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La economía en tiempos de elecciones
ABC Mercado de Cambios S.C. comunica sobre la fuente de la siguiente nota:
Texto informativo: 19/02 - 07:55 Ambito Financiero
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Por Walter Graziano - Los fuertes movimientos ocurridos en los mercados financieros en los últimos días, con alzas de activos en pesos y baja de activos en dólares revela que la decisión de las autoridades de “planchar” el dólar un buen rato devaluándolo durante todo 2021 sólo un 24% no es tomada por los operadores económicos como una cuestión menor, como un cambio homeopático. Todo lo contrario. Desde la asunción de este gobierno al poder es probablemente el primer gran cambio a escala macroeconómica. Quizás esto no fue adecuadamente percibido en un inicio debido al estilo “low profile” que caracteriza al ministro Guzmán que es quien anunció la novedad. Sin embargo, transcurrida cerca de una semana de la misma los mercados reaccionaron produciendo bastante más ruido que las palabras del ministro cuando esbozó por primera vez esta idea.

¿De qué se trata la cosa? Sin dudas ir al retraso cambiario es a la vez una decisión política como económica. Difícilmente haya sido encarada sin una detallada presentación al presidente porque, en primer lugar, lo que se trata es de delinear como se llega económicamente a las elecciones que se realizarán entre agosto y octubre de este año. El ministro nos está diciendo que la idea es arribar a los comicios con una inflación menor al 4% mensual, los salarios reales recuperando cierto terreno, las tasas de interés más o menos donde hoy mismo se encuentran y el dólar calmo. Esa es la idea que hay atrás de la reciente medida. Pero, ¿cuál es el problema de este esquema? Nada menos que la vieja historia de siempre, y quizás por eso mismo el lacónico anuncio de la medida que no es festejada dentro del propio gobierno.

Ocurre que la Argentina probó mil y una vez controlar la inflación yendo al atraso cambiario y mil y una vez salió mal. Gente tan en las antípodas como José Ber Gelbard con Perón y con Isabel o Martínez de Hoz con Videla intentaron, en operaciones que concluyeron con sendos sonoros fracasos ir al retraso cambiario y sofocar así el alza de precios. Por supuesto la lista no termina ahí: Roberto Alemann con Galtieri y Sourrouille con Alfonsín, Cavallo con Menem y Remes Lenicov con Duhalde, Lavagna con Kirchner y Kicillof con Cristina, sin olvidar a Prat Gay y Sturzenegger con Macri, todos intentaron de una u otra manera, bien o mal, mejor o peor, sea con altas tasas de interés, con reglas monetarias, con inspectores en la calle y la policía en el microcentro, con prudentes crawling pegs o rifando cientos, miles, decenas de miles de millones de dólares calmar a la fiera rugiente de la inflación con el artilugio de “planchar el dólar”. Y nunca, invariable, terca y rotundamente, nunca se logró el objetivo. Cuando no salió regular, salió mal. Y decir “mal” es ser suave, porque en realidad en aquellas ocasiones en que la ambición de frenar el dólar fue desmedida e irreflexiva se terminó pésimo. ¿Porqué las feas experiencias maxidevaluatorias cuando las hubo? Porque en general se intenta frenar al dólar olvidando el suficiente herramental monetario y fiscal. Y en otras ocasiones, cuando se cuenta con él, solo se lo tiene por un tiempo mucho más breve que el tiempo que se pretende que dure el “ancla cambiaria”.

Es más, puede decirse sin temor a equivocarse que aún cuando se elaborara un plan económico con componente monetario y fiscal abundante que garantizara tanta durabilidad como la regla cambiaria que se pretende implementar, aún así es muy probable que las cosas terminen sin conformar a nadie. Por una sencilla razón: es tanta la memoria inflacionaria, y son tantas las experiencias fallidas que aún con un poderoso y duradero superávit fiscal y una gran prolijidad monetaria la probabilidad de que los mercados terminen, andando el tiempo, por reaccionar mal, no en nada despreciable. ¿Porqué? Porque para que las chances de éxito sean abrumadoras habría que garantizarse un descenso vertical de la tasa de inflación, para lo que sería necesaria algún tipo de sorpresiva y muy innovadora medida inicial bien diferente a la de la dolarización y de la convertibilidad como torpemente sugieren algunos por estar el dólar cerca de $100. Como esa obra maestra de la imaginación aún no se encuentra (aunque, a no dudarlo, existe), entonces siempre termina pasando más o menos lo mismo.

Veamos el proceso: se anuncian las medidas que claramente llevan al atraso cambiario. En un primer momento sobrevienen fuertes cambios en las cotizaciones de los activos financieros –como ahora ocurre– que suelen reflejar una buena dosis de confianza en que el nuevo esquema va a durar al menos unos cuantos meses. A eso sobreviene un período, que a veces es corto y otras no, durante el cual se experimentan avances, con la inflación bajando y los mercados calmos. Y finalmente sucede lo que en Argentina al menos ha resultado inevitable: o bien el esquema se desgasta dando la apariencia de fracaso, o bien algún suceso que en circunstancias normales no provocaría mucho más que indiferencia termina causando temor, el temor fuga de capitales, y la fuga de capitales a través de diversos mecanismos, el final tan temido: una maxidevaluación en medio de circunstancias ciertamente desordenadas. Vale decir, o se termina desdibujando el esquema implementado, o se acaba muy mal. Nunca bien. ¿Vamos a terminar esta vez de la misma manera? Esperemos que no. Hay algunos elementos positivos en cómo se han anunciado las medidas que dan a pensar que es posible que estemos en presencia de un esquema que no concluya en un desastre.

Por un lado el ministro Guzmán se apartó de la típica grandilocuencia de quienes se envalentonan al anunciar nuevas reglas cambiarias. Por lo contrario, hizo el anuncio con buena dosis de prudencia, casi en voz baja. El mismo pasó casi de manera inadvertida a punto tal que tuvo que repetirlo a los pocos días para que los mercados tomaran nota de la novedad. Por un lado, sana prueba de que a pesar de haber estado muchos años fuera del país, el ministro sabe que está sentado sobre un asiento que tiene un potencial eyector de los más elevados que hay entre sus pares en el mundo entero. Por el otro, apenas sí dijo al pasar que la idea es devaluar el 24% en el año, por lo que no se ató a ninguna regla diaria, semanal ni mensual, lo que luego hubiera resultado muy arduo de cambiar. Si ahora es necesario hacerlo, entonces, pasados unos cuantos meses, será factible. No sin algún sobresalto posiblemente, pero muy probablemente de magnitud mucho menor que si desde Economía se propiciara una euforia inicial de la cual los funcionarios se han abstenido.

El Gobierno y sobre todo Guzmán parecen entender entonces las limitaciones que puede tener un esquema antinflacionario –llamarlo plan sería una gran exageración– como el que se inaugura en Argentina. Es probable que con esta regla cambiaria sea posible llegar en relativa calma a las elecciones si no surgen novedades que jueguen una mala pasada al gobierno. Si después de los comicios se reexamina la regla cambiaria que ahora se impone, y si el atraso del dólar no fue demasiado pronunciado, entonces se habrá superado esta difícil prueba. Si en cambio el retraso acumulado en el dólar es de magnitud, la balanza comercial no vuelve a los buenos resultados de los primeros tres trimestres de 2020, las reservas no se recuperan y el FMI no pone fondos frescos, entonces estaremos en aprietos. Lo bueno del caso es que al menos existe esa incertidumbre porque no hay un final “cantado” para la nueva regla cambiaria. Por lo contrario, lo iremos percibiendo poco a poco a medida que transcurran las semanas y vayamos teniendo señales claras de lo que ocurre con las reservas, la inflación y la balanza comercial. Después de tantos procesos de inicio de retraso cambiario con final anticipado, es un progreso. Tibio, es cierto, pero un progreso. No es poco.

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