
Por Juan J. Llach - La economía es a veces extraña. Contrariamente al sentido común, diversos autores señalan desde hace tiempo que la abundancia de recursos naturales (RRNN) podría ser una maldición más que una bendición porque los países que los tienen crecerían menos. La experiencia comparada desde la Segunda Guerra de América Latina y los países petroleros y, por otro lado, Asia Pacífico, es quizás el ejemplo más elocuente.
Entre los estudios más recientes se destacaba el de Sachs y Warner, que trataron de mostrar que, aun con independencia de la tendencia de los precios de las commodities (la tesis de Prebisch y Singer), los países con muchos RRNN crecían menos (European Economic Review, 2001). Con inusual humildad reconocieron, sin embargo, que la evidencia no era concluyente. También se preguntaron por la explicación de esta paradoja y hallaron evidencias de "enfermedad holandesa" –que el Financial Times acaba de adjudicar, erróneamente, al Brasil de hoy– en la que la exportación de RRNN lleva a una apreciación de la moneda que saca del mercado a buena parte de la industria manufacturera y hace más dependiente al país de sus RRNN, problema aun mayor si ellos son no renovables.
Este enfoque ha sido desafiado por un flamante trabajo de los (no casualmente) noruegos Mehlum, Moene y Torvik ("Las instituciones y la maldición de los recursos", Economic Journal, enero de 2006), que ofrecen un panorama mucho más matizado, y también más realista. Su tesis central es que la maldición de los RRNN puede evitarse con buenas instituciones. "La abundancia de recursos aumenta los beneficios políticos de comprar votos con redistribuciones ineficientes", pero estos incentivos pueden mitigarse en países con buenas instituciones, a punto tal que la relación negativa entre dotación de RRNN y crecimiento casi desaparece cuando se consideran sólo países con buena calidad institucional. Ésta se mide por cinco indicadores: gobierno de la ley, calidad de la burocracia, corrupción, riesgo de expropiación y repudio de los contratos por parte del gobierno. Cuanto mayor sea la calidad institucional, mejor será el mecanismo de redistribución de la renta de los RRNN, que en todos los países existe. Más allá de su sólida econometría, Mehlum et al. subrayan lo evidente, pero que escapó a trabajos anteriores. Hay cinco países que pertenecen tanto al grupo de los ocho con mayor dotación de RRNN como al de los quince con mayor ingreso por habitante, y todos ellos tienen alta calidad institucional: Australia, Canadá, Estados Unidos, Irlanda y Noruega. Otro aporte contundente puede encontrarse en www.lacienciamaldita.blogspot.com.
Noruega, Islandia, Australia, Luxemburgo y Canadá son los cinco países con mayor índice de desarrollo humano, y todos ellos tienen abundantes RRNN, salvo Luxemburgo. A partir de estas evidencias el blog citado propone que la Argentina se incorpore lo antes posible al nonato grupo NACAR (Noruega, Australia, Canadá y Argentina), porque por nuestro tamaño nunca podremos ser miembros del BRIC (Brasil, Rusia, India y China).
Ya que no es bueno dormir a la intemperie la gran pregunta es qué deberíamos hacer para ingresar al NACAR. En verdad, muchas cosas. Pero la más relevante en este contexto es mejorar la calidad de nuestras instituciones de distribución de la renta de los RRNN.
Lo ocurrido con la carne la semana pasada es un ejemplo de la pésima calidad institucional al respecto. Se optó por el peor camino, inédito aun entre nosotros, que hemos probado de todo en el pasado para resolver el conflicto entre consumo interno y exportación de alimentos. En la circunstancia se podría haber vedado parcialmente el consumo interno, subsidiar el consumo de los sectores más pobres, subsidiar la producción de aves y un largo etcétera. Mejor aun, como propuse en sendas columnas aquí (26/07 y 13/12 de 2005), habría que diseñar un sistema de subsidios al consumo interno de alimentos para el 40% de la población de menores ingresos.
El camino elegido ahora confirma que seguimos tratando a los recursos naturales como una maldición. Intento vano, porque si queremos crecer no podremos evitar su fuerte presencia en las exportaciones, como puede verse en el cuadro que nos compara con Australia. No propondría a este país como modelo a imitar, porque su minería parece ser mucho más generosa que la nuestra. Nuestro camino debe y puede ser distinto, más industrial, tema que desarrollaré en futuras notas. Pero algo es seguro, y es que ese camino no pasa por reprimir, sino por facilitar, las exportaciones agroalimentarias.