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| Ni superdólar, ni superpeso |
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01/12 - 10:10 El Cronista Comercial |
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El recurrente debate sobre cuál debería ser el nivel real del dólar de equilibrio de los próximos años no es nuevo, es demasiado viejo, aunque muchos lo olviden. Tanto que hace décadas que el dólar oscila de una punta a la otra, generando situaciones que no ofrecen señales estables a futuro para nadie. En este escenario, ningún sector de la economía puede sentirse razonablemente seguro para tomar sus decisiones y dedicarse a trabajar y producir.
Basta ver las brutales oscilaciones del tipo de cambio real de las últimas décadas para saber que un país no puede evolucionar con normalidad cuando uno de los principales precios de la economía, la paridad cambiaria que relaciona a la economía interna con el mundo, revela esta verdadera montaña rusa.
En los años ochenta esta paridad (ajustada a precios de octubre de 2003) se ubicaba en un promedio de 3,07 pesos, aunque con fuertes fluctuaciones. Hacia enero de 1981 (en el final de la tablita de Martínez de Hoz), la paridad rondaba 1,20 pesos, mientras que a mediados de 1989 (plena hiperinflación) un dólar valía 7,63 pesos. Luego de aquello, los años noventa podrían ser calificados como un remanso de paz, si se dejan de lado los datos de 1991 (donde se registró una segunda hiperinflación). Durante la convertibilidad (desde 1991 en adelante), la paridad real promedió 1,33 pesos, aunque con los años el nivel relativo se retrasó demasiado en un mundo que en que los otros países emergentes devaluaban. Esto terminó con una salida por las malas del esquema, lo que llevó a la paridad a tocar un techo de $ 3,80, para estabilizarse hoy en un nivel que bordea 3 pesos. Por ahora, el péndulo sigue funcionando, aunque más atenuado. Y los argentinos están otra vez divididos entre quienes defienden una paridad cambiaria muy elevada y quienes añoran un dólar barato que genere una moneda aparentemente fuerte, pero que en los hechos provoca el ingreso masivo de todo tipo de bienes importados, desde los que son imprescindibles (como las tecnologías) hasta los que se pueden producir localmente. Hay, afortunadamente, mayor moderación en todos.
Más que un dólar real muy alto (que reduce salarios reales y beneficia a los sectores menos competitivos) o muy bajo (que deja afuera hasta a las empresas más competitivas), el país debe aprender del pasado y entender que necesita una prudente moderación cambiaria por un largo período. Se trata de apuntar, sin prejuicios, a una paridad que no sobreproteja ni desproteja a nadie, que no beneficie ni perjudique demasiado a ningún sector a costa de los otros. Ello no significa hablar de dólar fijo, ni propone volver a la convertibilidad. Sugiere generar la estabilidad macroeconómica necesaria para que una moneda flotante que pueda oscilar de manera mesurada, buscando un nivel que envíe las señales para que los diferentes sectores puedan trabajar de manera competitiva. Si el actual Gobierno es capaz de mantener la imparcialidad dentro de las presiones de unos y otros, habrá encontrado el equilibrio para terminar tanto con el superdólar como con el superpeso. Ambos sólo generaron ganadores y perdedores circunstanciales. |
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