WASHINGTON—Los países en desarrollo dependen cada vez más del dinero barato extranjero, una situación que, según advierten algunos economistas, se parece mucho a lo que precedió el derrumbe financiero de fines de los años 90.
En un reporte que se publicará hoy, el Banco Mundial calcula que los inversionistas privados colocaron en 2005 un récord de US$ 491.000 millones en acciones, bonos, fábricas y otros activos en países en desarrollo, por encima de los US$ 397.000 millones del año anterior. Al mismo tiempo, los inversionistas parecen estar realizando estas compras sin calcular adecuadamente el riesgo que representan esos activos, afirman algunos analistas.
Mientras el capital extranjero muchas veces financia inversiones que hacen más ricos a los países pobres, su principal defecto es que un caos repentino —ya sea una epidemia de gripe aviar, una desaceleración en China o un alza inesperada en las tasas de interés de Estados Unidos— puede ahuyentar a los inversionistas, quienes súbitamente deciden que los altos retornos de los países en desarrollo no merecen tanto riesgo.
Este tipo de fugas deja a los países emergentes con grandes deudas, y además deben, por el aumento de las tasas de interés, enfrentar un crecimiento más lento de la economía, precios de las acciones en baja y una menor demanda por sus exportaciones. "Si les tocan estos tres castigos al mismo tiempo, (los mercados emergentes) tendrán muchos problemas", dice Morris Goldstein, del Instituto de Economía Internacional, con sede en Washington.
Una señal clave sobre cuán ansiosos están los inversionistas extranjeros por comprar activos en mercados emergentes son los bajísimos retornos registrados recientemente. J.P. Morgan calcula desde hace años la diferencia entre el retorno de los bonos de mercados emergentes con el de un título del gobierno de Estados Unidos, una diferencia llamada margen o spread. Un alto margen indica que los inversionistas consideran los mercados emergentes muy riesgosos; un margen bajo denota que los inversionistas los estiman más seguros.
El 7 de octubre de 1997, justo antes que se produjera la crisis, el índice Embi de J.P. Morgan cayó a 315 puntos básicos, lo que significa que el rendimiento anual de un bono del mundo emergente pagaba 3,15 puntos porcentuales más que un título similar del Tesoro de EE.UU. Cuando la crisis llegó a su punto más alto, el 10 de septiembre de 1998, y los inversionistas se retiraban de los mercados emergentes tan rápido como podían, el margen era casi cinco veces mayor: 14,91 puntos porcentuales.
Ahora la situación ha vuelto a revertirse, a medida que los inversionistas buscan activos que paguen más que los activos estadounidenses de bajo retorno. El 1 de mayo de 2006, el spread de los mercados emergentes había bajado a 1,73 puntos porcentuales. "En los últimos años no ha habido una valorización real del riesgo de los mercados emergentes", dice Kristin Forbes, economista del Massachusetts Institute of Technology.
Pero en las últimas semanas, los mercados han mostrado lo que podría suceder si los inversionistas nuevamente empiezan a dudar de los países emergentes. El viernes pasado, las bolsas de varios países en desarrollo cayeron, y el margen de rendimiento se extendió levemente, a 2,1 puntos porcentuales.
"Lo que estamos viendo ahora no es una desaceleración ni un derrumbe, como alguna gente lo está describiendo", dice Forbes. "Es sólo recordar el riesgo que existe en algunos de los países emergentes."
Además, hay circunstancias atenuantes que hacen improbable una repetición exacta de la crisis financiera de los 90, que atravesó Tailandia, Indonesia, Corea del Sur, Brasil, Rusia y otras naciones.
El reporte del Banco Mundial subraya medidas tomadas por los países en desarrollo en años recientes para aislarse del volátil humor de los inversionistas extranjeros. Por ejemplo, muchos países asiáticos han acumulado grandes reservas de moneda extranjera para protegerse de las conmociones externas. En general, los países en desarrollo han sido más prudentes de lo que lo fueron la década pasada. La mayoría ya no tiene aquellos grandes déficit comerciales y ha abandonado los tipos de cambio fijos, que contribuyeron a agrandar la crisis anterior. Y mucha de la inversión extranjera de hoy está en fábricas y acciones, en vez de bonos públicos: esto significa que los costos de una pérdida de la confianza de los inversionistas son acarreados por compañías privadas y no por el gobierno o los contribuyentes.
"No veo problemas del tamaño de la crisis del sudeste asiático", dice Mansoor Dailami, economista del Banco Mundial. "La fase en la que estamos es muy importante. Esperamos que los países desarrollados y aquellos en desarrollo la manejen adecuadamente."
Por Michael M. Phillips
The Wall Street Journal