperaba en el país mientras que
en otros, el control de cambios no solo duró menos tiempo sino que además, fue
mucho menos distorsivo que en Argentina. Por ejemplo, durante 1947 y 1948
mientras estos países desmantelaban sus controles, el IAPI (Instituto Argentino
para la Promoción del Intercambio) compro la cosecha de trigo y maíz a valores
que en promedio se ubicaron un 65% y un 60% respectivamente por debajo de los
precios internacionales. Durante estos dos años el dólar en el mercado
paralelo se ubicó un 90% por encima del precio oficial y en 1951 esta
diferencia había crecido hasta el 400%. Estos grados de distorsiones no
han sido documentados para los países que a principios de la guerra fueron
empujados por circunstancias muy particulares y críticas a adoptar control de
cambios.
Durante aquellos años, tanto el comercio internacional como la economía
de Argentina se estancaron. En 1929 el valor de las exportaciones en dólares
corrientes había llegado a u$s 907 millones de dólares y 30 años después cuando
los controles se desmantelaron en 1959 eran de u$s 1.000 millones de dólares:
30 años con un crecimiento nominal de solo 10% mientras que de acuerdo a
estadísticas de Naciones Unidas durante este periodo el crecimiento de las
exportaciones mundiales fue de 86%.
En 1929 el PBI per cápita de Argentina era mayor que el de Suecia y
estaba apenas por debajo de los valores registrados para Australia y Canadá
mientras que para 1959, los niveles alcanzados por estos países eran 72%, 26% y
78% superiores a los de Argentina. Ha habido otros periodos más breves en que
nuestra economía se administró con control de cambios los que también han
coincidido con etapas recesivas. Los más recientes entre 2012 y 2015 y
nuevamente el actual ambos coincidentes con severas recesiones.
Una vez instaurados existe una inercia que incentiva a la permanencia de
los controles aun cuando las situaciones críticas por las cuales fueron
introducidos hayan sido claramente superados: por el lado de los hacederos de
política el temor al golpe inflacionario que el desmantelamiento podría
ocasionar y por el lado de los privados una demanda asociada a intereses
creados por los mismos controles. Esta inercia es sumamente costosa.
Existen razones poderosas que explican cómo estos controles pueden
originar estancamiento económico y dos de estas son centrales para entender la
experiencia Argentina. Primero, los controles reducen el precio recibido por
los productores de exportables quienes ajustan ahorrando en paquete tecnológico
y como muestra nuestra historia, este ahorro termina disminuyendo la
productividad de la tierra generando caída en las exportaciones y en la
producción. Por otra parte, el control de cambios sobre las importaciones
genera rentas proteccionistas “escondidas” (porque los que reciben los permisos
de importar a un peso sobrevaluado pueden posteriormente vender estos productos
en el mercado interno al valor del dólar paralelo) que corrompen la burocracia
administradora.
En segundo lugar, el control de cambios empuja la economía a transitar
por el sendero que irremediablemente conduce a la siguiente gran crisis. Los
controles se acentúan y se extienden a medida que el dólar se aleja de su valor
de equilibrio y en una economía inflacionaria como la nuestra, la creciente
sobrevaluación alimenta los desequilibrios macroeconómicos y eventualmente se
llega a otra maxi devaluación.
La lección que surge entonces es que para disminuir la inflación, el
gobierno que el próximo domingo surja de las urnas tendrá que elegir entre
orden fiscal y desmantelamiento de los controles por un lado o, entre creciente
sobrevaluación y acentuación de los controles por el otro. La experiencia
histórica ilumina cuales pueden llegar a ser las consecuencias de esta
decisión.
(*) Miembro, Academia Nacional de Ciencias Económicas
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