
Por Juan J. Llach - El desempeño de la industria manufacturera será una de las claves del futuro juicio histórico sobre el actual modelo económico. Con razón y también sin ella, el desarrollo industrial fue argumento central de la inevitable devaluación del peso, y también de su desmesura. ¿Cómo estamos cuatro años después? Entre 2001 y 2005 el PIB industrial creció 5,6% anual y 4,4% por habitante pero, comparando con el pico anterior de 1998, se encuentra sólo un 2,1% por encima y 6,1% por debajo cuando lo consideramos por habitante. Con el 7% previsto para este año resultará que habrá llevado 8 años recuperar la producción industrial por habitante de 1998. El crecimiento manufacturero, además, ha sido muy desparejo. Sólo cuatro ramas están claramente sobre los máximos históricos: papel y cartón, química y metálicas básicas. Otras cuatro están apenas sobre el máximo y son alimentos, caucho y plástico, minerales no metálicos y textiles y confecciones. En fin, hay cinco actividades que todavía no han alcanzado los máximos: tabaco, ediciones e impresiones, refinerías de petróleo, autos y metalmecánica. Uno de los casos menos alentadores es el de maquinaria agrícola. A pesar del notable aumento de la producción agropecuaria, en 2005 sólo 3 de 14 productos han superado los máximos de la década del noventa y el nivel de producción promedio se encuentra un 25% debajo de dichos máximos. La comparación con 1998 puede criticarse por ser un pico, pero su lógica es mostrar que la desindustrialización de los noventa fue menor de lo que suele admitirse. En todo caso, lo importante es agudizar el análisis para determinar si estamos en presencia de un proceso superador del pasado y capaz de sostenerse hacia el futuro.
Cuando se analiza el comercio exterior de la industria aparecen también luces y sombras. La industria está hoy mucho más abierta al comercio exterior. Las importaciones –sin bienes de capital ni combustibles– alcanzan hoy al 38,8% del PIB industrial contra menos del 30% en la década pasada, evidenciando dificultades para sustituir importaciones, a pesar de la devaluación (no hay información adecuada sobre el valor bruto de la producción). Las exportaciones muestran un mejor panorama, con una relación con el PIB industrial del 63,3% en 2005, muy por encima de niveles del orden del 35% en los noventa. Su análisis más pormenorizado muestra que el aumento ha estado muy concentrado. El complejo oleaginoso y la carne explican un 47% del aumento entre 2001 y 2005. Agregando lácteos, conservas y otras manufacturas de origen agropecuario (MOA) se llega a un 56,4% y sumando también sólo tres rubros de las manufacturas de origen industrial (MOI), químicos, plásticos y metales, se llega a un 80,7% del aumento de las exportaciones aportado por 8 ramas industriales sobre un total de 30. La inserción exportadora resulta así muy centrada en unas pocas MOA y en commodities industriales basadas en una ex-ventaja competitiva del país, la energía abundante y barata. Los productos diferenciados –maquinaria y equipo, confecciones, calzado– muestran una inserción externa débil, con otros sectores creciendo más rápido pero sin llegar a una masa crítica. En fin, el saldo comercial –exportaciones menos importaciones– de muchas ramas industriales se encuentra hoy por debajo de máximos positivos de la década del noventa. Tal es el caso de tabaco, textiles, confecciones, cuero, muebles y maquinaria y equipo.
En materia de inversiones, con razón destaca un reciente informe de Economía su creciente aporte al incremento de la producción. Pero el análisis de las importaciones de bienes de capital revela que la inversión está aun lejos del nivel adecuado. La participación de la industria manufacturera en dichas importaciones en 2005 fue de sólo el 23%, contra un 32,1% de 1998, y en 2005 se importaron bienes de capital para la manufactura por 1.632,9 millones de dólares, 40,1% debajo del nivel de 1998. Salvo la minería, esta caída de las compras de equipos es la mayor de todos los sectores de la economía. Cabría agregar que, gradual pero sostenidamente, los muy favorables precios relativos de la industria se están erosionando por los lógicos aumentos de salarios, de la energía y de los servicios.
Ante este cuadro de logros y limitaciones de la bienvenida recuperación de la industria manufacturera cabe preguntarse si se está haciendo todo lo necesario para sostenerla en el tiempo. Mi impresión es que no. El clima de inversión no es el mejor, la micro heterodoxa coloca un peso excesivo sobre una macroeconomía razonable, no hay un horizonte claro en materia energética y tampoco una política de competitividad sistémica de envergadura como para compensar el cambio de precios relativos. Hay que lamentarlo, porque buena parte de la sociedad se ha sacrificado mucho para apoyar la necesaria recuperación industrial y ese esfuerzo no debe malograrse.