
Por Juan J. Llach - La respuesta puede ser desalentadora para quienes gustan del blanco y negro, porque el Estado argentino es héroe y antihéroe a la vez. Le saca ingresos a los ricos para dárselos a los pobres y también hace lo contrario. Hay que empezar subrayando que la situación absoluta de los más pobres ha mejorado significativamente desde el 2003. Entre los máximos de fines del 2002 y el 2005, la proporción de personas pobres cayó del 57,5% al 33,8% y la de indigentes del 27,5% al 12,2%. Son valores todavía muy altos, a pesar de ser por primera vez menores que los de fines del 2001. La mejora se explica principalmente por la fuerte creación de empleos: 1.054.000 desde el segundo trimestre del 2003 y 1.352.000 si se compara con octubre del 2002. Se logró así uno de los principales éxitos del modelo económico vigente, la disminución del desempleo desde el 20,9% de octubre del 2002 al 10,1% de fines del año pasado. Por el lado de los salarios el panorama es diferente. Sólo los asalariados privados registrados han logrado superar, en un 9%, su nivel de vida de diciembre de 2001; en rudo contraste, los privados no registrados y los empleados públicos están nada menos que 22,7% y 28,9% por debajo de diciembre de 2001.
Un resultado de estas tendencias contrastantes en el empleo y en los salarios es que la distribución del ingreso no ha mejorado. La participación de los dos deciles más pobres en el ingreso total, en el tercer trimestre del 2005 (6,0%) era todavía peor que antes de la crisis (6,2%). Adicionalmente, y como consecuencia de la aceleración de la inflación, la distribución del ingreso empeoró el último año y medio. En el segundo semestre del 2004, la relación entre los ingresos del decil más rico y el más pobre era 31 veces y hoy es de 34,2 veces; la participación del quintil más pobre en el ingreso total cayó del 6,3% al mencionado 6% y la del decil más pobre cayó del 2,2% al 2,1%. Un muy serio llamado de atención para quienes toleran más inflación con justificaciones esotéricas ¿Qué hace mientras el Estado para mejorar este estado de cosas? Todos sabemos de los planes jefas de hogar, y sus deficiencias. El Indec consigna que no son pobres nada menos que el 33,1% de quienes reciben especies y el 27,8% de quienes reciben dinero de asistencias institucionales.
Pero más allá de estos gruesos errores de la política asistencial existen redistribuciones regresivas más cuantiosas y estructurales, algunas nuevas, otras de larga data. En el cuadro pueden verse algunos de los subsidios y exenciones y que reciben los sectores de mayores ingresos. La (insólita) existencia de estudios profundos obliga a una estimación gruesa, pero certera en sus órdenes de magnitud. Las inequitativas exenciones o rebajas impositivas a las rentas financieras, al pago con tarjetas y al GNC y al gasoil de automóviles particulares son estadísticas precisas de la Dirección Nacional de Investigaciones y Análisis Fiscal. Lo mismo ocurre con nuestra propia estimación del efecto de las retenciones a las exportaciones, que reducen un 6% el precio interno de los alimentos para pobres y ricos por igual. A esto se agrega el subsidio implícito en el virtual congelamiento de las tarifas domiciliarias de los servicios públicos y en el desvío de los precios internos de los combustibles respecto de los internacionales. Esta es la estimación más débil, habiendo supuesto un subsidio implícito promedio del 30%, comparando la tarifa vigente con la que sería necesaria para posibilitar la gradual extensión de los stocks de capital y la conservación del recurso. Se incluye por último el conocido subsidio resultante de la gratuidad de los estudios superiores. No se han incluido otros más complejos, como el beneficio que reciben los hogares más ricos del peso depreciado o de las promociones industriales.
La gran pregunta es ¿quiénes pagan a los más ricos esta friolera de 12.916 millones de pesos, un 2,42% del PIB? Las exenciones impositivas y la educación superior la paga el conjunto de la sociedad con sus impuestos. Los subsidios a los alimentos, los combustibles y los servicios públicos los pagarán principalmente las generaciones futuras –un futuro próximo– porque su efecto es reducir la inversión sectorial y el crecimiento. Por ello no hay dudas de que una proporción muy alta –aunque aun desconocida– de ese 2,42% del PIB es una transferencia típicamente Hood Robin, de los pobres a los ricos, mayor aun a la que realiza Robin Hood, porque los impuestos nacionales directos que pagan las familias argentinas alcanzan apenas a 9.926 millones. Por favor, hablemos de esto si queremos hablar en serio de equidad.