
Por Juan J. Llach - En la Argentina tenemos hoy muchos ruidos y escasos debates de fondo. Flota en el ambiente, y no sólo en el oficialismo, la sensación de que mientras se mantenga una buena macroeconomía "todo lo demás se dará por añadidura". La orientación inicial de la actual política económica fue, con sus matices, similar a la de casi todos los países latinoamericanos gobernados por partidos de centroizquierda, con variables dosis de populismo. Todos salvo Venezuela se orientan hoy por una heterortodoxia cuyos pilares son la economía abierta, la prudencia fiscal y un régimen monetario–cambiario de flotación administrada del tipo de cambio con metas de inflación. Con un uso consistente y sostenido de estos instrumentos la economía puede crecer 3% anual y asegurarse contra crisis violentas. Pero además, el impulso asiático al precio de las commodities puede sumar otro 1,5% por muchos años. Bajo ambas condiciones, y si no se cometen otros errores, la economía argentina quedaría así instalada en una tasa de crecimiento del 4,5%, todo un logro para nuestros antecedentes.
Surgen sin embargo dos preguntas. La primera es si la Argentina está aplicando la buena macro heterortodoxa. La segunda es si realmente no hace falta algo más para instalarse en semejante sendero de crecimiento. La primera verdad es que la macro heterortodoxa se está aplicando aquí cada vez menos. La economía abierta está lesionada por la utilización de la política comercial externa para controlar la inflación, cuyo ejemplo más patético es el de la carne. La política monetaria no está siendo ejecutada por un Banco Central independiente, sino muy sensible a los reclamos coyunturales del poder político y que hoy se expresan en recomponer tan rápido como sea posible el nivel de reservas previo al pago al FMI y en no dejar caer el tipo de cambio. Por su parte, el régimen de metas de inflación en ciernes hasta 2004 se ha reemplazado por vagos objetivos de inflación sin compromiso firme. El principal activo sigue siendo el superávit fiscal total, con un promedio de 1,35% del PIB en 2003–2005. Pero aquí también hay nubes en el horizonte, por la política fiscal electoral inaugurada en 2005, el lógico aumento salarial a estatales, la vaguedad del fondo anticíclico, retenciones petroleras que irán mermando y un creciente número de subsidios.
Ante este panorama es indudable que lo principal que debe hacer el Gobierno para aprovechar la extraordinaria coyuntura mundial, y para que opere el seguro anticrisis, es volver a hacer funcionar a pleno los tres pilares de la heterortodoxia. Pero ello no sería suficiente para sostener el 4,5% de crecimiento, porque la Argentina ha agregado a aquella una microeconomía cada vez más heterodoxa, bien distinta de la vigente en Brasil, Chile o Uruguay. Por ejemplo, los precios domésticos de los alimentos, la energía y algunas industrias se están alejando excesivamente de los internacionales y esto generará problemas serios de oferta, y de inflación, en un futuro no tan lejano. Asimismo, la frecuente hostilidad hacia empresas y países no ayuda a atraer inversión hacia sectores críticos como la energía, los servicios públicos y las industrias orientadas a la exportación. El buen funcionamiento macro es suficiente para reactivar y aun puede ayudar a crecer con una microeconomía "neutral", pero no puede vérselas solo contra una hostil. Es aquí donde se hace evidente que, a pesar de sus errores y omisiones del pasado, parte de la agenda ortodoxa sigue vigente, especialmente en lo referido a las instituciones republicanas, la seguridad jurídica, la responsabilidad fiscal, la independencia del Central o un buen funcionamiento de los mercados.
Pero, lo siento, las agendas no se agotan aquí. El escaso debate entre ortodoxos y heterodoxos suele dejar de lado además a la agenda huérfana, que muchos reconocen pero muy pocos patrocinan a pesar de ser clave mayor en los países exitosos. Tener un plan estratégico; financiar las exportaciones con un banco mixto; resolver de una vez los problemas de las industrias sensibles con cláusulas de adaptación competitiva; desarrollar una política integral de capital humano, ciencia, tecnología e innovación productiva que hoy puede exhibir logros relevantes; apoyar el desarrollo de las pymes en clusters o racimos productivos localmente arraigados y haciendo uso de los subsidios regionales y tecnológicos admitidos por la OMC; compensar la revaluación con un reemplazo gradual de los impuestos distorsivos (6,40% del PIB en 2005) o establecer subsidios al consumo de alimentos que permitan liberar a las exportaciones agroalimentarias son otros tantos puntos pendientes de esta agenda. Sí, es mucho pedir ante el desolador panorama de la despreocupación por nuestro futuro. Tómenlo como expresión de la angustia que me invade ante la probabilidad de que dejemos pasar la extraordinaria oportunidad que está ante nosotros.